lunes, 3 de febrero de 2014

Comentario: Looking 1x03 - Looking at your browser history


Por todas las desventajas y limitaciones que tienen las series de canales de aire (tener que hacer 22 episodios al año, incertidumbre sobre continuidad, limitaciones sobre lo que pueden decir o mostrar), tienen una ventaja, muy clara, sobre las de cable: se siguen filmando mientras están al aire, y generalmente tienen la oportunidad de corregir sobre la marcha aquellas cosas que no está funcionando, y acentuar aquellas que sí.
Las series como Looking, de pocos episodios y que se emiten por cable, generalmente ya están filmadas completas al momento que salen al aire, un poco como sucede con las películas. Muchas veces, esto puede ser bueno (mucho de lo hablado sobre Girls siempre rescata la frescura de la primer temporada, hecha por fuera de la locura sobre analítica que la siguió, que hizo que muchas cosas en la s02 fueran en “respuesta” a ese fenómeno), pero en general, no: a menos que haya una visión muy fuerte y clara por parte de los productores o de la cadena (que muchas veces compra el paquete completo de todas maneras), este trabajar sin respuesta juega en contra.
Visto de esta manera, hay varios cambios en Looking episodio 3 que nos hacen pensar que el 1 y 2 fueron un gran piloto, alguien tomó notas y este es el resultado.
Para empezar, todas las historias se ponen efectivamente en movimiento, dos de ellas propulsadas por dos personajes completamente nuevos, como escritos para redondear y suplementar las falencias de los tres principales y los dos accesorios que ya conocíamos (me refiero en este segundo caso a Richie y Frank. Algo más sobre Frank en las notas de Pedigree Gay más abajo). Esos personajes están además interpretados por actores que traen su propio bagaje: Scott Bakula, veterano televisivo si los hay, y Russel Tovey, estrella británica que trae a sus propios fans (ver nota más abajo también), y ambos sirven además para, sin dejar de lado los grandes temas “gay” y “relaciones”, abrir las historias. De hecho, lo que tienen en común las tres historias casi independientes de Patrick, Agustín y Dom este episodio son nuevas situaciones laborales (nuevamente, un argumento muy, demasiado, Girls, especialmente en vista que el s03e02 de la chicas fue una vuelta sobre este tema para Hannah y Marnie). Patrick tiene un nuevo jefe, Kevin (Tovey), donde el flirteo y su condición de gay son secundarios a la necesidad de Patrick de replantearse que quiere hacer con su vida. A Dom, que ya le había quedado el tema picando desde la charla con su ex en el ep anterior, el encuentro fortuito con Lynn (Bakula) también le hace repensar dónde y qué está haciendo con su vida, y Agustín es simplemente despedido y mira con cariño una carrera en la prostitución. Más allá de que hacer tanto paralelismo entre historias queda un poco forzado (los tres tienen crisis laborales al mismo tiempo, en los tres casos propulsadas por fuerzas exteriores como Kevin, Lynn y el trabajador sexual que Agustín conoce en el café), es la mejor manera de decir “estos personajes tienen algo más en mente que levante, amor y sexo”. Son personas con vidas completas. Un poco aburridas, pero completas. También hay momentos que dejan ver que a los protagonistas los une una amistad real, sin tener que matar a nadie para que aparezca el corazón. 
Lamentablemente, los flojos primeros dos episodios, el rechazo del público heterosexual y los bajos ratings me hacen creer que no vamos a tener una segunda temporada que realmente incorpore la respuesta y corrija el curso de la serie. Una lástima, estoy seguro que una s02 de Looking sería muy superior a lo que estamos viendo. 



Pedigree Gay
  • Russel Tovey es casi decir taquigráficamente “gay”. Abiertamente fuera del closet desde la adolescencia, un favorito de la TV británica que suele elegir los papeles con un ojo militante (recuerdo con mucho cariño su participación en Ashes to Ashes) y protagonista de la versión británica y de culto de Being Human, Tovey tiene fans en la comunidad gay de ambos lados del atlántico. 
  • Scott Bakula es la representación misma de “un viejo fuerte”. Hace poco lo vimos haciendo algo parecido en Behind the Candelabra, también por HBO, y resulta un acierto de casting multitarget.
  • El personaje de Bakula trae un poco de “San Francisco realness” con el tema del SIDA. Me gusta además como está claro que su generación fue la más impactada, la de Dom medio que ya no  y Patrick y Agustín tocan de oído. 
  • El personaje de Frank es refrescantemente amariconado, y celebro eso. En estos días donde tirar una pluma es muerte inmediata en los círculos de levante, y un “pacto de caballeros” en la ficción gay que no aparezca para no parecerse a la larga y triste historia de “el puto” en los medios, es un toque de realidad, totalmente incorporada que muestra el verdadero pedigree de los hacedores de la serie mucho más que una canción de Erasure.
  • Fan como soy de John Grant y bien como está usado su maravilloso Black Belt en este episodio, bueno, basta. Cómprense otro disco. 
  • Sex watch: la escena del sauna no muestra nada del acto en sí, pero da un claro panorama de como funcionan las cosas. Punto para Looking.
  • Claramente OKCupid tiene un PNT con el programa, y está bien si sirve para completar al personaje de Patrick como lo hizo estos tres episodios. Pero basta, ya fue. 



lunes, 27 de enero de 2014

Comentario: Looking 1x02 - Looking for Uncut


Es una verdad de perogrullo (o un truism, como les dicen en ingles) que la comunidad LGBT ha  estado tradicionalmente tan hambrienta de ver imágenes que la representen en pantalla que consumen cualquier cosa que ligeramente toque la temática. Esto explica la difusión por lo menos de culto de películas de dudosa calidad, la continuidad y fidelidad del publico a premisas agotadas como Queer as Folk, The L Word o Will & Grace, y hasta el éxito a nivel local de Farsantes.
Claro que esto es o fue cierto hasta cierta generación, y ya no tanto así: viendo el piloto de Looking con alguien bastante mas joven, no habíamos llegado a la mitad que me dijo "no me interesa seguir viendo esto: son cosas que ya viví, o diálogos que ya tuve con mis amigos, nada nuevo". Y ahí esta el escollo que enfrenta Looking: ya no alcanza con "mostrarnos en pantalla", hay que ofrecer algo nuevo, algo verdadero, no en el sentido de "lo que se no vio antes de la comunidad gay", si no un producto con una narrativa de calidad que logre despertar el interés, una vuelta de tuerca que hasta ahora no este reflejada (puedo no ser fan de Girls por varios motivos, pero el atractivo es justamente que esta mostrando algo de la experiencia de la mujer urbana de veintipico que hasta ahora no tenia representación de ningún tipo).
El primer episodio falló en eso, bastante mal y este segundo levanta en unas cuantas cosas. Si quieren que nos importen los personajes, tienen que ser algo más que “San Francisco Ken”. Así que en este episodio, en muy pocos minutos, aprendemos un montón sobre los personajes (la excusa de conocerse en una cita es un gran recurso, uno del cual Andrew Haigh, que escribió y dirigió el episodio, hizo una película completa): Patrick, que nos pareció tan pavo en el piloto, es en realidad... ¿precavido? ¿tímido? ¿apocado? Digamos, en el jueguito de “qué Sex and the City sos”, Paddy es claramente Charlotte. Y no hay nada de malo en eso, especialmente porque: a) es autoconciente de esto (sabe lo que los demás -nosotros- piensan de sus actitudes) y b) no se limita nada más a lo que tiene que ver con sexo y relaciones: la escena en el auto donde duda tanto si el coche va a aguantar en cuesta arriba como si va demasiado rápido en cuesta abajo, pinta una personalidad que es así en todo, y que resulta creíble. También Dom adquiere un montón de historia y de capas, y la referencia a que hace ocho años era un mozo con sueños de restaurantier cuando sabemos que sigue siendo un mozo nos define al “winner” como mucho más complejo. Agustín no tiene tanto desarrollo, salvo por mostrar que tríos al margen, realmente quiere hacer funcionar a su relación. La racionalización sobre los motivos para abrir una pareja, no por cierta es menos cliché. 
Lo demás es avance (o no) de la relación de Patrick y Richie, y está bien, dado que parece que va a ser el tema central de la temporada.
Igual, sigue sintiéndose con gusto a poco, pero si logran mantener la mejoría del e01 al e02 por un par de episodios más, hay potencial

Pedigree Gay!

  • Hay varios sitios que están haciendo un seguimiento de cerca sobre las escenas de sexo en el programa. Por ahora hemos tenido mucha charla desprejuiciada, pero en si hemos visto bastante poco (lo más arriesgado, el levante de Dom, apenas muestra un poco de tímido culito). Hace ya unos años The L Word mostraba escenas bastante explícitas. Pero claro, eran chicas, no generaban gay panic en los muchachos hétero (que parecen haber decidido abandonarla en lugar de mantener el combo con True Detective y Girls. Hasta Lena en bolas y chistes sobre menstruación se bancaron, pero chicos dándose besitos son un no-no). 
  • A little respect. No hay mucho más que agregar, salvo que... ¿significa lo mismo para unos sub-30 que para unos cuarentontos como uno? ¿Especialmente en USA?
  • John Grant ya tiene una historia con Andrew Haigh, fue interesante el uso de Pale Green Ghosts. Si toda la serie se va a dedicar a la difusión de artistas LGTB más o menos masivos, puedo vivir con eso. 
  • "Get in the car, Rose": Aunque acá nunca tuvo el impacto que tuvo en USA y otros países como Alemania (Ralf Konnig la refiere todo el tiempo) The Golden Girls, o Las chicas doradas, como se la conoció acá, es una de las claves de la iconografía gay de los últimos 30 años.
  • El levante de Dom canta canciones de Wicked en la ducha. Of course. La situación del levante que se pone a mariconear me recordó a algunos de los testimonios de Maricoteca
  • Dom usa Grindr, mucho más realista. Aunque con lo que vamos sabiendo de Patrick, su uso de OKCupid no es tan desubicado.
  • Los yanquis y su obsesión con el "uncut". Me contó un amigo...

martes, 21 de enero de 2014

Comentario: Looking 1x01 - Looking for now


Ok, necesitaba un proyecto semanal para revitalizar el blog, y justo se estrena Looking y no pude resistirme. Le iba a dar un par de semanas más, pero vamos a ver si por una vez (y mientras me dé) estoy adelantado a la curva en algo (se me callan los fans de Girls que me están chiflando por favor? Si vos chiquita, la de la barba hipster).

Empecemos por que es y por qué no es Looking. Looking es la nueva serie de media hora de HBO protagonizada por tres muchachos (¿señores? ¿chicos?) gay en San Francisco, 2014. Esto también me lleva a lo que no es: Looking no es ni Sex and the City ni Girls, ambas precursoras de media hora en HBO, comedias con mucho drama y protagonizadas por grupos de amigas con vidas sexuales mostradas en pantalla. Tampoco es (por suerte) una nueva Queer as Folk (por lo menos el piloto no lo es... el tiempo dirá), esa telenovela insoportable e interminable que Showtime emitió hace unos años. 
Sin embargo, se han usado a las tres como objeto de comparación, especialmente porque  le facilita el trabajo a los publicistas y periodistas vagos (es como Girls! pero con chicos! y en San Francisco!), cuando se supone que intenta ser algo nuevo.
Está por verse si lo va a lograr. 
Sí es cierto que corrige por experiencia algunos de los defectos básicos de todas las anteriores (por ejemplo, hay diversidad racial y etaria desde el comienzo), aunque necesariamente por transcurrir en una de las ciudades mas caras del mundo va a dejar el realismo en el terreno de lo “mágico” (felicitaciones igual por mostrar que el depto que comparten Paddy y Agustin está medio en las afueras).
El secreto de Looking, por lo menos por los primeros episodios, es su pedigree gay: dirigidos (y co producidos ) por Andrew Haigh, el que nos trajo la maravillosa película Weekend, inmediatamente reconocible por esos planos de honestidad sexual casi brutal, que transmiten una intimidad que no necesita expresarse en palabras (no hay más que mirar la escena en el tren entre Paddy y Richie para ver el ADN Haigh a pleno. Comparar con escena similar en el tranvía en Weekend). Otro toque Haigh es el plano del skyline al atardecer, que intenta hacer por San Francisco lo que tantas series han hecho por New York.
Haigh igual le pone onda donde otros inicialmente no lo están haciendo: Jonathan Groff, discutiblemente el protagonista absoluto de la serie, parece un muñequito de torta, y el guión no lo ayuda. Ningún hombre gay de 29 años es tan pavo, mucho menos viviendo en SF y con amigos como Dom y Agustín. Hablando de estos dos, hay mucho interesante en Dom por su edad y si situación marital/de convivencia (aunque la brocha gorda también lo haga demasiado paralelo a Samantha en S&TC), y en Agustín y su situación de pareja, a la que llegamos in media res, resultando mucho más dinámico que si fuera un argumento de s02. De todos modos asumamos que el guión está medio flojo de papeles, entendible por ser un piloto que nos tiene que presentar personajes, pero que sigue el ejemplo Girls o Louie de tener cero desarrollo argumental (y sin ser un octavo de los gracioso que puede resultar esta última). Lo único que realmente “pasa” en este episodio es que Paddy conoce a Richie, que volviendo a la comparación-que-no-debería-hacer puede transformarse en su Big o en su Adam. En cualquiera de los dos casos, no es una buena noticia para nuestro héroe (?).
Veremos para donde agarra, voy a intentar hacer el seguimiento episodio a episodio, que seguramente van a ser un poco más breves que este. Lo que si voy a tratar de analizar en cada caso es el...

Pedigree Gay!
  • La ex de Dom trabaja en el Barbary Hospital. 28 Barbary Lane es la clásica dirección de la casa donde transcurre la serie de libros de Armistead Maupin de Tales of the City, el Looking original impreso de los años 70/80.
  • En el bar de la despedida de soltero suena Hercules & Love Affair. Alguien hizo los deberes. 
  • Ese misma despedida aparte de presentar a algunos futuros personajes secundarios, muestra un poco de diversidad de cultura gay, con el ex de Paddy ostensiblemente casándose con un oso. Ya con mostrar eso le sacó unos cuantos pasos adelante a QaF.
  • Toques simpáticos sobre el uso de redes sociales (chiste sobre filtros Instagram que va a ser obsoleto en un año, pero que por ahora resulta gracioso), pero nadie se cree que alguien que se supone que está ahead of the curve como Paddy lo haga desde una laptop y no el teléfono. Hasta Girls tuvo una referencia a Grindr esta semana, pónganse las pilas muchachos. 
  • Levante en parque público, estado del piso entre los árboles. Todos hemos estado ahí. HIPER REALISMO. 

lunes, 6 de enero de 2014

El Jazmin de Wall Street: Algunos cruces entre Woody y Marty


En 1989 se estrenó una película llamada New York Stories (Historias de Nueva York en Argentina, aunque nunca hubiese sido más adecuado traducir como corresponde Cuentos de Nueva York) que tenía como gancho estar dirigida por Woody Allen, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola. Pésimamente recibida, no se la suele tener en cuenta en el canon de ninguno de los tres directores, básicamente por tratarse de tres cortos sin conexión uno con otro salvo la ciudad que los alberga: el de Woody es como una autoparodia de delirio edípico que de vez en cuando es referenciado; el de Coppola uno de esos pastiches donde trabaja toda su familia y el de Scorsese una pieza casi intimista que se caracteriza por no tener ninguna de las cosas características de la filmografía de Marty, una especie de ejercicio en hacer algo lo más diferente posible a su obra.
De lo que nos quedamos la mayoría con las ganas era de si no una colaboración posta entre los tres (asumámoslo, casi imposible), por lo menos tres cortos que funcionaran en el mismo universo, tres puntos de vista sobre un mismo tema, o por lo menos una continuidad de personajes.
Si miramos a la obra ampliada de los tres directores, hay muy pocas referencias de universo compartido, salvo tal vez esa mirada a “la familia” que nos permitiría hacer una secuencia Padrino II-Disparos sobre Broadway-Padrino I-Buenos Muchachos, pero temas similares rara vez califican como continuidad.
Sí entre las películas de Woody de los últimos 10 años y las de Marty de siempre hay una observación sobre la sociedad norteamericana, donde las desigualdades han llevado a la única posible realización de “el sueño” es por fines espurios, y que en todos los casos terminan mal para los protagonistas o aquellos que los rodean. Nunca estuvo esto más claro que en las dos últimas obras 2013 de ambos: Blue Jasmine y El Lobo de Wall Street. Tanto es así, que salí del cine de ver esta última pensando en cómo Jordan Belfort podría bien ser Hal, el inescrupuloso ex marido de Jasmine que a través de sus maniobras dejó a Jasmine en el pobre estado económico y mental que la encontramos al comienzo de la peli de Woody. Hilando aún más fino, en su operística y casi fársica sobreactuación, Di Caprio bien podría estar canalizando a Baldwin haciendo del seductor aceitoso que le sale tan bien por defecto (el parecido físico, especialmente en el look post-carmela de ambos, es asombroso). Y ya sabemos que Jasmine no es más que una reinvención del personaje en una larga serie, bien podría ser Naomi bajo un nuevo nombre, escapando a la costa opuesta (si, ya sé lo del tema de los hijos, jueguen conmigo) (y ya sé también que bella como es, la Blanchett no es Margot Robbie, pero bueno, ¿qué mujer lo es?).
Una de las críticas que se le hace a El Lobo es no mostrar o referir directamente a las consecuencias de las acciones de Belfort, quien aun en las malas queda siempre como el winner de la situación, y eso es justamente lo que Jasmine hace tan bien: esos excesos tienen consecuencias en esos micro inversionistas que cayeron por la poderosa labia de Jordan/Hal, ejemplificados en la hermana de Jasmine y su ex marido; y esos excesos tienen consecuencias sobre las personas directamente involucradas en la “fiesta”: Jasmine probablemente no era el personaje más equilibrado para cuando conoció a su marido, pero su precario estado mental para cuando la encontramos es consecuencia directa de su historia reciente. ¿O vamos a creer que Naomi salió impoluta del último cuarto de película?
Más allá de esta fantasía de universo compartido, ambas películas tienen otros puntos de contacto, en lo argumental en la ácida observación critica de los excesos de los nuevos ricos o que este descontrol no es invisible para los diferentes entes reguladores, que actúan con mayor o menor efectividad según el caso; o en lo formal, ambas poniendo a una serie de jugadores no habituales en papeles clave, que vienen de la televisión, la comedia o de industrias no-norteamericanas (Robbie es australiana, como lo es la mucho más establecida en Hollywood Blanchett; Sally Hawkins es inglesa, etc, etc.), o en la narración quebrada que nos muestra diversos momentos en forma no secuencial, con el flashback revelando las piezas que faltan para entender “cómo llegamos hasta acá”.
Finalmente, ambas son películas que muestran a sus creadores en un momento creativo clave, cuando muchos estarían dispuestos a sacarles el crédito (especialmente a Allen), demostrando, en sus 70s, una vitalidad que varios creadores mucho más jóvenes tendrían que mirar con detenimiento.
Se perfectamente que no hubo una reunión entre Woody y Marty poniéndose de acuerdo en hacer dos películas en el mismo universo, pero no quita que recomiende pasar unas cinco horas de una tarde aburrida viendo a ambas back-to-back y dejarse llevar no solo por el buen cine, sino también por la imaginación.


jueves, 19 de diciembre de 2013

Maestría en sexo: Sobre la primera temporada de Masters of Sex


Los investigadores sobre la respuesta sexual humana Virginia Johnson y William Masters tuvieron éxito sin precedentes con sus estudios y publicaciones, y luego de 40 años de relación profesional y personal contrajeron matrimonio en los años setenta. En los 90, Masters la dejó a Virginia y se casó con una novia de su adolescencia.
Uy, perdón, SPOILER ALERT!


Esta introducción, verídica y verificable para cualquier persona con acceso a internet es para comenzar a hablar sobre una de las propuestas de televisión más interesantes que se estrenaron en el 2013, Masters of Sex. También es para adelantar el obstáculo principal que una serie de estas características presenta: como crear tensión o suspenso sobre una historia sobre la que ya conocemos el desenlace.
Los creadores de la serie, basada en la biografía de Thomas Maier optaron por focalizarse en dos cosas: el cómo se llegó a ese final que es de público conocimiento y la caracterización que nos muestra por qué esos personajes llegaron a hacer lo que hicieron. Y en ambos casos, salvo por algún tropezón, lo logran. William “Bill”  Masters, reconocido médico obstetra e investigador, sobreviviente de una niñez difícil y tan famoso por su seco temperamento como por sus logros profesionales, a mediados de los años 50 finalmente puso en marcha su sueño profesional: investigar la fisiología de la sexualidad humana. Entre sus primeros colaboradores estaba Virginia “Ginny” Johnson, dos veces separada y madre de dos chicos, carrera profesional incompleta y con una clara separación entre sus corrientes sexuales y afectivas, lo que la hacía, de hecho, una adelantada a su época. Lo que parece una historia exagerada de personajes complementarios es sumamente fiel a la realidad reportada por Maier, y el casting de un inglés como Michael Sheen para hacer de Masters, con la reserva británica como estandarte; y de la etérea y terrenal  a la vez Lizzie Kaplan como Johnson es especialmente ajustado.
Lo demás junta elementos ya probados (la ambientación de época de Mad Men, la “sexualidad Showtime” de Nip/Tuck o Californication), un elenco secundario estelar (Beau Bridges y Allison Janney se roban la serie por sobre los protagonistas) y un cierto sentimiento de extrañeza sobre la evolución de la relación entre Bill y Ginny, tan fluida en lo científico y sexual, tan trabada en lo afectivo. De hecho, este tira/afloje es uno de los puntos mejorables de la serie (¿cuantas veces se puede alejar a Ginny del estudio por echarla/renunciar/etc en solo 12 episodios?). O también puede ser el subtexto general sobre la pacatería de época sobre lo sexual, que en el caso de los protagonistas parece invertirse para tratarse sobre una “pacatería sobre las relaciones”: el sexo sin complicaciones es fácil, lo difícil es incorporarlo a un contexto multi dimensional.
La serie sale airosa también de otros obstáculos, a saber: como representar de manera realista el paso del tiempo (estos doce episodios resumen más o menos un año tiempo real, M&J estuvieron juntos 50. La serie fue renovada para una segunda temporada, y ya se habla de 6, así que se espera que haya saltos más abruptos) y cómo lidiar con los personajes accesorios de los que no se tienen tantos datos o que rechazaron que se usaran sus nombre reales. Para esto se crearon una serie de “personajes Frankenstein” que resumen situaciones de varias personas reales, y en algunos casos, las enriquecen. Así que si se morían por conocer a Margaret, Ethan o  Jane siento informarles que los únicos con contrapartida en el mundo real son Bill, Ginny, Libby y la madre de Bill.
De hecho, algunos de estos personajes por momentos se hacen más interesantes o con más potencial que los protagonistas, supongo que por intención de “estirar” el concepto, ya que en los dos últimos episodios es centro vuelven a ser M&J, pero nos quedamos con un poco de ganas de la Doctora De Paul, por dar un ejemplo (magistral trabajo de los guionistas en hacer crecer el personaje y de Julianne Nicholson al ponerle el cuerpo).
Como buena serie, y como buen fin de temporada de serie, nos quedamos con ganas de más, con la sensación de que las cosas se cortaron justo cuando se estaban poniendo interesantes. ¿Carrie y Brodie? Muy del año pasado. El 2013 es para Bill y Ginny (y tal vez también Elizabeth y Phillip)




sábado, 16 de noviembre de 2013

Autobiografías musicales ochenteras: Morrissey y Tracey Thorn


Probablemente no es sorpresa para nadie que soy una criatura de los años 80. Los ricos años de mi adolescencia me marcaron a fuego, y mientras que para mucha gente la “música de los ochenta” es un viaje de nostalgia, algo kitsch que se baila en las fiestas irónicamente o uno de los períodos más olvidables de la música popular, para mi es un constante objeto de admiración, descubrimiento y estudio. No hay día que no encuentre algo nuevo, descubra una conexión que se me había escapado, redescubra algo que tenía olvidado o revalorice algo que menospreciaba. 
Este interés por la década y su música se extiende también hacia otras áreas de la cultura pop del período, especialmente las revistas y el periodismo de la época. Mucho de ello lo pude experimentar de primera mano, mucho tengo la suerte de la biblioteca universal de la internet para actualizarme.
Con esto que con mis congéneres ahora estamos alrededor de los 40 y en el pico de nuestros poderes consumistas, todo el tiempo hay reediciones, programas de nostalgia, giras del recuerdo, álbumes tributo, y por supuesto, biografías y autobiografías por doquier sobre los protagonistas de la época. Me quería detener sobre dos de ellas: la de Morrissey y la de Tracey Thorn. Parece medio desubicado ponerlas a la misma altura, a pesar de que Tracey narra los puntos de entrecruzamiento entre ambos en cierto momento de los tempranos ochenta. Por lo demás, todo tendrían que ser diferencias, hacia afuera (el libro de Morrissey es, discutiblemente, el acontecimiento editorial del año en Inglaterra, el de Tracey una rareza independiente) y hacia adentro (adoro a Tracey desde que la escuché por primera vez hace más de 25 años y detesto a Moz desde el día que descolgué el poster que decoraba la pared de mi dormitorio hace el mismo cuarto de siglo cuando me dí cuenta que ser humano insoportable que era). Fui activamente a buscar el libro de Tracey, que entendía imperdible, y me compré el de Stephen Patrick para no quedarme afuera de la conversación del momento.
No va a ser sorpresa entonces que ninguno de los dos libros ha hecho nada para que cambie mis opiniones sobre ambos sujetos.
Piensen en el momento más autocomplaciente de la carrera de Morrissey, y háganlo prosa. Voilá! ahi tienen su autotitulado libro. Nadie puede decir que SPM escriba mal (tampoco Tracey, con su maestría en letras), pero hay constantemente un regodeo, un “miren cuanto mejor que ustedes soy”, el mismo que siempre caracterizó a sus letras que intentan pasarse de inteligentes. Y al igual que sus letras, hay un discurso constante de “pobrecito yo, el mundo ha sido tan malo conmigo” que podía resultar creíble cuando era un alfeñique principiante hace treinta años, pero no ahora cuando es una mega estrella internacional multimillonaria y adorada por millones de personas en todo el mundo. Y es una lástima, porque cuando Moz es bueno, es REALMENTE  bueno (como sus discos, bah...): leer sus recolecciones sobre Manchester de los 60 y 70, sobre la colorida historia de su familia, sobre sus cruces con las celebridades de Los Angeles en los 90 es un placer, siempre con el debido tono de outsider irónico. Pero cuando se pone en vícitima (del periodismo, el NME en particular, de los ex Smiths que le hicieron juicio, del juez que se puso del lado de ellos) es sencillamente insoportable. El libro, de autoindulgentes 600 páginas, gasta más de 100 en el citado juicio... solamente porque terminó con la emisión de un cheque de varias decenas de millones, que de ninguna manera lo dejaron en bancarrota. Aun cuando tenga que hablar bien de alguien, se las ingenia para dar cuenta de como lo traicionaron, a pesar de lo talentosos que eran: Johnny Marr es por supuesto el principal blanco (admitamos que nunca lo ataca como a otros personajes, alguna buena voluntad sigue teniendo), así como casi todos los colaboradores musicales que tuvo en años posteriores (y algunos celebritiy colleagues, como Bowie y Siouxsie a quien maltrata con especial saña).
Por supuesto, de lo que realmente queríamos leer, nos cuenta muy poco. Me resulta difícil de creer que en 50 años sólo haya tenido una relación de 3 que sea digna de contar, aunque es refrescante que sea muy claramente y sin aclaraciones con un hombre: ni la pavada del celibato, ni la innecesaria salida del closet a esta altura de los acontecimientos. Y de lo que no queríamos leer, no puede dejar de hablar: si, ya sabemos que sos vegetariano y que opinás sobre el maltrato animal, no tenés que volver a decirlo cada 30 páginas como un relojito. 
Tracey, por otro lado, también tiene un tono de “pobrecita yo”, pero con mucho más sentido del humor, con un tono de modestia que nunca resulta falsa, y genuina sorpresa a su éxito a lo largo de tres décadas, que muy francamente sabe que fue más suerte que otra cosa. Lo que diferencia a Tracey de Moz aparte de la modestia, es el sentido del humor auto menospreciante, la capacidad de asombro, la intención de contar una historia bien contada y no de hacer una catársis por escrito “porque ustedes la pidieron”.
Las diferencias claro, son de éxito (y momento de éxito: cuando Tracey se convirtió en la más inesperada superestrella a mediados de los 90, ya era una mujer de 35 y no un pendejo petulante de 20) y de apoyo: esta claro que detrás de todas las quejas el hecho de que Morrissey es un solitario, por elección o por haber alienado a todos los que lo rodeaban es ineludible, mientras que la historia de los 30 años de carrera de Tracey están   siempre atados a los de Ben Watt, su compañero musical y de vida desde que ambos tenían 19 años. Ben es el centro de gravedad de la vida de Tracey, algo que ella no pudo articular hasta que él estuvo al borde de la muerte (y narrado en su propio libro, compañero de este, Patient), y que derivó en esa “segunda” carrera de EBTG y Tracey que nos dio Missing y Protection, que a partir de la lectura de este libro, es imposible escuchar sin lagrimear un poco. 
Tracey hoy está semi retirada, criando a sus hijos, retomando el placer en las letras y sorprendiendo con lo bien escrito que está su libro de memorias. Moz sigue desesperado por el candelero, con pretensiones de suplemento literario pero tácticas de promoción de diario tabloide.
En algún lugar de Londres, Tracey se ríe tomando un rico trago en compañía de su marido, sus hijos y un montón de buenos recuerdos. En otro, Stephen está solo en una habitación a oscuras, tomando un té amargo y odiando al mundo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Hija 'e tigre: Sobre el fenómeno Roar de Katy Perry


Descargo: en el debate Gaga vs Katy al igual que en su momento el de Britney vs Christina, yo estoy del lado de la vida. Básicamente todas las involucradas me interesan TAN POCO que no tomo posición por ninguna.
Dicho esto, siempre me interesó y disfruté de la música pop, y me gusta estar aunque sea medianamente sintonizado con que está pasando, y en este momento lo que pasa es que Perry y Germanotta están sacando sendos discos altamente anticipados, siguiendo una compulsa de simples: Roar y Applause.
Como el año pasado estando de viaje, tuve la oportunidad de tomar la temperatura del debate de primera mano, y de la misma manera que entonces We found love fue claramente mi banda musical y necesité explayarme al respecto, esta vez mi viaje fue uniformemente musicalizado por Roar y necesito tratar de deconstruir un poco que estuvo pasando con esta chica.
Primero tuve una reacción casi clínica, muy de estudio de mercado: era indudable el grado de popularidad de Roar, pero a niveles donde su omnipresencia era tal que si su declarado rival que se suponía que era Applause... bueno, no había tal carrera, Roar ganó por afano, y a otra cosa (que quede registrado que si hay una rival que le puede poner el cuerpo a este momento de la Perry, es Miley).
Claro que cuando para el segundo día me encontré a mi mismo gritando al tope de mis pulmones “I’VE GOT THE EYE OF THE TIGER, THE FIRE!” claramente, al igual que We found love, esta canción tiene ... algo. 
Leia un comentario en Rolling Stone sobre Prism, el álbum que contiene Roar, donde astutamente señalaban que la Perry tiene una, llamémosla “inteligencia pop”, como para entender por donde ir para ser parte de un cuerpo mas grande de música pop, y al mismo tiempo destacar. En este caso, en lugar de ir por el “sonido del momento” tal como lo hizo con Fireworks y el resto de su disco anterior, fue a otro lado por inspiración, y en lugar de clavarse una obviedad (Born this way, *ehem*) fue al pop rock 80/90, mucho más americano que europeo, y le pegó una vuelta de tuerca contemporánea. No hace falta tener un PhD para encontrar las referencias, pero lo refrescante es su falta de obviedad. Insisto, Perry no cita a Madonna, ni Stock Aitken y Waterman, ni siquiera a Michael y Janet: fue directo por Survivor (de donde salió el ojo del tigre si no), a Heart, a ciertos momentos de Pat Benatar, y de ahí hace el salto a Mariah sin escalas en algunas baladas (con las limitaciones vocales del caso, por supuesto) y hasta un pastiche Animotion/Queen en This Moment que hay que ser de piedra para no sonreir. 
Yo agregaría que acá no solo hay comprensión de la música pop, también del público. Esta locura de “sonido europeo” que empezó hace unos años y que tuvo su pináculo con su propio Teenage Dream y We found love se va a acabar y pronto, y va a haber un backlash peor que con el “disco sucks” del año 80. Astutamente, Perry ya se reinsertó en la tradición del pop norteamericano, salvando las diferencias como lo hicieron los discos “rock” de Donna Summer en la era disco, que le dieron 20 años de sobrevida que una, Gloria Gaynor, digamos, nunca tuvo.

Y otra cosa, por todo lo malo que el sistema tradicional de la industria discográfica de “single adelanto/álbum/balada/tema impacto/álbum con material extra”, lo cierto es que funciona. La campaña Artpop, con sus cortes múltiples, sus idas y venidas, y su “esto no es un producto, es un regalo para mis pequeños monstruos” esta repitiendo todo lo que hizo fallar a Born this way. Llámenme tradicionalista, pero prefiero el approach Perry de honestidad pop a la pretensión innecesaria de Gaga. Estoy seguro que Interscope/Universal se sienten igual que yo.