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sábado, 16 de noviembre de 2013
Autobiografías musicales ochenteras: Morrissey y Tracey Thorn
Probablemente no es sorpresa para nadie que soy una criatura de los años 80. Los ricos años de mi adolescencia me marcaron a fuego, y mientras que para mucha gente la “música de los ochenta” es un viaje de nostalgia, algo kitsch que se baila en las fiestas irónicamente o uno de los períodos más olvidables de la música popular, para mi es un constante objeto de admiración, descubrimiento y estudio. No hay día que no encuentre algo nuevo, descubra una conexión que se me había escapado, redescubra algo que tenía olvidado o revalorice algo que menospreciaba.
Este interés por la década y su música se extiende también hacia otras áreas de la cultura pop del período, especialmente las revistas y el periodismo de la época. Mucho de ello lo pude experimentar de primera mano, mucho tengo la suerte de la biblioteca universal de la internet para actualizarme.
Con esto que con mis congéneres ahora estamos alrededor de los 40 y en el pico de nuestros poderes consumistas, todo el tiempo hay reediciones, programas de nostalgia, giras del recuerdo, álbumes tributo, y por supuesto, biografías y autobiografías por doquier sobre los protagonistas de la época. Me quería detener sobre dos de ellas: la de Morrissey y la de Tracey Thorn. Parece medio desubicado ponerlas a la misma altura, a pesar de que Tracey narra los puntos de entrecruzamiento entre ambos en cierto momento de los tempranos ochenta. Por lo demás, todo tendrían que ser diferencias, hacia afuera (el libro de Morrissey es, discutiblemente, el acontecimiento editorial del año en Inglaterra, el de Tracey una rareza independiente) y hacia adentro (adoro a Tracey desde que la escuché por primera vez hace más de 25 años y detesto a Moz desde el día que descolgué el poster que decoraba la pared de mi dormitorio hace el mismo cuarto de siglo cuando me dí cuenta que ser humano insoportable que era). Fui activamente a buscar el libro de Tracey, que entendía imperdible, y me compré el de Stephen Patrick para no quedarme afuera de la conversación del momento.
No va a ser sorpresa entonces que ninguno de los dos libros ha hecho nada para que cambie mis opiniones sobre ambos sujetos.
Piensen en el momento más autocomplaciente de la carrera de Morrissey, y háganlo prosa. Voilá! ahi tienen su autotitulado libro. Nadie puede decir que SPM escriba mal (tampoco Tracey, con su maestría en letras), pero hay constantemente un regodeo, un “miren cuanto mejor que ustedes soy”, el mismo que siempre caracterizó a sus letras que intentan pasarse de inteligentes. Y al igual que sus letras, hay un discurso constante de “pobrecito yo, el mundo ha sido tan malo conmigo” que podía resultar creíble cuando era un alfeñique principiante hace treinta años, pero no ahora cuando es una mega estrella internacional multimillonaria y adorada por millones de personas en todo el mundo. Y es una lástima, porque cuando Moz es bueno, es REALMENTE bueno (como sus discos, bah...): leer sus recolecciones sobre Manchester de los 60 y 70, sobre la colorida historia de su familia, sobre sus cruces con las celebridades de Los Angeles en los 90 es un placer, siempre con el debido tono de outsider irónico. Pero cuando se pone en vícitima (del periodismo, el NME en particular, de los ex Smiths que le hicieron juicio, del juez que se puso del lado de ellos) es sencillamente insoportable. El libro, de autoindulgentes 600 páginas, gasta más de 100 en el citado juicio... solamente porque terminó con la emisión de un cheque de varias decenas de millones, que de ninguna manera lo dejaron en bancarrota. Aun cuando tenga que hablar bien de alguien, se las ingenia para dar cuenta de como lo traicionaron, a pesar de lo talentosos que eran: Johnny Marr es por supuesto el principal blanco (admitamos que nunca lo ataca como a otros personajes, alguna buena voluntad sigue teniendo), así como casi todos los colaboradores musicales que tuvo en años posteriores (y algunos celebritiy colleagues, como Bowie y Siouxsie a quien maltrata con especial saña).
Por supuesto, de lo que realmente queríamos leer, nos cuenta muy poco. Me resulta difícil de creer que en 50 años sólo haya tenido una relación de 3 que sea digna de contar, aunque es refrescante que sea muy claramente y sin aclaraciones con un hombre: ni la pavada del celibato, ni la innecesaria salida del closet a esta altura de los acontecimientos. Y de lo que no queríamos leer, no puede dejar de hablar: si, ya sabemos que sos vegetariano y que opinás sobre el maltrato animal, no tenés que volver a decirlo cada 30 páginas como un relojito.
Tracey, por otro lado, también tiene un tono de “pobrecita yo”, pero con mucho más sentido del humor, con un tono de modestia que nunca resulta falsa, y genuina sorpresa a su éxito a lo largo de tres décadas, que muy francamente sabe que fue más suerte que otra cosa. Lo que diferencia a Tracey de Moz aparte de la modestia, es el sentido del humor auto menospreciante, la capacidad de asombro, la intención de contar una historia bien contada y no de hacer una catársis por escrito “porque ustedes la pidieron”.
Las diferencias claro, son de éxito (y momento de éxito: cuando Tracey se convirtió en la más inesperada superestrella a mediados de los 90, ya era una mujer de 35 y no un pendejo petulante de 20) y de apoyo: esta claro que detrás de todas las quejas el hecho de que Morrissey es un solitario, por elección o por haber alienado a todos los que lo rodeaban es ineludible, mientras que la historia de los 30 años de carrera de Tracey están siempre atados a los de Ben Watt, su compañero musical y de vida desde que ambos tenían 19 años. Ben es el centro de gravedad de la vida de Tracey, algo que ella no pudo articular hasta que él estuvo al borde de la muerte (y narrado en su propio libro, compañero de este, Patient), y que derivó en esa “segunda” carrera de EBTG y Tracey que nos dio Missing y Protection, que a partir de la lectura de este libro, es imposible escuchar sin lagrimear un poco.
Tracey hoy está semi retirada, criando a sus hijos, retomando el placer en las letras y sorprendiendo con lo bien escrito que está su libro de memorias. Moz sigue desesperado por el candelero, con pretensiones de suplemento literario pero tácticas de promoción de diario tabloide.
En algún lugar de Londres, Tracey se ríe tomando un rico trago en compañía de su marido, sus hijos y un montón de buenos recuerdos. En otro, Stephen está solo en una habitación a oscuras, tomando un té amargo y odiando al mundo.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Una mujer natural: algunas notas sobre las memorias de Carole King
Hay gente de la que conocemos mucho sin saber nada. En el caso de Carole King, salvo la gente de “cierta edad” que tenía conciencia en los momentos en los que tuvo mucho éxito con su nombre y apellido en el título (digamos hace… 40 años), muchos no sabrían quien es. Y sin embargo, todos, en algún momento, hemos escuchado y probablemente cantado alguna de sus canciones. Algunas de sus cientos de canciones, que fueron interpretadas por TODOS, desde los Beatles a Kylie, desde Aretha a Marcela Morelo, y si, claro, por ella misma, en sus discos o en los títulos de Gilmore Girls.
King es una figura mítica por un sinnúmero de razones: por tener una carrera que esta en su septima decada (!) a pesar de que no es tan grande (sus primeros éxitos como compositora a fines de los cincuenta fueron cuando tenía 17 años o menos), por haber trabajado con todos, por ser una temprana defensora de las causas ecologistas a nivel de activismo político y no de palabra, y por una colorida vida sentimental. Pero esto solo no arma un mito. El mito se arma porque a falta de una “historia” oficial, aparecen las historias apócrifas, los rumores, los “alguien que conoce lo contó”, y si el personaje es lo suficientemente relevante, hasta se arman narraciones que se suponen “oficiales” cuando no lo son (en el caso de King, la película Grace of my heart, un racconto levemente ficcionalizado de su vida y la de algunos de sus contemporáneos, con una banda de sonido fantástica que incluye, como para embarrar mas la cancha, canciones escritas por su hija y su ex marido. Super recomendable como peli por mérito propio, y el disco de OST como disco sin película también).
Después de que mucho le insistieran, la buena de Carole finalmente se decidió por sacar un libro de memorias y narrar algunas de estas cosas en primera persona, no tomarse el trabajo en desmentir otras, y contar un par de chismes en el camino. Si bien, como en todo momento nos aclara en el libro, King es la que escribe la música y no las letras, su fuerte siempre fue el de contar historias, ya sea de un artista o el “personaje” de ese artista, o en sus discos propios, armar una mini novela. No debe sorprender entonces lo interesante que resulta como narradora en esta colección de viñetas, que como un crítico hizo notar, es como escuchar a una tía abuela piola contar sus aventuras de juventud. Ayuda, claro, que sus historias de juventud son un quién es quién de la música pop y rock desde los 50 hasta la actualidad, con que fue testigo presencial de la era pre-rock, el rock, la invasión británica, el crossover del R&B al público blanco, el hippismo, el soft rock, la industria de la costa Este Y la costa Oeste, los plásticos ochenta… absolutamente todo. Intercalando su historia de amor de la juventud con Gerry Goffin, con quien escribió todos los tempranos hits y con quien engendró a sus dos hijas mayores, con la historia de su gato Telémaco, inmortalizado en la tapa de su clásico álbum Tapestry, con su amistad (¿y algo más? nunca termina de quedar claro) con James Taylor y sus eventuales mujeres (un par de pibas llamadas Joni Mitchell y Carly Simon), su fallido encuentro con John Lennon en 1965 y feliz reencuentro con él y Yoko en el 76, a sus años de “caída del mapa” producto de un par de relaciones complicadas, de las que habla con candidez y mucho cariño (en esto me hizo acordar a los mejores momentos de las memorias de Diane Keaton que comenté en otro lado), todo matizado con sus puntos de vista sobre tocar en vivo y colaborar con otros músicos, el proceso de escribir canciones, la inspiración de algunas de las clásicas canciones, sus opiniones sobre otros artistas de la época y sus detalles de “insider” sobre los mismos, y hasta algunos puntos de vista sobre ecología y espiritualidad que en manos de alguien menos interesante hubieran caído en el terreno de la autoayuda.
Parte de la gracia de leer este libro es además musicalizarlo: es imposible no leerlo al lado de una computadora y buscar las canciones, artistas, performances referidas, ya sea un clásico soul de los tempranos 60, un disco “soft” completo de los 70, alguna cosita superproducida de los 80 o los incontables homenajes y contrahomenajes de los que es sujeto en los últimos años, como corresponde a la persona que nos legó You’ve got a friend, The loco-motion, Crying in the rain, A Natural Woman, I feel the earth move y tantísimas más.
Más que recomendable, para fans y no fans de la artista, para los que les interesa la historia de la música y la cultura popular o sencillamente las historias en primera persona bien narradas.
viernes, 4 de enero de 2013
Varios extraños amantes: sobre la autobiografía de Diane Keaton
La
autobiografía como género suele dejar bastante que desear. Salvo contadas
excepciones (por ejemplo, las autobiografías de escritores de cualquier rubro),
suelen ser proyectos de autopromoción de celebridades o políticos, con un
“ghost writer” haciéndose cargo del trabajo real de escritura. Se los vende
generalmente con un golpe bajo marketinero que será revelado durante la
lectura, entre los que se cuentan desórdenes alimentarios (un plus para la
platea femenina), abuso infantil (claramente se ha leído muy poco sobre
fantasías infantiles en el gran país del norte. No digo que no haya abuso, pero
o esta gente miente o está malinterpretando alguna idea), hijos secretos,
romances prohibidos, etc.
También, en
los últimos años, en Estados Unidos, se puso de moda el “celebrity book”, que
no necesariamente es una biografía, sino que puede ser una serie de
observaciones o anécdotas (muchos comediantes han ido por esta ruta,
recientemente Ellen DeGeneres, que ya tiene escritos varios, o el muy
recomendable Bossypants de Tina Fey),
consejos sobre algún rubro en particular (sub grupo mencionable, el libro de
cocina de las celebrities), o consejos “de vida” en general, que rozan con lo
peor de la autoayuda (Teri Hatcher es una de las principales ofensoras en este
rubro).
En un caso
o en otro, a menos que se tenga alguna simpatía en particular por la persona en
cuestión o se trate de un “descubrimiento”, suele ser mejor evitarlos.
Dicho esto,
hace cosa de un año salió a la venta Then
Again, mezcla de autobiografía y celebrity book de Diane Keaton, que más
allá de ser un personaje que me cae más o menos bien, prometía como condimento
adicional al rubro “revelaciones”, documentar con algunas cartas y fotos de su
archivo personal, que incluye una muy publica y comentada relación con Woody
Allen, un personaje que me intriga aún más que ella.
El libro,
interesante como es, probablemente no es lo que esperaba: la parte “proyecto
personal” de Keaton es una memoria de su madre, fallecida recientemente, y que
era una compulsiva diarista por lo que estaba muy bien documentada. Sin lugar a
dudas la vida de su madre es interesantísima para Diane, no tanto para el
lector casual, que preferiría que la autora se detuviera más en sus aventuras
en la New York de los setenta o el trasfondo de la filmación de la trilogía del
Padrino (ambas cosas están cubiertas, pero nos dejan con ganas de un poco más).
Eso sí,
cuando el libro cubre los tópicos más caros a alguien interesado en el cine y
la pop culture, ahí es donde se pone interesante. A nadie sorprende saber que Annie Hall era una apenas disimulada
historia sobre Diane misma, pero no se tiene idea de hasta qué punto hasta el
momento de ver como la familia Hall de la película es idéntica a la verdadera
familia Hall (dato de color: el apellido de Diane es en realidad Hall, Keaton
es el apellido de soltera de su madre), Keaton sigue sin saber porque Coppola
la eligio para hacer de Kay Corleone, y es brutalmente sincera sobre qué pasos
de su carrera funcionaron (no es casual que aparte de los 70, las únicas
películas sobre las que se detiene son Baby
Boom, First Wives Club y Something’s Gotta Give, sus éxitos
reales) y cuales no (su output como directora es apenas mencionado, aunque me
hizo sonreír que se nombren con todas las letras los videos que dirigió para
Belinda Carlisle a fines de los ochenta).
Obviamente,
lo que todos queríamos leer eran los sórdidos detalles sobre Woody, Warren, Al
y a ver si había algún otro. Bueno, resulta entretenido, aunque no como uno
esperaría: Diane claramente adoró a Woody y lo sigue queriendo muchísimo, así
como toda su familia (hay una cándida foto de ambos tomada por la madre de
Diane que no tiene desperdicio), y lo sabe instrumental para su carrera (“le
debo todo a las palabras de Woody”). Menciona al pasar que reemplazó a Mia en Manhattan Muder Mistery, y del mismo
modo que comenta que Woody no habla de su vida cuando filma, se abstiene de
entrar en ese debate. Cartas personales que intercambiaron y diversas
declaraciones de ambos a través de los años no hacen más que comprobar este
afecto que comparten.
Con Warren,
es más complicado: enamorada desde que lo vio por primera vez en la pantalla en
Splendor in the grass, cuando la
empezó a cortejar fue como el sueño del pibe (de la piba…), y claramente
siempre sintió que Warren era “demasiado” para ella, aunque le agradece la
gente que le presentó, como le dio ánimo para dedicarse a proyectos personales
y básicamente, mal no la pasaron… hasta que filmaron Reds, donde la puntillosa dirección del Señor Beatty terminó por
volverla loca y ese fue el fin de la relación.
La
revelación más interesante del libro, sin embargo, es la del apasionamiento que
tuvo (y sigue teniendo, por lo que se lee) con Al Pacino, que empezó en los
tempranos 70 cuando ella aún estaba con Woody y no se concretó hasta finales de
los 80, terminando definitivamente después de muchas idas y venidas en la
filmación de Godfather III.
Y hay una
perlita final sobre la filmación de Something’s
Gotta Give, que Keaton dice es su película favorita por los buenos momentos
que le significó, donde se puede leer entre líneas que aun viejo y hecho
pedazos, Jack Nicholson sigue siendo un Don Juan hecho y derecho. Y que además,
hábil negociador, siempre se queda con un porcentaje de las ganancias brutas de
las películas, y sin ella saberlo, le regaló unos puntitos de su parte, lo que
redundó en un sorpresivo cheque “con muchos ceros” como regalo de despedida.
Classy, Jack, very classy.
El tono
general es de candidez y cierta inseguridad (de nuevo, pensar Annie Hall), incluyendo varios
arrepentimientos, tal como no haber “sentado cabeza” en una relación; falta total de arrepentimientos,
especialmente en su decisión de adoptar pasados los 50 años; y por qué no, algún rencor (en un “donde están ahora” al
final del libro, los nombres de Annette Benning, la real señora Beatty y el
hijo que Pacino tuvo con Beverly D’angelo dejan caer una cierta cuota de ácido). Ah, y para no fallar a la regla, en los 70
Diane tuvo un problema de bulimia… por lo menos no la abusaron.
El libro es
recomendable solo de ser muy fans de Keaton o alguno de los otros involucrados
o del cine de los setenta, y estando listos para saltear algunas de las partes más
pesadas.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Transformandose en Nancy, calmando la rabia: Conozca a Terry Ronald
Hoy voy a escribir sobre un músico, pero no sobre su faceta como músico. De hecho, va a ser de acuerdo a mi recorrido inverso por su carrera artística: primero como personaje de redes sociales, luego como escritor, finalmente como productor y compositor para otros artistas y como a los premios, su propia carrera.
Estoy hablando de Terry Ronald. ¿Quién? Terry Ronald, que seguro que lo conocen, sin saber que lo conocían. El de Calm the rage, canción Aspen si las hay. Y leyeron bien “el” de la canción, a pesar de que montones de gente siempre creyeron que era una señorita (ayudados por la ambigüedad de género del nombre “Terry”).
Terry fue la definición misma de “one hit wonder” a principio de los 90 con este clásico, y luego jamás logró volver a repetir ese éxito, a pesar de la buena respuesta de la crítica a su disco debut, Roma.
El tema es que Terry ya tenía una carrera paralela como productor/compositor/amigote de Dannii Minogue, desde sus tiernos comienzos. Esto lo llevó también a trabajar con verdadera Minogue (fue el arreglador de voces de Confide in me y otros temas del álbum “de tapa blanca”), y con otras estrelluelas del pop inglés como la Ellis-Bextor y Girls Aloud. Su coronación de mundo pop fue aparecer como jurado invitado junto a Dannii en la versión inglesa de X-Factor.
Su existencia entró a mi radar a través de sus ácidos intercambios en twitter (@terryronald ) con Steve Anderson (@MrSteveAnderson) y las hermanas Minogue (@kylieminogue y @DanniiMinogue) comentando temporadas posteriores del programa, y así fue como me enteré que hacía rato que trabajaba en teatro (es el creador del exitoso espectáculo de new-burlesque The Hurly-Burly Show de Miss Polly Rae y del Little Belter de Elouise). En esta función teatral incursionó como dramaturgo, y esto lo llevó a decidirse a escribir una novela. Y acá es donde quería llegar.
La novela en cuestión se llama “Becoming Nancy” y ya el nombre nos da varias capas de sentido. La referencia mas lineal es a el hecho de que a David Starr, el adolescente protagonista de la novela (un apenas disfrazado alias autobiográfico del mismo Ronald) le dan el papel de Nancy en una versión escolar del musical Oliver! Claro que ‘Nancy’ es también un apelativo para llamar a alguien “maricón” y entonces el “transformándose en Nancy” refiere a lo que efectivamente le esta sucediendo en el transcurso de los meses que narra a fines de 1979, cuando finalmente hace las pases con su sexualidad y experimenta una forzada salida del armario.
Claro que David, amante de los musicales, de Blondie, Abba y Kate Bush, no tenía mucho de dudoso sobre su sexualidad ni para sí mismo ni para los que lo rodean, pero en el transcurso de la novela conoce a su primer amor en la persona del capitán del equipo de fútbol, y ahí llegan las complicaciones.
El argumento por supuesto es la muy transitada historia del coming out adolescente, visitando todos los tropos del género, y con más de un guiño al clásico cinematográfico que lo resume a la perfección, Beautiful Thing, de Jonathan Harvey (otro amigote y colaborador de Ronald, con quien también interactua frecuentemente en su alias @JOJEHARVEY), incluyendo el personaje de "la amiga con actitud", en este caso una adolescente de origen jamaiquino, metiéndose de lleno en el revival reggae de la época y el movimiento en contra del neo fascismo . Y justamente la época y lugar son los que marcan el interés de la novela, esa Inglaterra post punk, donde el disco aun reina supremo, por lo menos para la comunidad gay, donde Deborah Harry es la mayor estrella del firmamento, los mods flirteaban en iguales partes con el neo-nazi National Front y las anfetaminas, y la señora Thatcher marcaba la agenda de la década que se venía. Todo con un ácido sentido del humor, mucha ternura, y referencias de época que me resultan tan familiares ( a las mencionadas Abba y Blondie, las mujeres Biónica y Maravilla, Grace Jones, el corte de pelo y los pantalones ajustados de Sting en la primera época de Police, Paul Michael Glaser con su saco tejido...) que tengo que darle una vez más la razón a David Halperin en sus observaciones sobre el “modo de apreciación gay”.
Terry Ronald no ha expresado interés en escribir algo más por ahora (la novela salió a la venta hace unos pocos meses), pero con este debut, estaría interesado en leer que más tiene para decir. Por lo pronto tiene un nuevo espectáculo teatral a estrenarse, Orchid, con dirección musical de Steve Anderson y puesta en escena de William Baker (el team Minogue, digamos), y seguramente una adaptación cinematográfica o televisiva de Becoming Nancy. Con tal de que se aseguren los derechos de “I’m always touched by your presence, dear” y “Voulez Vous”, estoy ahí.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Cómo ser gay: sobre David Halperin, la Mujer Maravilla y este mismo blog
Estuve
leyendo un nuevo libro del norteamericano David Halperin llamado “How to be gay”. Y si lo están pensando,
no, no es el manual de instrucciones, algo que mucha gente de hecho pensó cuando
Halperin hace unos diez años dictó por primera vez la clase del mismo nombre en
la universidad de Michigan, creando mucho ruido y controversia.
Antes
que nada, vale la pena mencionar que el autor no es un novato o arribista, que
intenta publicar algo con el profundo contenido de un cuestionario de la Cosmo (insertar
chiste muy privado sobre “qué buena esa revista”), si no un respetado académico,
alguien que se tutea e intercambia citas cruzadas con gente como Didier
Eribon (el biógrafo de Foucault) o Michael Warner (el de Fear of a Queer Planet). De este libro, del que no voy a intentar
resumir sus 500 páginas en 1000 palabras, rescato dos conceptos que me
parecieron interesantes, uno por ser una de las cosas que me causan más
incomodidad últimamente, y otro más relacionado con los temas habituales de
cultura popular de este blog.
Sobre
el primero, no me voy a explayar demasiado (estoy pensando de hecho en la
alternativa de cambiar la dirección editorial que vengo desarrollando el último
año, o abrir otro blog para hablar de esos temas. Su opinión al respecto es
apreciada). Empiezo con una cita a Halperin: “Por lo tanto, no vemos ningún parecido
entre nosotros y aquellas generaciones más tempranas de reinas de los
musicales, de la opera o las películas viejas. Definimos nuestra diferencia
generacional mediante un rechazo de la cultura gay de las generaciones
anteriores –a la vez rechazando la cultura gay en sí- como desesperanzadamente anacrónica
y fuera de onda, como un sustituto de la ‘cosa verdadera’. Y cada generación gay
o media generación, desde la nuestra (Halperin se refiere a la primera generación
post-Stonewall) ha hecho exactamente lo mismo, siempre pensando que son la
primera generación gay en la historia que no ve nada interesante o de valor en
la cultura gay tradicional y heredada”.
El
autor, cuyo libro parte de suponer y probar la existencia de algo que
efectivamente es la “cultura gay” (más sobre esto más abajo) esta describiendo
a lo que yo suelo referir como el Puto Homofóbico
o todas esas loquitas que bien conocemos que dicen cosas tales como “la marcha
del orgullo no me representa”, ingenuamente creyendo que están completamente
integrados y que son “igual que cualquier otro” salvo por con quien tienen
sexo.
¿Y
cuál sería la diferencia, cultural, vale aclarar, con “cualquier otro”? Bueno,
la hipótesis de Halperin, fuertemente apoyada en el concepto de género como construcción
social, es que el niño gay, aun el niño gay pre sexuado en el sentido de elección de objeto y acción en consecuencia, tiene atracción hacia
artefactos culturales que no son los que normalmente se asocian con el género “masculino”
y que binarios como somos, entonces por defecto asociamos como “femeninos”
(para salir de este binarismo es necesario pensar menos de manera categorial y más
en forma dimensional o de espectro, algo cada vez más difícil, especialmente en
nuestro país de antinomias constantes). Más sencillamente puesto: creemos que
los deportes son ‘masculinos’ y cantar y bailar ‘femeninos’, por lo que
inmediatamente estigmatizamos a aquellos que no conformen con estas ‘reglas’, y
que nos salven de que no seamos considerados lo suficientemente ‘masculinos’,
ese bien supremo!
¿Cómo
relacionamos esto con este sencillo blog sobre cultura popular? Bueno, esto
tiene TODO que ver con este blog, porque sin lugar a dudas MIS sensibilidades están
teñidas de este modo y al tiempo que tengo una categoría de tagueo que se llama
“Kylie”, difícilmente se encuentren
con mis comentarios sobre el torneo apertura (Vamos Lanús!) o la última película
de artes marciales. Y también, con ciertas cosas a las cuales si además les
agregamos un tema generacional, se transforman en auto evidentes.
Es
fácil: si son o conocen a un caballero gay que haya estado viendo televisión en
su infancia de manera más o menos intensiva entre los años 76 y 86, lo más
probable es que le declaren (le declaremos) amor incondicional a la Mujer
Maravilla, más concretamente a la encarnación de la misma de Lynda Carter.
Hay
tantas teorías como teóricos sobre cuál es el atractivo del personaje para el público
gay. Algunas de ellas: identificación (descartada magistralmente por Halperin y
otros autores); apreciación de la situación de la persona en posición subordinada
(la mujer) que logra trascenderla (la superheroina); tener una personalidad
secreta y la posibilidad de expresarla libremente (atractivo de los super héroes
en general, pero aun mas de las superheroinas. Ver también: Batichica); apreciación
camp de artefactos culturales ostensiblemente creados para la cultura “hetero”
(esto ocupa medio libro de Halperin, y requiere leer mucho Susan Sontag y algo
de Umberto Eco para diferenciar camp
de kistch. Si están interesados en el
tema, tómenlo como guía de lectura); el brisho
y el glamour (en sí, algo que tiende a probar la teoría de Halperin sobre la apreciación
de ítems que no necesariamente se asocian al concepto de lo ‘masculino’)… y la
lista sigue.
Lo
cierto es que del mismo modo que tener muchos discos de cantantes femeninas,
mirar Project Runway o haber asistido al concierto de Lady Gaga en River, ese interés
por la serie de la Mujer Maravilla es un predictor casi infalible de gaytudez
(y no de homosexualidad: se puede adherir a la cultura gay siendo un varón hetero
o mujer, estamos hablando de Cultura Gay como un modo de apreciación, no como
un producto de y para las personas gay de por sí). Hay un modo de apreciación gay,
hay una cultura gay, que es una mezcla en partes iguales de este rescate
temprano que se menciona arriba y una tradición que se transmite entre pares,
especialmente a partir de cierta edad (y por eso muchas de esas “nuevas
generaciones” terminan desdiciéndose cuando pasados los 30 se encuentran
escuchando a Cher, viendo All about Eve
y conociendo de memoria el catalogo de Cole Porter).
Este
blog cumple un año, y además del interés que me generó el libro de Halperin,
todo este palabrerío es para tratar de entender y explicar que une a los
diversos contenidos sobre los que estuve escribiendo en estos 12 meses, que une
a este recorte de cultura popular sobre el que decido comentar, y se trata sin
lugar a dudas de una mirada desde la cultura gay a estas producciones, ya sean
obvias como Kylie, Madonna, cierta cultura de los 80, Modern Family o Ab Fab, o
menos, pero que la permiten, como Mad
Men, las películas de super héroes o la música que suena en la radio.
Gracias
por leer, escucho comentarios.
miércoles, 4 de enero de 2012
Alan Hollinghurst: una apreciación
Advertencia: Aunque este articulo
habla sobre libros, no soy crítico literario ni lo quiero ser. Se trata
solamente de una apreciación.
Hace un par
de años, de casualidad haciendo zapping, encontré en HBO algo que me pareció
ser una película. Era claramente inglesa, transcurría en los años 80 y había algo
de temática LGTB. A mi juego me llamaron, todos los elementos para cautivarme.
Para cuando
terminaba me enteré que no era una película si no una miniserie, que se llamaba
The Line of Beauty y que estaba basada en un libro que venía de ganar todo tipo
de premios escrito por Alan Hollinghurst.
Inmediatamente
me puse en campaña para conseguir el resto de los episodios de la miniserie
(son tres) y el libro correspondiente. No me sorprendió demasiado que se
tratara de un mamotreto de 600 páginas, ya que la miniserie en si consistía en
3 episodios llenos de contenido. Pero si me sorprendió el modo en que estaba
escrita, con un cuidado por la palabra y la estructura que algunos detractores calificarían
como “preciosista”, pero que se ajusta además a uno de los temas del libro: si
bien es una novela que se podría calificar
como de “temática gay” (como si existiera tal cosa como género) o como política
(lo es: hablar de Inglaterra en los ochenta es hablar de thatcherismo, y tanto
la participación de ciertos personajes directamente en el gobierno de turno así
como los estragos del SIDA ante la indiferencia del sistema de salud hacen que
lo sea aun más), en realidad The Line of Beauty es una novela sobre la estética,
sobre el arte, sobre la apreciación y como a través de lo bello se puede
trascender mas allá de lo mundano.
Tiene
sentido entonces que la novela este escrita como lo que algunos peyorativamente
han llamado una “novela decimonónica”, ya que es el recurso que se ajusta también
a la trama.
Obviamente
que no es que Hollinghurst, profesor de literatura inglesa, especialista en
Firbank y Forster, haya escrito esta novela en ese estilo como parte de un
arsenal de herramientas más amplio: novela decimonónica es lo que hace, y muy
bien. Si están buscando otras innovaciones, mejor mirar por otro lado.
The Line of
Beauty es la historia de Nick Guest, un muchacho de clase media que se ve
involucrado con la familia Fedden, de clase alta y asociada al gobierno de
Margaret Thatcher. Al tiempo que esta relación le permite acceder a una vida
que le seria ajena, Nick también explora su sexualidad y el amor con un par de
muchachos de origen africano y libanes que ponen de manifiesto las realidades
de las minorías raciales, independientemente de sus posiciones económicas.
Impresionado
por la novela, me puse a investigar más sobre el autor, y tratar de conseguir
otras obras.
Me encontré
entonces con su primera novela, The swimming pool library, que es más clásica aun
que The line…, especialmente por ser parte de ese sub-género tan inglés de las
narraciones en colegios privados y las ambiguas relaciones que en ellos se
tejen. Impecablemente escrito también, el efecto no es tan fascinante como en
la otra.
Luego encontré
The folding star. Mucho menos ambiciosa que las otra dos, esta novela tiene una
trama más sencilla: como en una Muerte en Venecia contemporánea y ubicada en
Holanda, un profesor inglés se obsesiona con un alumno, pero a diferencia de
Thomas Mann, concreta el acercamiento. Las consecuencias son igualmente
desastrosas. Hay algo en este relato, con menos protagonistas y ubicado en un
pueblito perdido de Holanda que resulta fascinante y un poco claustrofóbico, un
no poder dejar de mirar algo que sabemos que va camino al desastre. Si The line
of Beauty me había despertado curiosidad por el autor, The folding star me hizo
fan.
Estaba
buscando como conseguir la novela que me faltaba, The Spell, cuando me enteré que había libro nuevo de Hollinghurst, The Stranger’s child. Aclamado como su
antecesor (The line of beauty salió en el 2004) y metiéndose con el tema que
conoce más de cerca: la crítica y biografía literaria, y las distorsiones a las
que están sujetas. The Stranger’s Child comienza con Cecil Valance, un poeta de
principios del siglo XX, que por merito propio o por estar en el lugar y
momento correctos, se transforma en “el poeta nacional” al llegar la primera
guerra. Valance se relaciona con la familia Sawle a través de una relación romántica
con su compañero de Oxford, George, y
tal vez también con su hermana Daphne. Siguiendo episodios ubicados en los años
20, a fines de los 60, en la transición de
los 70 y los ochenta y finalmente en el presente, Hollinghurst muestra la evolución
de las actitudes frente a la sexualidad en la literatura y en la biografía de
las figuras del pasado, a través de los familiares de Valance y sus biografistas.
Teñida de un sarcástico sentido del humor, y con el bagaje académico del autor,
que fue profesor en Oxford y el University College, The stranger’s child es
atractiva tanto para los que les interesa la literatura LGTB como el estudio de
las letras en general.
Si bien
tuve el gusto de disfrutar de todas estas novelas en su idioma original, un
googleo rápido me muestra que todas salvo la ultima, están editadas en España
por Anagrama: La biblioteca de la
piscina (The swimming pool library), La estrella de la guarda (The folding
star), El hechizo (chicas) (The spell) y La línea de la belleza (The line of
beauty). Hasta ahora no hay traducción de The stranger’s child.
No tengo
presente haberlos visto en Argentina, aunque Anagrama carísimo, pero suele
traer todo. También están disponibles en formatos electrónicos en ambos
idiomas, ya sea legal como ilegalmente.
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