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martes, 19 de febrero de 2013

Karen y kd: mis chicas K



Cuando se trata de desarrollar un gusto  personal, ya sea en música, películas o cualquier otra expresión artística, es siempre importante la presencia de hermanos mayores. Ya sea de manera proactiva (al acercarnos material por primera vez basado en su experiencia personal) o reactiva (desarrollando un gusto que es exactamente el opuesto del propuesto, por contraste). Se puede argumentar que la presencia de un mentor o un grupo de pares cumple la misma función, pero hay algo único que sale de la convivencia bajo el mismo techo  y los juegos mutuos de admiración y rivalidad propios de la relación fraterna.
En mi caso, con mí varias veces mencionada hermana Marcela, esto fue en todas direcciones: ella me acercó a los Beatles, al rock argentino de diversas generaciones, y a ciertas cantantes argentinas de los años 80. Pude respetar a los primeros (y familiarizarme de manera casi inconsciente con su repertorio), hacerme temporariamente fan de lo segundo, y desarrollar una complicada relación amor-odio con las terceras. Con los años, cuando mi gusto comenzó a tomar autonomía (pista: el material que suele ser cubierto en este blog), un poco de la influencia comenzó a ir en la dirección opuesta.  Digamos que  desarrollamos un respeto mutuo por el gusto del otro, que sirve para tener en cuenta lo que sea que el otro recomiende, comience a seguir, o defenestre.
Independientemente del gusto, se desarrolló casi naturalmente un dialogo, un intercambio de opiniones que muchas veces la gente que nos conoce por separado no puede evitar ver como cierta característica familiar cuando nos ven juntos o interactúando con el otro. Todo lo que no tenemos de parecidos físicamente, lo tenemos en la manera de expresarnos y relacionarnos con las cosas que nos apasionan.
Fue por intermedio de Marcela que fui expuesto y varios años después aprendí a apreciar a los Carpenters, a Karen en particular y esa voz tan característica, que mezcla calidez con precisión y hace suyo cualquier material que se le diera por cantar. Eternamente considerados “blandos” en los ámbitos más rockeros, fue la recuperación “irónica” en los 90 que hecho luz sobre lo genial de sus discos.
Al mismo tiempo, fue por intermedio mío que mi hermana se acercó a kd Lang, a su majestuosa voz, su revolucionaria actitud, tanto como militante LGBT como gran pateadora de tablero en su capacidad de cambiar de género musical como de corte de pelo.
Estábamos en algún momento de los noventa ambos alineados en nuestra admiración por Karen y kd, cuando esta última saco a la venta su álbum de covers Drag. Prefiriendo el material más pop y un tanto más arriesgado de sus producciones anteriores (kd es un magnífico ejemplo de etapa imperial, comenzando con su colaboración con Roy Orbison en Crying, teniendo su pináculo en el ya clásico Ingenue, y decayendo en el ya mencionado Drag), Marcela le prestó inicialmente más atención que yo, y un día, contándome cuanto le gustaba el disco, me hace reparar en un detalle en la canción My old addiction. Hay algo, una cierta… cualidad típica de Karen. No es que suenen parecidas, ni que kd la esté citando: es un aire, una reminiscencia. Y es también una de esas cosas que una vez que las escuchamos, es imposible des-escucharlas.

Para mí fue como una puerta que se abrió, fue re escuchar a kd bajo una nueva luz y comparar, efectivamente, su emparentamiento con Karen. No es casual que esto saliera a la luz con Drag, tampoco,  donde la selección de covers elegida por kd tiene mucho en común con las clásicas reinvenciones de Karen y Richard (uno de mis momentos favoritos de su carrera es como hicieron suya Ticket to Ride, al punto que para mí escuchar la versión de los Beatles es escuchar el cover, y no viceversa).
No tengo memoria de que kd haya citado nunca a Karen como una influencia directa, pero estoy seguro que ocupa un lugarcito en su corazón y su discoteca. Karen, claro, se nos fue antes de tener la oportunidad de escucharla a kd. Estoy seguro que le hubiese gustado (aunque tan conservadora la familia Carpenter, seguramente se hubiese shockeado un poco con “el estilo de vida” de kd).  Una colaboración entre ambas queda en la imaginación de nosotros que las queremos (y varios escritores de fan fiction a quienes les acabo de dar la idea… la faceta “baterista” de Karen fue un temprano desafío a las convenciones de género).
Les dejo como tarea para el hogar, si gustan de Karen, darle una oportunidad a kd. Si son militantes de la la Lang, agarrar el famoso disco de “la tapita marron” de los Carpenters y pegarle una escuchada. Y si les gustan cualquiera de ambas o ambas, ir familiarizándose con el modelo 2013, la cantante Rummer (astutamente recomendada para este posteo por  mi amiga Yolanda).
material de referencia: el album "de la tapita marron"

lunes, 4 de febrero de 2013

Sin vergüenza: Escuche sin prejuicios, volumen XXVII



La verdadera prehistoria de este blog no fueron colaboraciones varias que hice en blogs de amigos, ni siquiera mi festejada participación en la ya mítica La Chancleta (no intenten con el link, este maravilloso producto noventero ya no existe, solo en el espíritu de su ideóloga Lady Ryk y el mío). No, el verdadero origen de mi versión opinionada por escrito fue una nota que escribí hace unos… 25 años, en mi tierna adolescencia, a mano alzada en papel cuadriculado de algún cuaderno de la facultad.
La nota se llamaba “Hasta la vista prejuicios” y fue leída por un selecto grupete de amigos, que me alegra decir, siguen siendo en alguna capacidad, parte de mi círculo amistoso.
Historia al margen, lo que me recordó esta nota fue su contenido, una especie de racconto personal de cómo había pasado de detestar ciertos tipos de música a hacerme fan de los mismos. Y pensé en esto porque aún hoy en día me encuentro con gente que tiene gustos “vergonzantes”, que disfruta de cierto tipo de música, películas, programas de TV a escondidas, porque “no queda bien” o “como voy a admitir que me gusta eso”. El tema es, el gusto, si bien se puede educar, tiene también algo similar a lo que nos pasa con la atracción sexual: tenemos poco control sobre lo que nos gusta o nos deja de gustar, siempre sobredeterminado por tantos factores separados que lo máximo que podemos hacer es controlar una de todas esas infinitas variables.
“Hasta la vista prejuicios” jugaba no con la referencia pop culture de Arnold, si no con la de Jody Watley y su clásico Looking for a new love. Hoy en día es fácil admirar esta pieza de pop funk que de hecho la puso a la Watley en el mapa, con sus reminiscencias Prince de pedigree auténtico, vía la producción de André Cymone. Pero en ese momento, en mi círculo, sencillamente, no. Todos anglófilos y para qué negarlo, bastante musicalmente racistas, no nos permitíamos nada de música negra contemporánea, en gran parte cansados de Michael Jackson y la gran “domingodinubileada” a la que habíamos sido sometidos. Así que Prince, no. Hasta teníamos el tupé de reírnos del falsete de Kiss, y manteníamos una informada ignorancia sobre las apropiaciones blancas que de este estilo se estaban haciendo (discos de Madonna y Duran Duran principalmente, en ambos casos con abundante producción de gente como Nile Rogers o Stephen Bray, de quienes como estaban detrás de la cámara, no prestábamos atención a sus orígenes).
Pero hubo algo en Looking for a new love, su int
érprete y su video que sacudió esta barrera,  y una vez que la barrera se cae... Si se disfrutaba de esa canción y el magnífico álbum que la contenía, seguir negando a Prince era solo necedad. Y que suerte, porque estaba justo al salir Sign o’ the times, y haberse perdido uno de los mejores 10 discos de los ochenta por esta boludez, realmente no calificaba.
Y más fuerte aún, admitir a Prince y Cymone significaba no poder negarse a Jam & Lewis, y con ellos llegaba Janet Jackson, cuyo peor pecado solo era la portación de apellido.
El cambio no fue de un día para el otro: podían gustarme ciertas cosas, pero no estaba listo para admitirlo públicamente (cualquier similitud con otros aspectos de mi persona, seguramente no son ninguna coincidencia). Al punto que en aquella era pre youtube, y más aún, pre MTV, cuando grabábamos los video clips de Música Total moviendo la antena para agarrar canal 2, tenía una cinta separada para los videos vergonzantes.
En algún momento, un ataque de madurez me hizo darme cuenta de esta salvaje pavada, y a partir de ahí pase a relajarme. Fue en esta época que salí de otro closet, el de los comics, en épocas cuando que a uno le gustaran las “historietas” era visto como un infantilismo impresentable (esa historia ya la conté en otro lugar).
Admitir gustos, también implicaba admitir disgustos, que también pueden condenar al ostracismo: admitir que a uno no le gusta el rock, o que Morrissey nos cae como el orto; y que con el tiempo, ayudado por la capacidad argumentativa que me es característica y el medir dos metros, pude salir a ponerle el pecho a todos estos gustos desviados.
Hoy en día no hay más que leer este blog para saber que soy capaz de defender las más impopulares opiniones (o para horror de mis lectores hipsters, las MAS populares opiniones, rompiendo algún tipo de tabú de coolness). Mucho de esto tiene que ver con la edad claro, con haber derribado más closets de los que una sola persona puede tener, y haber decidido ser militante de sus contenidos (los del closet, se entiende).
¡Entonces, liberémonos! ¿Esa canción de Sonia te hace mover la patita? Escuchala. ¿Te morís con las telenovelas venezolanas? Bueno, adelante. ¿las películas coreanas te aburren hasta las lágrimas? ¡No las veas! ¿te calienta ese sex symbol popular que tus amigos consideran “un grasa”? Bueno, ellos se lo pierden. Y el dia que tus compañeros de oficina insisten en quemarse el sueldo en sushi, comete una milanga grasosa de la fonda de la vuelta sin ninguna culpa.
Yo por mi lado, 25 años después sigo queriendo a la Watley como el día que la descubrí, y muchas cosas que en esa época consumía porque eran “lo que había que escuchar” (o ver, o disfrutar) han quedado en el lejano olvido.

A los fines de preservación histórica, me he tomado la libertad de postear, sin ninguna edición, al original que refiero más arriba, gracias a las maravillas de la tecnología, como si Blogger hubiese existido en los ochenta. Pueden leerlo aqui, sean buenos conmigo, era joven e inexperto.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Hola grandote!: Carly Simon, Roberto Pettinatto y otras influencuas



Tengo un posteo para este blog a medio terminar desde hace meses, nunca me termina de convencer. Es sobre influencias, sobre quienes son los que de alguna manera moldearon mi personalidad online tal como ustedes la conocen. Claramente tengo una “voz” aunque no sea del todo consciente para mi. El otro día un buen amigo me dirigía a un artículo que estaba “escrito con mi onda”, así que claramente existe algo así como “mi onda”.
En iguales partes, ésta tiene algo de la era de oro de la revista Humor (especialmente Gloria Guerrero), Smash Hits en los 80, algo de Mad, mi tía Angélica, mis ídolos Carrie Fisher y Albert Brooks, Woody Allen, Chris Heath, y un montón de otras cosas más. Y de vez en cuando, sin darme cuenta, se me escapa algo inesperado. 
Tiene que haber sido hace unos 30 años, mas o menos. Un programa de Graciela Mancuso (aunque a veces reniegue de ello, Grace y Badía marcaron mi temprana adolescencia). El columnista invitado era Petti. Si, EL Petti, Roberto Pettinatto, antes de Sumo, antes de Estación Musical, antes de ser una TV personality y protagonizar avisos de Claro. Probablemente sólo después de el Expreso Imaginario.
Petti y Alfredo Rosso (influencias, influencias, influencias) hacían comentarios de música en los programas de Grace.
Esto fue una tarde, Petti trajo un disco, de Carly Simon, “Hello Big Man”. En ese momento ni sabía quien era Carly, lo único que supe fue que Petti explicó el nombre de álbum y de la canción que le da nombre: cómo Carly es la hija de Richard Simon, el fundador de la editorial Simon & Schuster, y que el Big Man (encantadoramente traducido como “Grandote” en la edición local del disco) era no un misterioso galán, si no su padre, y que la canción, la dulce y sentida canción, contaba la historia de amor de sus padres. Como el magnífico imperio del Señor Simon algunos decían que lo había  construido “por riqueza y fama” pero que si le preguntaban, el iba a decir que lo había hecho “todo por ella”. Me fascinó la historia, me fascinó la canción, y 30 años después sigo queriendo a Carly con toda mi alma. Vean el video casi documental de los Simon, entonces y ahora. 

Claro que además aquellos eran grandes años para hacerse fan de Carly, que estaba teniendo un segundo acto en su carrera: después de su fallido disco “dance/techno” Spoiled Girl, se dedicó a escribir música para películas, con su primer hit en años Coming around again para Heartburn; la banda de sonido completa de “This is my life”, el debut de mi adorada Nora Ephron como directora, y claro, su Oscar por Let the river run, la canción de Working Girl (Secretaria Ejecutiva) un favorito en mi círculo (inolvidable Liliana Lopez Foressi cantando cómo loca la canción, donde más, que en Badía y Compañía).
Carly se ha mantenido activa todos estos años, ya sea con los innecesarios covers de su época As time goes by, o dejándose samplear y participando en el muy contemporaneo (para la epoca) Son of a gun de Janet Jackson.

Parte del inmediato atractivo de Carly tiene que ver con su pedigree: inmediatamente rica, no necesita hacer nada por dinero. Es además, parte de la realeza del pop rock, casada y divorciada con James Taylor (son padres de dos hijos músicos también, Ben y Sally, que suelen acompañarla), con romances nunca comprobados con gente como Mick Jagger y Warren Beatty ( los dos principales sospechosos de ser los protagonistas de su mega hit You’re so vain) , filántropa y MILF adelantada a su época. Y Nadie lo hace mejor, chica Bond musical, si las hay. 
Parte de la longevidad de su carrera tiene también que ver con la falta de desgaste: conocidamente fóbica, rara vez salió de giras interminables, y por lo tanto, como Barbra y Kate Bush, su voz sigue intacta, a pesar de estar llegando a los setenta. Y siempre se mantiene como por encima de todo, con una sonrisa irónica. “I’m rich bitches, I don’t need you”.
Carly, Petti, Grace, Badía... mis gustos e influencias se me escapan por todos lados, aunque no escriba posteos completos sobre ellos.

domingo, 10 de junio de 2012

Tengo tu música: Una historia sobre la vida, la música y el nuevo álbum de Saint Etienne


Over the border, I'm growing older, heaven only knows what's on it's way
Every single day, love is here to stay
Hay una expresión en ingles, “over the border” que podríamos traducir como “del otro lado” y que se usa en general para hablar de temas de edad.  Y no en un buen sentido. Es haber pasado cierto metafórico y poco definible pináculo, y saber que se empieza la pendiente descendiente. Algo así como haber atravesado la mitad más interesante, y ahora estar del otro lado.
Lo traigo a cuento por dos cosas relacionadas. Una es la magnífica canción del mismo nombre que abre el nuevo álbum de Saint Etienne que quería comentar y de la que verán citas por todos lados. La otra es lo que esa canción me despertó en los últimos días y una reflexión sobre por qué estoy escribiendo este blog en general y sobre este disco en particular. Verán, cuando uno está “del otro lado”, a veces parece que nada lo emociona. Esa sensación de haberlo visto todo, y más particularmente, de haber escuchado todo. Durante muchos años de mi adolescencia y de mi vida adulta, la música ocupó ese lugar donde no estaba todo visto y escuchado. Escuchar música, hablar de música, leer sobre música, discutir sobre música, escribir sobre música. Descubrir música, compartirla. Formar amistades basadas en un gusto musical. Asociar música con buen o mal gusto, estética, destinos profesionales, preferencias sexuales. Cartorgrafiar el mundo con música. Disfrutar música nunca como una actividad pasiva, sino como una que involucra cada aspecto de nuestra vida. 
Y creer que esto iba a ser así para siempre. Y descubrir, que del otro lado, tal vez ya no lo era. 
La sola existencia de este blog significa que sigo disfrutando, pensando, leyendo, escribiendo, compartiendo sobre diversas manifestaciones culturales, pero no necesariamente con la música como la número uno. Si pegan un vistazo ahí al costadito donde están las etiquetas sobre las cosas que vengo escribiendo últimamente van a encontrar que más del 50% son sobre series de televisión, y las que están dedicadas a la música están seriamente teñidas de nostalgia, como tratando de capturar algo que ya no está.
Y esto me lleva de vuelta a Over the Border, la canción, con la que abre el soberbio “Words and Music” de Sain Etienne. Por recomendación de uno de esos amigos con los que compartimos todo, porque compartimos la música antes que nada, me lo puse a escuchar. Siempre me gustó Saint Etienne, y este es un muy buen disco de Saint Etienne, pero verán, este es un disco si no conceptual, al menos un disco temático. Y el tema es la música. La pasión por la música. La vida cartografiada por la música, como esa increíble tapa que ilustra esta nota lo muestra, donde cada calle desde Penny Lane a Yellow brick road ES MÚSICA. Y no la música de los músicos, de los que la interpretan. Es un disco sobre nosotros, los que no tenemos el gen ejecutor, pero que respiramos música desde el lugar de oyentes. Y al frente de ese disco, Over the border cuenta la experiencia de alguien desde la primera vez que se da cuenta que escuchar música es algo más que un álbum y una radio, que arma una vida alrededor de la música, y que ahora está ... del otro lado. Y se está poniendo viejo. Y que probablemente se da cuenta que lo único que está aquí para quedarse ese viejo amor por la música.
Sarah Cracknell, la cantante y letrista de Saint Etienne es clase 66. Yo soy del 69. Claramente mucho de nuestro universo musical intersecta, mucho de nuestra experiencia con la música va por líneas paralelas. El primer single de Sarah habrá sido en el 74 y el mío en el 77 o 78, pero ambos memorizamos charts, analizamos a la Smash Hits como si fueran las sagradas escrituras, aunque pasada cierta edad supiéramos que era más cool hablar del NME. Que como oyentes no músicos reverenciamos a Paul Morley que décadas antes de que Simon Reynolds fuera best seller, se metió tan profundamente en la música que fue listado en un álbum de The Art of Noise como un integrante aunque no hiciera nada musical. Que pensamos en términos no de bandas si no de sellos discográficos, para los que Mute o Factory eran igual o más importantes que quienes grabaran para ellos.  Los que musicalizamos nuestros enamoramientos, rupturas, euforias y bajones. 
Over the border, después de años de estar musicalmente anestesiado, me despertó, me conmovió. Me hizo escucharla una y otra vez, me hizo buscar la letra, memorizarla, compartirla. Me hizo hablar de música, una vez más. Me hizo querer que todos la escuchen conmigo. 
El resto del disco es también así, describiendo la experiencia de la primera vez en la discoteca o en la discoteca hoy. De ver a nuestra banda favorita en vivo. De que nos pasaran un cassette (o un MP3) con “esa” canción. De identificar que era ese sonido raro  y buscarlo en todas partes. De tener 17 años y que no importa lo que nos pase, se lo describe alrededor de la música. 
Si nunca escucharon Saint Etienne, tal vez no entiendan muy bien de que se trata al primer intento. Fruto de algo que a principio de los 90 se definía como el “pure pop”, la música pop pura, siempre mezclaron en iguales partes britpop con la última tendencia en las raves, la chanson francesa con algo de folk. Despreciando el virtuosismo por un cierto clima, pero siempre alejados de la pretensión y nunca perdiendo la sonrisa. A veces fueron más exitosos que otras, y esta es una historia de éxito, desde la canción folk inglesa I threw it all away que remite a su maravilloso disco “Tiger Bay” a I’ve got your music, un dance pop extático que podría haber salido del último disco de Kylie. 
Y que abre con la mejor canción acerca de un oyente de música que jamás haya escuchado, Over the Border, y cierra con Haunted Jukebox donde claro, se mueven del lugar de oyentes al de músicos. Músicos de esos que nos deleitan y nos hacen escribir artículos de mil palabras a cuenta de nada. O a cuenta de la música. 

jueves, 10 de mayo de 2012

El primero te lo regalan...

Tiene que haber sido en el 77 o 78, no mucho antes y seguro que no después. Un día cae mi padrino Reinaldo con una historieta, de las clásicas de Novaro, de las "grandes" (los viejos como yo sabrán distinguir entre "grandes" y "chicas"). Era de "Marvila", la que se ilustra más arriba en su tapa original.
Probablemente ya había tenido historietas de superhéroes en mis manos, pero esta es la primera que recuerdo haber atesorado, la que me hizo interesar por que había pasado antes y que pasaba después, la que inició una colección. La que empezó este hábito que ya lleva más de tres décadas.

La original y la de Novaro que llego a mis manos
Como ya lo mencioné en otro lado, la película de Superman y la serie de la Mujer Maravilla tuvieron mucho, mucho que ver con esta relación enferma, aunque pensándolo bien mi primer contacto deben haber sido los Super Amigos (por ese motivo no me sorprendió ni me pareció raro que hablaran de "Marvila") y todavía recuerdo el día que mi hermana Marcela me hizo hacer el 1 + 1 que la Marvila de los Super Amigos y la Mujer Maravilla de la serie de TV que recién empezaba eran una y la misma.
Era un gran momento para iniciarse en el tema: por un lado la fértil imaginación propia de la edad, por otro la avalancha de exposición que trajo la peli de Superman (recuerdo con especial cariño las figuritas detrás de las tapas de gaseosa de la línea Pepsi con la escudería de DC y el correspondiente álbum, que me presentaron por primera vez a montones de personajes que aun no conocía, como un par de los Titanes a quienes no identificaría como tales hasta mucho más adelante), y finalmente, Novaro tenía una importante distribución en los kioscos de todo el país (he comprado historietas por Mendoza, Córdoba, Bariloche y toda la costa atlántica, siempre en un molesto -para los demás- ritual de recorrer kiosco por kiosco a ver que tenían) y en cualquier feria o canje se conseguían cosas de los sesenta a precios irrisorios (esto es mucho antes de la sequía especulativa que llegaría a finales de los 80).
Con esto fui conociendo  más , identificando que me gustaba y que no (desde temprano me aburrí con Batman, me sigo aburriendo con Batman) y armando una colección que en retrospectiva era MUY interesante (estoy ahora pagando 60 dólares por cada uno de los Archives de mi serie favorita, la Legión de Superhéroes que contienen historias que oportunamente leí y/o poseí en su formato original para LATAM).
En el año 79 hice el viaje reglamentario a Disney en la era de la plata dulce. Todavía me acuerdo de ver en un newsstand de aeropuerto los comics en inglés y no animarme a comprarme nada por el idioma. Todavía me arrepiento también. Tengo grabada a fuego esta tapa que vi ese día: 

Noten la presencia de Power Girl. Sera por esto que la tenia bloqueada?
A eso de los 13 años, más que nada por presión del entorno, abandoné estas cosas ‘para chicos’ y me mantuve en esa posición por mis años de secundario. Vale aclarar que mi colección de incunables fue regalada y/o tirada. Prefiero no hablar más del tema para no revivir el trauma.
Calculo que fue a los 19 o 20 que el kiosco de Corrientes y Talcahuano me empezó a llamar la atención, con las coloridas tapas, ahora en inglés. El “cigarrillo del regreso” fue Flash 14. No entendía nada. La Crisis había terminado hacia poco más de un año, nada era como lo recordaba. Me fascinó. Y justo a tiempo: llegue en el momento preciso para la dominación de Keith Giffen del Universo DC, quien es desde entonces, mi creador favorito: JLI y pronto JLE (que me recordó a Power Girl, quien era una favorita de mi infancia que tenia bloqueada), Invasion!,  L.E.G.I.O.N y por supuesto, mi amada Legion con la que reconecté inmediatamente. De hecho, Giffen y Legion dieron mi historia favorita, con la que trato de evangelizar a la gente: la Legion “5 years later” (no suele ser muy efectiva mi evangelización: resulta que para tener una idea vaga de lo que está pasando, hay que tener un conocimiento enciclopédico de la serie, especialmente de los 60… que pocos leímos originalmente o ahora a 60 U$S la dosis).
La tapa del numero "del regreso"
Los 90 fueron locos. Me compré todo. En un momento, hasta importé mis propios comics y luego los revendía.  Los números 0 después de Zero Hour, todo Marvel vs DC, Kingdom Come con ese golpe de nostalgia que era de MI generación... Esto duró hasta que el dólar se disparo.
Ahí me puse mucho más selectivo y la verdad que la calidad de las cosas que fueron saliendo me ayudó a no sufrirlo demasiado. Prefiero la serie de Justice League Unlimited de Cartoon Network a muchos de los comics contemporáneos con los mismos personajes.
La relación hoy no es la mejor. Desde el 2001 que casi no compro números sueltos, los libros que me compro son generalmente de nostalgia, y ni siquiera leer gratis de pirata me alienta a leer los "nu52", el más reciente relanzamiento del universo DC. 
Eso sí, en un mes más o menos sale el paperback  de “las 12 tareas de la Mujer Maravilla”, aquellas que empezaron con aquel número seminal. Ya lo tengo pre ordenado en Amazon. 

martes, 4 de agosto de 1987

Hasta la vista, prejuicios

El manuscrito original
Lo que sigue es una nota que fue escrita en 1987, se presenta como documento histórico sin edición de contenido, sólo se corrigió la ortografía y algunas cosas de puntuación. Sepan ponerlo en contexto y comprenderlo.

“Hasta la vista, baby...” una sensual voz nos despide desde la radio para convertirse de inmediato en otra insoportable canción funk-bolichosa. No ha pasado medio minuto de la sensual despedida cuando un agrio locutor nos informa que estamos escuchando “...el puesto número 2 del ranking Americano, Jody Watley, Buscando un nuevo amor”. Sin más apagamos la radio, pero la sensual despedida permanece en nuestra cabeza, ahora acompañada de un agrio interrogante ¿qué clase de gusto repodrido tienen los yanquis? ¿cómo “eso” puede estar número 2 (y número 1 si no fuera por U2?)¿Qué le encuentran a “eso”? Tratamos entonces de recurrir a nuestra objetividad de análisis, encendemos la radio, escuchamos tratando de adivinar. Aceptamos que la chica es sensual (recordemos la “sensual despedida”) pero también lo son varios centenares de cantantes negras, con una sensualidad que se remonta a las primeras épocas de Diana Ross; tampoco es la voz: la morocha no canta mal pero hay cientos de cantantes que la superan ampliamente, en otras palabras, la voz es vulgar, una más del montón. ¿Es acaso la producción? No, obviamente, no. La canción está bien producida pero no es nada nuevo ni original o innovativo: es la misma vieja fórmula inventada por Prince y continuada por Jam & Lewis, por lo que por momentos se parece a los calamitosos bódrios de Janet Jackson (a quién tampoco comprendemos cómo alguien le puede comprar un disco). ¿Es acaso que cientos de lascivos machos han quedado enamorados de la Watley? Difícil. Con sólo ver el clip notamos que la chica es rica y el video sensual, pero no supera la belleza de la perfecta Grace Jones o la sensualidad de cualquier video de Madonna (además para eso se inventó Samantha Fox).
Este simple descarte de hipótesis nos deja solamente la canción. ¡¿La canción?!, nos preguntamos. ¿Cómo podría ser posible si ya habíamos llegado a la conclusión de que era “funk-bolichoso-peligrosamente-parecido-a-Janet”. All right, pero nos estamos olvidando de la letra, que analizada fríamente no es más que otra historia de chica sucia, del tipo “me metiste los cuernos, yo te los meto más”... Pero de repente, , como un mensaje divino nos llega la respuesta, desde los mismos labios de Jody, en el estribillo, el “gancho” de la canción:



...but now you are like the rest
unworthy of my best
HASTA LA VISTA, BABY”

Terrible, atrapante, sintético: PERFECTO.
¿Perfecto? Acaso acabo de utilizar el término “perfecto” para definir “eso”? Si, lo hice y con ese simple hecho he comenzado un nuevo camino que vaya a saber a dónde me llevará.
Han pasado dos horas desde que escuchamos la sensual despedida por primera vez, y por trigésimo séptima vez resuena en nuestra cabeza. Hemos sido víctimas de una metamorfosis (que según nuestros amigos nos ha convertido en algo peor que una cucaracha), y de sentir asco por la canción, hemos pasado a sentir simpatía. A la media hora ya reconocemos que la canción nos gusta y a los quince minutos prendemos la radio desesperados esperando a que aparezca (cosa que sabemos no es difícil ya que estamos en domingo de rankings).
Han pasado dos días desde la revelación y no hacemos más que bailar frenéticamente al ritmo de Looking for a new love (que ahora tenemos prolijamente grabada). Pero hay algo que permanece en nuestras mentes: ¿es que acaso la se ha convertido en nuestra canción de cabecera no era la misma canción que era peligrosamente parecida a Jan...?¿Y acaso a ella no la habían producido Jam & Lew... si,si, esos mismos que produjeron ese disco de Human League que tanto nos gusta. ¿Es que acaso no hemos prestado la debida atención a Janet porque es la hermana de... y que tal vez sus canciones son bue.... No, no y no. No es posible, jamás nos puede gustar eso. A la media hora estamos cantando “Now, control this!”.
Ya ha pasado casi una semana desde que nos concientizamos que “Looking...” había escalado los charts y mientras hacemos gym-dance a enganche especial de Looking for a new love con Nasty, y le damos un beso a nuestro nuevo LP de cabecera, Crash, por la liga, un nuevo negro pensamiento invade nuestras neuronas : ¿no es este acaso el sonido de Minneapolis, el que antes habíamos calificado de “funk-bolichoso”, la vieja fórmula inventada por Prin...? y ¿no será que al fin y al cabo es bueno?. No, no es posible, comienzan a correr unas lágrimas por nuestras mejillas. No puede ser que nos guste él, aquel al que tanto habíamos criticado, al que tanto odiábamos. A las dos horas estamos desesperados por conseguir Parade en oferta.
¿Y a qué viene esta historia, entonces? Se trata simplemente de una pequeña parábola. ¿Y cuál es la moraleja? Nunca digáis de esta agua no he de beber (sin haberla probado antes).
Y ahora, repitan conmigo:

...but now you are like the rest
unworthy of my best
HASTA LA VISTA, BABY”
 


Nota: este relato es absolutamente ficticio, cualquier similitud con la realidad actual del autor de la nota es mera casualidad.