sábado, 17 de noviembre de 2012

Cómo ser gay: sobre David Halperin, la Mujer Maravilla y este mismo blog



Estuve leyendo un nuevo libro del norteamericano David Halperin llamado “How to be gay”. Y si lo están pensando, no, no es el manual de instrucciones, algo que mucha gente de hecho pensó cuando Halperin hace unos diez años dictó por primera vez la clase del mismo nombre en la universidad de Michigan, creando mucho ruido y controversia.
Antes que nada, vale la pena mencionar que el autor no es un novato o arribista, que intenta publicar algo con el profundo contenido de un cuestionario de la Cosmo (insertar chiste muy privado sobre “qué buena esa revista”), si no un respetado académico, alguien que se tutea e intercambia citas cruzadas con gente como Didier Eribon (el biógrafo de Foucault) o Michael Warner (el de Fear of a Queer Planet). De este libro, del que no voy a intentar resumir sus 500 páginas en 1000 palabras, rescato dos conceptos que me parecieron interesantes, uno por ser una de las cosas que me causan más incomodidad últimamente, y otro más relacionado con los temas habituales de cultura popular de este blog.
Sobre el primero, no me voy a explayar demasiado (estoy pensando de hecho en la alternativa de cambiar la dirección editorial que vengo desarrollando el último año, o abrir otro blog para hablar de esos temas. Su opinión al respecto es apreciada). Empiezo con una cita a Halperin: “Por lo tanto, no vemos ningún parecido entre nosotros y aquellas generaciones más tempranas de reinas de los musicales, de la opera o las películas viejas. Definimos nuestra diferencia generacional mediante un rechazo de la cultura gay de las generaciones anteriores –a la vez rechazando la cultura gay en sí- como desesperanzadamente anacrónica y fuera de onda, como un sustituto de la ‘cosa verdadera’. Y cada generación gay o media generación, desde la nuestra (Halperin se refiere a la primera generación post-Stonewall) ha hecho exactamente lo mismo, siempre pensando que son la primera generación gay en la historia que no ve nada interesante o de valor en la cultura gay tradicional y heredada”.
El autor, cuyo libro parte de suponer y probar la existencia de algo que efectivamente es la “cultura gay” (más sobre esto más abajo) esta describiendo a lo que yo suelo referir como el Puto Homofóbico o todas esas loquitas que bien conocemos que dicen cosas tales como “la marcha del orgullo no me representa”, ingenuamente creyendo que están completamente integrados y que son “igual que cualquier otro” salvo por con quien tienen sexo.
¿Y cuál sería la diferencia, cultural, vale aclarar, con “cualquier otro”? Bueno, la hipótesis de Halperin, fuertemente apoyada en el concepto de género como construcción social, es que el niño gay, aun el niño gay pre sexuado en el sentido  de elección de objeto y acción en consecuencia, tiene atracción hacia artefactos culturales que no son los que normalmente se asocian con el género “masculino” y que binarios como somos, entonces por defecto asociamos como “femeninos” (para salir de este binarismo es necesario pensar menos de manera categorial y más en forma dimensional o de espectro, algo cada vez más difícil, especialmente en nuestro país de antinomias constantes). Más sencillamente puesto: creemos que los deportes son ‘masculinos’ y cantar y bailar ‘femeninos’, por lo que inmediatamente estigmatizamos a aquellos que no conformen con estas ‘reglas’, y que nos salven de que no seamos considerados lo suficientemente ‘masculinos’, ese bien supremo!

¿Cómo relacionamos esto con este sencillo blog sobre cultura popular? Bueno, esto tiene TODO que ver con este blog, porque sin lugar a dudas MIS sensibilidades están teñidas de este modo y al tiempo que tengo una categoría de tagueo que se llama “Kylie”, difícilmente se encuentren con mis comentarios sobre el torneo apertura (Vamos Lanús!) o la última película de artes marciales. Y también, con ciertas cosas a las cuales si además les agregamos un tema generacional, se transforman en auto evidentes.
Es fácil: si son o conocen a un caballero gay que haya estado viendo televisión en su infancia de manera más o menos intensiva entre los años 76 y 86, lo más probable es que le declaren (le declaremos) amor incondicional a la Mujer Maravilla, más concretamente a la encarnación de la misma de Lynda Carter.
Hay tantas teorías como teóricos sobre cuál es el atractivo del personaje para el público gay. Algunas de ellas: identificación (descartada magistralmente por Halperin y otros autores); apreciación de la situación de la persona en posición subordinada (la mujer) que logra trascenderla (la superheroina); tener una personalidad secreta y la posibilidad de expresarla libremente (atractivo de los super héroes en general, pero aun mas de las superheroinas. Ver también: Batichica); apreciación camp de artefactos culturales ostensiblemente creados para la cultura “hetero” (esto ocupa medio libro de Halperin, y requiere leer mucho Susan Sontag y algo de Umberto Eco para diferenciar camp de kistch. Si están interesados en el tema, tómenlo como guía de lectura); el brisho y el glamour (en sí, algo que tiende a probar la teoría de Halperin sobre la apreciación de ítems que no necesariamente se asocian al concepto de lo ‘masculino’)… y la lista sigue.
Lo cierto es que del mismo modo que tener muchos discos de cantantes femeninas, mirar Project Runway o haber asistido al concierto de Lady Gaga en River, ese interés por la serie de la Mujer Maravilla es un predictor casi infalible de gaytudez (y no de homosexualidad: se puede adherir a la cultura gay siendo un varón hetero o mujer, estamos hablando de Cultura Gay como un modo de apreciación, no como un producto de y para las personas gay de por sí). Hay un modo de apreciación gay, hay una cultura gay, que es una mezcla en partes iguales de este rescate temprano que se menciona arriba y una tradición que se transmite entre pares, especialmente a partir de cierta edad (y por eso muchas de esas “nuevas generaciones” terminan desdiciéndose cuando pasados los 30 se encuentran escuchando a Cher, viendo All about Eve y conociendo de memoria el catalogo de Cole Porter).
Este blog cumple un año, y además del interés que me generó el libro de Halperin, todo este palabrerío es para tratar de entender y explicar que une a los diversos contenidos sobre los que estuve escribiendo en estos 12 meses, que une a este recorte de cultura popular sobre el que decido comentar, y se trata sin lugar a dudas de una mirada desde la cultura gay a estas producciones, ya sean obvias como Kylie, Madonna, cierta cultura de los 80, Modern Family o Ab Fab, o menos, pero que la permiten, como Mad Men, las películas de super héroes o la música que suena en la radio.
Gracias por leer, escucho comentarios.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Un final felíz para los amigos: Friends, Happy Endings y otras series con grupos de amigos


Pocas series de televisión logran capturar ese elemento inasible que las hace que sean LA serie. Aquella que después todos quieren tener en su programación, y que difícilmente logren. Porque verán, justamente cuando logran ese estatus de singularidad es porque probablemente estén haciendo algo que ninguna otra contemporánea está haciendo en ese momento. Y no se trata solo de ideas originales o calidad, sino de algo de penetración en el inconsciente colectivo que va más allá de los premios recibidos o las figuras de audiencia. Una de esas pocas elegidas fue Friends, y su ahora clásica estadía en el aire de diez años.  Y noten que digo Friends y no por ejemplo su contemporánea Seinfeld, porque aunque esta última es indiscutida en términos de calidad y originalidad, la otra fue la que realmente logró romper las paredes de la pop culture.
Como sucede con estos tipos de fenómenos, casi de inmediato salieron las imitadoras, y tal fue el impacto, que ni siquiera fueron las otras cadenas de televisión las que intentaron reproducir el fenómeno: fue la misma NBC que se pasó el segundo lustro de los 90 tratando de recapturar un rayo en una botella. Series olvidables como The Single Guy o  la espantosa versión norteamericana de Coupling no eran más que una cadena tratando de hacer producción en serie de series (algo en esa expresión no suena del todo bien). Ninguna lo logró, ni en NBC ni en ninguna de las otras cadenas, y para la primera mitad de los 2000 Friends ya era una veterana querible pero no relevante, y todos estaban tratando de tener su propia CSI, el nuevo género ganador.
Eso claro no significa que la formula no siguiera dando vueltas de manera consciente o no, y probablemente lo más cercano que apareció en cuanto a reproducir la clásica dinámica de  Monica, Chandler, Phoebe, Ross, Rachel y Joey fue How I met you mother. Curiosamente HIMYM nació como un concepto diferente, lo que en Hollywood se suele conocer como un “high concept”, una idea madre supuestamente tan original que puede sostener toda una ficción. La idea central de HIMYM es justamente, como su nombre lo indica, la historia de cómo el narrador de la serie le está contando a sus hijos como conoció a su esposa y madre de los mismos. La idea de la serie sería  divinar a quién le iba a tocar ser la afortunada (¿?) madre. Pero a la mitad de la primera temporada, algo pasó: lo que en teoría era el elenco secundario, el soporte, empezó a tener más y más relevancia, y la dinámica del grupo de amigos se transformó en el centro de la trama (si, de vez en cuando, especialmente los finales de temporada, se vuelve sobre el tema de “la madre”, pero más como algo de cierta regularidad como en la serie insignia podría haber sido el romance de Ross y Rachel o una aparición de Janice).
Por todo esto me resultó curioso encontrar otra serie que toma literalmente el formato de Friends, y que seguramente por accidente, logra recapturar algo de esa magia original y al mismo tiempo, actualizarla. Se trata de Happy Endings, serie que apareció hace dos temporadas como un reemplazo de mitad de temporada, tropezó un poco pero logró que la renovaran para una segunda temporada completa y actualmente se encuentra en la tercera. Happy Endings, más allá de todos sus manierismos Friends, en realidad nació como algo más parecido a HIMYM: el gran concepto. En este caso, en el primer episodio dos integrantes del grupo de “6 amigos” están a punto de casarse cuando la novia sale corriendo y planta al novio en el altar (sombras de la primera aparición de Rachel, plantando a Barry en el piloto de Friends). El resto de la serie iba a mostrar las complicaciones que esto traía a ese inapropiadamente cercano círculo de amigos, del tipo que solo aparece en la TV. Para mitad de la abreviada primer temporada, esta premisa era historia y el argumento se había asentado en un modelo más familiar de interacciones entre amigos.  Happy Endings toma en iguales partes lo ya probado y conocido (dos de los “amigos” son en realidad hermanos, una parejita de exes, un niño-adulto, una maniática obsesiva calcada de Monica Geller) y lo actualiza, de hecho haciéndose cargo de las criticas que tantas veces se le hicieron a la nave madre: uno de los personajes es afro americano (y de hecho en pareja con otra de las protagonistas, blanca) y otro de ellos es un ‘gay no estereotípico’ . La fórmula, curiosamente, y en contradicción al concepto de ‘fórmula’, funciona, especialmente porque se les dio la oportunidad de salirse de la misma: hay algo de extrañeza en estos personajes que remite más a Seinfeld y su colección de neurosis que al “ideal” Friends, aunque haya una rubia con pajaritos en la cabeza, pero que es más Joey que Phoebe, que el más lindo del grupo sea un perdedor al estilo Ross y que la “eterna soltera” haya sido importada desde Sex and the City.
Claro que muy suelto yo tiro nombres de súper consagrados, y Happy Endings todavía no le llega ni a los talones a ninguna de esas series, pero tiene el potencial para hacerlo... si la dejan. Por ahora la ABC la renovó para una tercera temporada, la puso en el horario privilegiado después de Dancing with the stars (que sí, allá también es de lo más visto en TV), y ciertos medios la adoptaron como serie de culto, sumados el clave apoyo de la comunidad gay a los personajes de Max, un estupendamente elegido Adam Pally y Penny, la brevemente SNL Casey Wilson y un haberle dado un protagonismo mayor a Eliza Coupe y Damon Wayans Jr como ese exagerado matrimonio de estereotipos de rol invertidos. De nuevo: los elementos están en su lugar, y tal vez, si empiezan a verla ahora, para cuando en la séptima temporada tenga todas las fichas alineadas, podrás decir “yo la miraba desde el principio”.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Encontraron el amor: Sobre Rihanna y un montón de discos que suenan todos iguales

Every record sounds the same - Madonna, filósofa contemporánea.
Por motivos contingentes tuve que pasar algo de tiempo en los Estados Unidos, y también por motivos que no vienen al caso, estuve escuchando mucha radio, especialmente la famosa del tipo Top 40, la de los “hits”. Un par de cosas me shockearon bastante al respecto: la primera es que lejos de lo que pasó en las últimas 5 décadas (con la sola excepción del período de furor disco, y aun así), prácticamente el 90% de toda la programación es de música bailable. MUY bailable. Discoquetequera al mango, y con un sonido muy particular, que no puedo más que describir como “europeo”, del tipo que normalmente había que amenazar a los gringos para que lo escucharan. Y aun más curioso, es un sonido europeo... viejo, por falta de una descripción mejor. Algo que atrasa unos 10 años desde la última vez que realmente sonó en la radio, y siendo más estrictos, veintitantos desde el furor post house, post SAW de cosas tales como 2 Unlimited. Conocen el sonido: sintético al mango, más de 120 BPM, voces procesadas, letras descartables, melodía de primero inferior y menos variación que en disco de cumbia.
Sin lugar a dudas, si tenemos que culpar a alguien por esta invasión, es Gaga: desde el comienzo de su carrera, en lugar de la ruta hip hop esperable para los artistas de la época, Gaga salió directo a la carrera con ese sonido que hasta el momento estaba ausente en la radio norteamericana. Su única concesión al sonido más o menos de la época fue su primer simple, Just Dance, que hasta tenía el “featuring” mandatorio como para hacerlo más digerible. De ahí en más, Poker Face, Papparazzi, todos fueron preparando el terreno para el desembarco que fue Bad Romance. Tomense un segundo para escucharlo como si fuera la primera vez y no la 1.000.005, y díganme si esto es como se imaginaban un número 1 global, pero especialmente, Made in USA en 2010.
De ahí en más, la puerta estaba abierta y lo demás fue refuerzo: los beats Ace of Base de Alejandro, el Express-Yourself-remezclado-por-Shep de Born this Way, y así.
Pero hasta ese momento, parecía que era un fenómeno acotado a Gaga, pero eso cambió al poco tiempo con la colaboración de Cómplice Número 2: Kathy Perry. Recuerdo  haber escuchad Fireworks sin saber quien lo cantaba, ni de donde venía y no asociar que esa era la misma canción que estaba destrozando los charts en ese momento, luego haber tenido un momento “a-ha!”. El éxito de toda la aparentemente infinita secuencia de singles de la Perry fue lo que faltaba para que se decretara que ese era EL sonido a imitar.
Lo que me lleva al segundo punto que me llamó la atención: no sólo todos los discos suenan a dance europeo viejo, sino que todos suenan EXACTAMENTE IGUAL. Indistinguibles. ¿Canta un hombre? ¿Canta una mujer? ¿Canta un grupo de muchachitos? Indistinguible. En todos los casos, la producción musical es la misma, y las voces están tan completamente procesadas con AutoTune que son imposibles de identificar. De nuevo, el efecto uniformizante da miedo, y además suena a viejo: son discos y discos que suenan a Believe de Cher... un disco que tiene 13 años y que cantaba una señora cerca de los 60 años en su momento. Puede ser una solista ya “consagrada” como la Perry o un ídolo juvenil como Justin Bieber. Una Disney girl pasada de la pubertad como Selena Gomez o una de estas nuevas boy bands como The Wanted o One Direction. Todos indistinguibles uno de otros, como si fuera un largo, largo disco que dura toda la programación, sólo interrumpido por una publicidad aquí o allá. Y hasta artistas inclasificables que hasta hace unos meses se parecían al “rock” como Maroon 5 o Train (cuyo último single califica como la cosa mas espeluznante espantosa a la que fui sometido).
(la canción de Train no la comparto porque me da cosa difundirla más)

Todo esto me llevó a una tercera observación, una especie de corolario o consecuencia de las dos anteriores, que es una comprensión más integral de un fenómeno que hasta ahora me eludía, que es Rihanna. Con su diarrea creativa (en serio, que alguien le de vacaciones a esta chica), camaleónica imagen y aun más camaleónica indentidad musical, Ri-Ri es probablemente la artista más consistentemente exitosa del último lustro. Su última mutación fue, por supuesto, a “artista con sonido dance europeo”. Pero acá viene la diferencia: mientras que todos los discos, los de Riquita incluidos, suenan iguales, hay algo completamente  identificable en el tono de voz de Risitas que hace que en cuanto empiezan las voces, pueda tratarse de ella y sólo de ella. Y esto es un valor agregado increíble: supongamos que me gusta una canción, y si no puedo tener NADA que me identifique de quién se trata, cómo voy a hacer para comprar/bajar/pedir el tema? Nada de eso es problema con Ritalina: el disco empieza y es ella. Punto. No se discute más. “Deme el último de Rinoceronta, por favor”.
Richieri tiene también otra cosa a su favor: su último mega hit tiene un “featuring” muy especial: Calvin Harris. Calvino es la cosa verdadera, un artista dance europeo real y CONTEMPORANEO. Alguien que está haciendo cosas nuevas en serio, productor de excelencia y compositor astuto. We found love, hit elefantino si los hay, y la canción que seguramente logró mover a Riquelme de “la chica de Umbrella” a una artista con nombre propio es su mérito, más la voz de Rivadavia (recordemos, la única distinguible). El resultado, por extraño que parezca, es el único oasis auditivo en el desierto inhóspito de la radio norteamericana. Los dejo con ellos. 

viernes, 26 de octubre de 2012

Kylie The Abbey Road Sessions: El poder de la canción


Kylie Minogue decidió aprovechar el año 2012, cuando se cumplen 25 años de su carrera en la música pop para darse todos los gustos: en una celebración que bautizó K25, todos los días 25 de cada mes, anuncia o lanza una sorpresa. Ya sea un video celebratorio de su longevidad, una gira a la que llamo ‘anti tour’ en lugares pequeños y solamente tocando rarezas, la edición de un simple “sorpresa”, Time Bomb, la grabación oficial de un viejo tema que solo hacía en vivo, Flower y darse el gusto de dirigir ella misma el video que lo acompaña.
La pieza central de esta celebración es un disco llamado The Abbey Road Sessions (la sorpresa del 25 de octubre), algo a mitad de camino entre un unplugged, un disco orquestal y un grandes éxitos, donde se pone a reinterpretar casi una veintena de sus clásicos en un formato bastante diferente de sus versiones originales. El resultado es mejor de lo que se podía esperar, mucho mejor.
Con la música pop y sus envases, mensajes mezclados, relevancia entrecruzada, es fácil olvidarse del poder de la canción. Podemos tomar a la más glamorosa, escandalosa o vocalmente talentosa estrella, pero sin el poder de las canciones detrás, no van a llegar demasiado lejos.
Pocos artistas se pueden dar el lujo de celebrar 25 años de carrera, y aun muchos menos de ellos, 25 años de éxitos en esas carreras, tal como la Señorita Minogue. Si nos ponemos a teorizar el secreto, seguramente terminaremos en algún lugar hablando del carisma y encanto natural de la diminuta australiana, pero el disco que acá nos ocupa tiende a apuntar en otra dirección, que tiene que ver con las canciones. Canciones que, claro, salvo honrosas excepciones, no fueron escritas por Kylie, pero si oportunamente elegidas por ella o para ella. Y que presentadas en este despojado contexto nos muestran que sin canciones, sin ESTAS canciones, no habría Kylie.
Están los ejemplos obvios, identificables además con los nombres y apellidos de sus compositores: Can't get you out of my head lleva la firma de Cathy Dennis, que demostró junto con ésta y la increíblemente versátil Come into my world que es una artesana pop como pocas. Where the wild roses grow que Nick Cave le dedicó con todo su terrorífico amor a Kylie. The Loco-motion, escrita por Carole King, una de las más grandes de todos los tiempos. Los amigotes de Scissor Sisters regalaron I believe in you, que descubrió ya hace unos años su verdadera vocación de balada. Y creo que ya me explayé lo suficiente sobre Confide in me en otro lado. 
Pero seguramente las que uno no esperaba que resistieran tan bien el paso del tiempo fueron las composiciones de Stock, Aitken y Waterman, tan fácilmente despreciables en su momento por sonar todas iguales, y que en este contexto sorprenden una y otra vez: Hand in your heart ya había sido recuperada por el acusti-indie-sueco-argentino José González, y Kylie, astuta, retoma ese arreglo maravilloso, que revela la tristeza de fondo que le es inherente a la canción. Never too late, descartable como sonaba, con una relevancia que era difícilmente imaginable, y Better the devil you know, bajada de revoluciones sin perder por un momento eso que la hizo un "momento Minogue" como pocos. Mi favorita es Finer feelings, generalmente identificada como un momento Brothers in Rhythm-Minogue, pero originalmente un Stock-Waterman (sin Aitken). Y claro, I should be so lucky, que ya fue formada, deformada y reformada tantas veces que no nos sorprende, aunque debería. 
Minogue es también una astuta compositora, aunque modesta, y dado que el disco que contiene la mayoría de sus originales es su "disco maldito", rara vez se anima a sacar esta faceta a la luz, y aquí lo hace con Flower, un favorito de sus fans, y una de sus canciones más personales, escrita luego de su batalla contra el cáncer que probablemente la dejó sin posibilidades de tener hijos.
A todas estas canciones se les permite brillar en The Abbey Road Sessions, grabadas casi en directo, con los brillantes arreglos de Steve Anderson, que más allá de ser un gran arreglador, conoce a la cantante como pocos con su relación artística continuada de dos décadas.
Y Kylie, claro. Con su cada vez más ajustada voz, y ese je ne sais quoi que la sostiene cuando todo hubiese indicado que ya tendría que haber caído hace rato. 
Un disco bello, y muy recomendable. Para los fans, imprescindible, pero para aquellos que no, curiosos o simplemente amantes del buen pop y las buenas canciones, un disco que los puede sorprender. 

lunes, 22 de octubre de 2012

Homeland, temporada 2, episodios 01,02,03,04


"I loved you!"

Había decidido no hacer comentarios “episodio por episodio” de Homeland esta temporada, no porque considere que la serie no lo merece, si no porque, al contrario, el estilo narrativo y la inmediatez que la caracterizan me iban a hacer imposible postear las actualizaciones a tiempo como para que fueran relevantes.  Verán, estas cosas toman tiempo y trabajo, y un resumen de episodio de Homeland con 24 horas de retraso, probablemente ya no sea noticia.
Porque más que ninguna otra serie, ni de las actuales ni de las que tenga memoria, está jugando con las herramientas a su alcance de manejo del tiempo, de la intriga y manipulación de las convenciones del género que harían que determinadas cosas fueran “previsibles” con mas maestría. Como dice mi colega comentarista en The AV Club, tal como el jazz de la secuencia de los títulos, también la música favorita de su protagonista Carrie, uno puede saber cuáles son las notas que van a sonar, pero nunca estamos seguros ni dónde ni cuándo. Si a esto agregamos el ensamble de virtuosos que las están interpretando, tienen el equivalente televisivo de Bitches Brew o algún otro clásico del jazz que rompe el género en mil pedazos creando un nuevo estándar en el proceso.
Lo interesante que está sucediendo en esta segunda temporada de Homeland es que cuando todos creíamos que los guionistas se habían metido en un callejón sin salida con la historia que no podía más que tener un final después de 13 episodios, encontraron la manera de continuar. Y no solo eso: en cada uno de los cuatro episodios que vimos hasta ahora, en algún momento pensamos “ah, por acá va a ir el resto de la temporada”, solamente para demoler en los primeros cinco minutos del episodio siguiente todos nuestros preconceptos.
Si están mirando esta temporada, y sin entrar en detalles específicos sobre la trama, ya se habrán dado cuenta que con lo que otros creadores menores tirarían por 7 temporadas esta gente hizo cuatro episodios, donde en cada uno nos quedamos con la sensación de “y ahora que más puede pasar?”. Estamos tan programados para la “vuelta de tuerca al final” (de la película, de la temporada de la serie), que cuando dicha vuelta de tuerca sucede a los 14 minutos del episodio 4, nos quedamos sin aliento.
Claro que la serie no es perfecta, hay varios detalles en la historia de Brody que no resisten un análisis demasiado profundo, pero están jugados con tal maestría que estamos dispuestos a dejarlos pasar. Porque además hay algo tan creíble en Damian Lewis, algo tan… humano cada vez que le tiran una volea que no puede agarrar, que estamos constantemente esperando estos momentos (y realmente, si Abu Nazir no lo mata de un disgusto, seguramente será alguna de las mujeres en su vida, ya sea su cada vez mas desconfiada esposa Jessica, su hija Dana y todo lo que sabe que no tendría que saber, la peligrosa Roya y su aun más peligroso juego de agente encubierta. O  Carrie, claro) para ver cómo reacciona.
Y si Lewis tiene la oportunidad de brillar cada vez que se encuentra en alguna situación que cree que no va a poder controlar, es Claire Danes la que se lleva puesto cada episodio, que por cada llanto que nos pueda hacer pensar en sobre actuación, nos tira una sonrisa maniaca como la del episodio 01 de la segunda temporada (justa y oportunamente titulado “La sonrisa”) que nos muestra que si hay algo exagerado es porque la actriz decidió que es parte de la patología de su personaje y es INTENCIONALMENTE exagerado.  Miren la secuencia del “regreso a casa” de los últimos diez minutos del episodio 3 para ver el rango completo de una actriz, pasando de la desesperanza a la actividad maniaca, al quiebre, a la depresión total, para remontar nuevamente en un instinto de supervivencia y de disimulo que nos recuerda porque Carrie siempre fue tan buena espía como se nos dice que fue y culminando con el alivio, alegría y terror de confirmación cuando Saul finalmente le muestra el video. Bipolaridad de ciclado rápido para el personaje, calidad y precisión de la actriz que lo interpreta.
Y claro, si estos dos solistas son brillantes, no se imaginan en contrapunto. Juntar a Carrie y a Brody, es televisivamente brillante, pero a nivel de la narración una bomba de tiempo, y Danes y Lewis nos dan la mejor escena de “tragos en un bar” desde Don y Joan hace unos meses.
El resto del elenco gira alrededor de estos dos jugadores, pero cada uno aportando algo propio: Saul como el único pacificador que puede mantener unidos a elementos tan diversos como una agente con un trastorno mental importante con la agencia central de inteligencia; Estes que se niega a dar el brazo a torcer sobre los acontecimientos que rodean a todo este fiasco hasta que los acontecimientos mismos se le caen encima; Jessica que cuando cree que finalmente es su turno de que le pase algo bueno termina embarrada por los errores de su marido (Morena Baccarin se está robando la serie con su talento y su belleza) y Dana, de quien se espera que se comporte como la adulta que conoce todos los secretos cuando en realidad es una adolescente que tiene que decidir entre dos potenciales noviecitos.
Como dije cuando comente la temporada 1, si no están mirando esta serie, mírenla (empezó esta semana la temporada 2 en FX para Latinoamérica), no prometo hacer el “episodio por episodio”, mas cuando me voy a perder de ver ‘en vivo’ los próximos dos episodios, pero si comentar de vez en cuando pase algo que me deje los pelos de punta, como el s02e04, los mejores 40 minutos de adrenalina televisiva que se me puedan ocurrir. 

sábado, 13 de octubre de 2012

La importancia de llamarse Alison


Lectores de este blog sabrán de mi amor incondicional por Alison Moyet. Si bien reniego de los fandoms en general, no me queda otra que salir del closet como fan ciego de la Señora Alison Jane Genevieve Moyet, también conocida como “Alf”.
Más abajo me explayo un poco más sobre mi amor por la susodicha, pero un extraño efecto secundario de éste es mi simpatía por las Alison (o Allison, las dos deletreadas son relevantes) en general. Llegué a esta conclusión luego de terminar de ver en poco tiempo los 154 episodios de The West Wing, donde por lejos mi personaje favorito es Claudia Jean “CJ” Cregg, interpretada por ...Allison Janney. En seguida me vinieron a la cabeza Alison Goldfrapp, de la banda que lleva su nombre, y hasta Alison Parker, la sufrida protagonista de Melrose Place.
Hagamos un rápido recorrido de Alisons, entonces. 
Empecemos con la primera, la original, claro. Si me preguntan que me llevó hasta Alison, lo desconozco. Puedo explicarles ahora lo maravillosa que me parece su voz, lo astuta compositora que es, su seco sentido del humor, su férrea determinación a hacer lo que quiera que la llevó desde separar su rentable relación con Vince Clarke en Yazoo hasta quemar puentes con Sony, o lo bella que me parece, tanto cuando era una simpática chubby a su magnífica prestancia actual como MILF cincuentona. 
Pero cómo llegué a ella, poca idea. Tengo súper presentes haber escuchado Don’t go y Situation en su momento, y estar convencido que los cantaba un hombre. Recuerdo haber leido en la Pelo seguramente que su simpáticamente titulado primer disco Alf estaba primero en los rankings ingleses. En algún momento me crucé con el cassette  (Alf, junto con Dare de la Human League y Sweet Dreams y Touch de Eurythmics son los discos que tuve en más formatos posibles: cassette, vinilo nacional, vinilo importado, CD y de vez en cuando alguna edición especial ampliada) y lo compré... y 28 años más tarde sigo queriéndola como el primer día.
A pesar de todo lo que ha hecho porque la abandone, tal como sacar un disco cada 7 años, que esos discos sean en ocasiones horribles, que recicle caras B perdidas en temas de álbum, le sigo fiel.
Fue por Alison que en un ataque me hice las escapada más cara del mundo de cinco días a Inglaterra para verla tocar 3 veces (y que sigo pagando 3 años después, sin ningún arrepentimiento). Sólo tiene que decir “Stop!” en el medio de All cried out, o mandarme un saludo por twitter por mi cumpleaños, y le soy fiel de por vida. 
CJ: too sexy
En cuanto a la Janney, si bien puedo admitir haberle declarado mi amor hoy en día, siempre tuve una atracción por ella en sus muchos papeles secundarios a través de los años. Parte del motivo es que al igual que Moyet, es una mujer... poco tradicional. Muy alta (chiste recurrente en The West Wing) y con una cara que una buena amiga observadora de estas cosas describiría como “difícil”, imposible no reparar en ella. La tengo presente en American Beauty, Primary Colors y The Ice Storm, pero sin lugar a dudas quedé cautivado por el brevísimo papel como la amante lesbiana de Meryl Streep en The Hours (ese elenco secundario de The Hours...Janney, Claire Danes, Miranda Richardson...).
De todos modos, nada se compara a sus 7 premiadísimos años en The West Wing. Como CJ Cregg, primero la Secretaria de Prensa de la Casa Blanca y luego como la mujer más poderosa del gobierno, la Chief of Staff, Janney terminó siendo la más consistente y protagónica del elenco, con su personaje tratando de compatibilizar éxito profesional con vida personal; ser la “madre” del grupo y al mismo tiempo enfrentar a los jefes de las tres fuerzas armadas; luchar contra los rumores (clásico encasillamiento: una mujer “no tradicional” es automáticamente lesbiana, pensar también en muchos de sus papeles secundarios anteriores a la serie) y al mismo tiempo imponer una agenda que tuviese por lo menos algo de feminista. Una mirada de Janney vale más que mil rápidas palabras del guión de Aaron Sorkin.
Y hablando de mujeres poco tradicionales y lesbianismo, la tenemos a Alison Goldfrapp. Con su extravagante look y particular voz, a los fines prácticos Alison ES la banda que lleva su nombre, con su rara mezcla de impacto comercial alternado con experimentación, desafiando las convenciones sobre a que edad se puede comenzar a tener éxito o que si se puede ser una lipstick lesbian creíble y seguir manteniendo el apoyo tanto del gran público como de la comunidad LGTB. 
Dos palabras: Alison Borracha
¿Y Alison Parker? Bueno, la irritante protagonista de Melrose Place, eternamente enamorada de Billy y vapuleada por Amanda era un punto en contra para la serie... hasta que tuvo un problemita con el alcoholismo. “Alison Borracha”, se transformó en sinónimo de lo más trash y disfrutable de la televisión, al igual que “Kimberley Loca” o “Sidney Problemática”.
Hay montones de otras Alisons: la de la canción de Elvis Costello; la alt-country Krauss; Alison Pill, actriz de caracter en ascenso; la comiquera lésbica Alison Bechdel (che, ¿que onda con las Alison lésbicas? Para investigar); y hasta la tormenta tropical Allison, que hizo desastres en Texas en el 2001. 
No se con que otras Alisons me cruzaré en el futuro, pero estoy seguro que voy a estar bien predispuesto hacia ellas sólo por portación de nombre. 

sábado, 6 de octubre de 2012

Yoko lo hizo: Tu relación sentimental está interfiriendo en mi banda.



Las bandas se separan, todo el tiempo. Especialmente aquellas donde hay mucho talento. Mucho talento suele significar grandes egos, y ahí está la raíz del problema. Cuando tenés a John, Paul y George, es esperable que alguno cante pri y quiera que entre su canción o ser la voz líder o lo que sea. Obviamente, es mucho más jugoso pensar y difundir que fue un tema de polleras y culparla a Yoko por la separación, y el tema es que es bastante común que suceda, especialmente con las relaciones inter banda.
Andy y Corinne. Martin who?
Esto se me ocurrió ayer, disfrutando una canción del genial segundo disco de Swing Out Sister. Este disco es notable no sólo por su belleza y calidad, sino también porque sin mucha explicación, la banda pasó de ser un trío a ser un dúo, con un modesto agradecimiento a Martin Jackson (el que conspicuamente faltaba de la foto de la tapa), y una innecesaria aclaración que “Swing Out Sister son Andy Connel y Corinne Drewery”. ¿Diferencias musicales, o paso algo más? Los SOS siempre fueron muy discretos y nunca se aclaró el tema, pero lo cierto es que Corinne y Andy siguen siendo banda y tal vez pareja 25 años después y de Martin nunca se volvió a saber más nada. ¿Acaso los SOS llevaron el concepto de trío al punto del threesome? 
No serían los primeros ni los últimos. Hay un caso más notorio aun, también ochentero, que fueron los Thompson Twins. Tom, Alannah y Joe jugaron durante varios años a la ambigüedad, insistiendo que eran “más que amigos o una sociedad musical” y dejando la puerta abierta a la salvaje imaginación de sus fans. Hasta que un día… Joe fue separado de la banda sin ninguna ceremonia. Tom y Alannah confirmaron su relación sentimental y continuaron como dúo de ahí en más.
¿Y qué pasa con otros dúos y grupos con componentes “marido y esposa”? Tenemos todos los casos: los White Stripes y su insistencia en no aclarar qué relación unía a los White, los Sonic Youth y su matrimonio-sociedad musical que ya lleva más de treinta exitosos años y claro, los exes mas famosos, Annie Lennox y Dave Stewart. Desde el primer día, el ángulo de prensa de Eurythmics era que alguna vez habían sido pareja pero que a partir de que habían comenzado su sociedad musical, ya no lo eran y se llevaban genial. Si era así o no, sólo sabemos lo que ellos nos decían, pero también es cierto que varias de las crisis de la banda fueron cuando uno de ellos empezó otra relación, o tuvo hijos (o los perdió, como en el caso de Annie) y otras cosas de índole más personal que musical.
Dave + Siobhan y una innecesaria muestra de afecto. Terry Hall reprueba. 
Y hablando de Dave, antes de que se acuse a esta nota de desequilibrio de género y de acusar a las mujeres de tentadoras que separan bandas, recordemos que fue él el que interfirió en una banda de chicas: Bananarama. Dave empezó una relación con Siobhan Fahey, se casaron y tuvieron un par de chicos. “Casualmente”, al poco de empezar esta relación, Siobhan decidió que estaba “frustrada” con las ‘nanas y se fue dando un portazo. Se puede argumentar que Shuv estaba y está completamente loca, pero si uno se pone suspicaz es fácil ver que Dave, que en esa época se codeaba con Dylan y Harrison estaba medio avergonzado de su relación con una integrante de un girl group y fue el ingeniero de una opción musical más seria para su esposa. Como Yoko, pero con los géneros invertidos.
Y si diversidad se trata, no nos olvidemos de la tempestuosa relación entre Boy George y Jon Moss, que junto con algunos excesos químicos, hizo estragos sobre Culture Club. Les recomiendo la película Worried about the Boy que en estos días está en rotación en iSat para interiorizarse más sobre los pormenores de este asunto.
¿Son las relaciones sentimentales las únicas que ponen  a las bandas en problemas? Bueno,  pregúntenle a los Gallagher, hermanitos mas teleteatreros que muchas parejitas de las que estuvimos hablando (y no me hagan hablar de Patsy Kensit, una de las ex señoras Gallagher y su relación con el caos de las bandas de todos sus exes en Big Audio Dynamite, Simple Minds y Oasis…).


¿Cuál será la solución? Ya vemos que no funcionan ni las parejas, ni los tríos, ni los hermanos. Famosos son los The Police por marcar el camino que para ser una banda exitosa no solo no hace falta ni ser amigos, sino ni siquiera caerse bien unos a otros. Tal vez por eso es que hay tantos solistas…