jueves, 19 de diciembre de 2013

Maestría en sexo: Sobre la primera temporada de Masters of Sex


Los investigadores sobre la respuesta sexual humana Virginia Johnson y William Masters tuvieron éxito sin precedentes con sus estudios y publicaciones, y luego de 40 años de relación profesional y personal contrajeron matrimonio en los años setenta. En los 90, Masters la dejó a Virginia y se casó con una novia de su adolescencia.
Uy, perdón, SPOILER ALERT!


Esta introducción, verídica y verificable para cualquier persona con acceso a internet es para comenzar a hablar sobre una de las propuestas de televisión más interesantes que se estrenaron en el 2013, Masters of Sex. También es para adelantar el obstáculo principal que una serie de estas características presenta: como crear tensión o suspenso sobre una historia sobre la que ya conocemos el desenlace.
Los creadores de la serie, basada en la biografía de Thomas Maier optaron por focalizarse en dos cosas: el cómo se llegó a ese final que es de público conocimiento y la caracterización que nos muestra por qué esos personajes llegaron a hacer lo que hicieron. Y en ambos casos, salvo por algún tropezón, lo logran. William “Bill”  Masters, reconocido médico obstetra e investigador, sobreviviente de una niñez difícil y tan famoso por su seco temperamento como por sus logros profesionales, a mediados de los años 50 finalmente puso en marcha su sueño profesional: investigar la fisiología de la sexualidad humana. Entre sus primeros colaboradores estaba Virginia “Ginny” Johnson, dos veces separada y madre de dos chicos, carrera profesional incompleta y con una clara separación entre sus corrientes sexuales y afectivas, lo que la hacía, de hecho, una adelantada a su época. Lo que parece una historia exagerada de personajes complementarios es sumamente fiel a la realidad reportada por Maier, y el casting de un inglés como Michael Sheen para hacer de Masters, con la reserva británica como estandarte; y de la etérea y terrenal  a la vez Lizzie Kaplan como Johnson es especialmente ajustado.
Lo demás junta elementos ya probados (la ambientación de época de Mad Men, la “sexualidad Showtime” de Nip/Tuck o Californication), un elenco secundario estelar (Beau Bridges y Allison Janney se roban la serie por sobre los protagonistas) y un cierto sentimiento de extrañeza sobre la evolución de la relación entre Bill y Ginny, tan fluida en lo científico y sexual, tan trabada en lo afectivo. De hecho, este tira/afloje es uno de los puntos mejorables de la serie (¿cuantas veces se puede alejar a Ginny del estudio por echarla/renunciar/etc en solo 12 episodios?). O también puede ser el subtexto general sobre la pacatería de época sobre lo sexual, que en el caso de los protagonistas parece invertirse para tratarse sobre una “pacatería sobre las relaciones”: el sexo sin complicaciones es fácil, lo difícil es incorporarlo a un contexto multi dimensional.
La serie sale airosa también de otros obstáculos, a saber: como representar de manera realista el paso del tiempo (estos doce episodios resumen más o menos un año tiempo real, M&J estuvieron juntos 50. La serie fue renovada para una segunda temporada, y ya se habla de 6, así que se espera que haya saltos más abruptos) y cómo lidiar con los personajes accesorios de los que no se tienen tantos datos o que rechazaron que se usaran sus nombre reales. Para esto se crearon una serie de “personajes Frankenstein” que resumen situaciones de varias personas reales, y en algunos casos, las enriquecen. Así que si se morían por conocer a Margaret, Ethan o  Jane siento informarles que los únicos con contrapartida en el mundo real son Bill, Ginny, Libby y la madre de Bill.
De hecho, algunos de estos personajes por momentos se hacen más interesantes o con más potencial que los protagonistas, supongo que por intención de “estirar” el concepto, ya que en los dos últimos episodios es centro vuelven a ser M&J, pero nos quedamos con un poco de ganas de la Doctora De Paul, por dar un ejemplo (magistral trabajo de los guionistas en hacer crecer el personaje y de Julianne Nicholson al ponerle el cuerpo).
Como buena serie, y como buen fin de temporada de serie, nos quedamos con ganas de más, con la sensación de que las cosas se cortaron justo cuando se estaban poniendo interesantes. ¿Carrie y Brodie? Muy del año pasado. El 2013 es para Bill y Ginny (y tal vez también Elizabeth y Phillip)




sábado, 16 de noviembre de 2013

Autobiografías musicales ochenteras: Morrissey y Tracey Thorn


Probablemente no es sorpresa para nadie que soy una criatura de los años 80. Los ricos años de mi adolescencia me marcaron a fuego, y mientras que para mucha gente la “música de los ochenta” es un viaje de nostalgia, algo kitsch que se baila en las fiestas irónicamente o uno de los períodos más olvidables de la música popular, para mi es un constante objeto de admiración, descubrimiento y estudio. No hay día que no encuentre algo nuevo, descubra una conexión que se me había escapado, redescubra algo que tenía olvidado o revalorice algo que menospreciaba. 
Este interés por la década y su música se extiende también hacia otras áreas de la cultura pop del período, especialmente las revistas y el periodismo de la época. Mucho de ello lo pude experimentar de primera mano, mucho tengo la suerte de la biblioteca universal de la internet para actualizarme.
Con esto que con mis congéneres ahora estamos alrededor de los 40 y en el pico de nuestros poderes consumistas, todo el tiempo hay reediciones, programas de nostalgia, giras del recuerdo, álbumes tributo, y por supuesto, biografías y autobiografías por doquier sobre los protagonistas de la época. Me quería detener sobre dos de ellas: la de Morrissey y la de Tracey Thorn. Parece medio desubicado ponerlas a la misma altura, a pesar de que Tracey narra los puntos de entrecruzamiento entre ambos en cierto momento de los tempranos ochenta. Por lo demás, todo tendrían que ser diferencias, hacia afuera (el libro de Morrissey es, discutiblemente, el acontecimiento editorial del año en Inglaterra, el de Tracey una rareza independiente) y hacia adentro (adoro a Tracey desde que la escuché por primera vez hace más de 25 años y detesto a Moz desde el día que descolgué el poster que decoraba la pared de mi dormitorio hace el mismo cuarto de siglo cuando me dí cuenta que ser humano insoportable que era). Fui activamente a buscar el libro de Tracey, que entendía imperdible, y me compré el de Stephen Patrick para no quedarme afuera de la conversación del momento.
No va a ser sorpresa entonces que ninguno de los dos libros ha hecho nada para que cambie mis opiniones sobre ambos sujetos.
Piensen en el momento más autocomplaciente de la carrera de Morrissey, y háganlo prosa. Voilá! ahi tienen su autotitulado libro. Nadie puede decir que SPM escriba mal (tampoco Tracey, con su maestría en letras), pero hay constantemente un regodeo, un “miren cuanto mejor que ustedes soy”, el mismo que siempre caracterizó a sus letras que intentan pasarse de inteligentes. Y al igual que sus letras, hay un discurso constante de “pobrecito yo, el mundo ha sido tan malo conmigo” que podía resultar creíble cuando era un alfeñique principiante hace treinta años, pero no ahora cuando es una mega estrella internacional multimillonaria y adorada por millones de personas en todo el mundo. Y es una lástima, porque cuando Moz es bueno, es REALMENTE  bueno (como sus discos, bah...): leer sus recolecciones sobre Manchester de los 60 y 70, sobre la colorida historia de su familia, sobre sus cruces con las celebridades de Los Angeles en los 90 es un placer, siempre con el debido tono de outsider irónico. Pero cuando se pone en vícitima (del periodismo, el NME en particular, de los ex Smiths que le hicieron juicio, del juez que se puso del lado de ellos) es sencillamente insoportable. El libro, de autoindulgentes 600 páginas, gasta más de 100 en el citado juicio... solamente porque terminó con la emisión de un cheque de varias decenas de millones, que de ninguna manera lo dejaron en bancarrota. Aun cuando tenga que hablar bien de alguien, se las ingenia para dar cuenta de como lo traicionaron, a pesar de lo talentosos que eran: Johnny Marr es por supuesto el principal blanco (admitamos que nunca lo ataca como a otros personajes, alguna buena voluntad sigue teniendo), así como casi todos los colaboradores musicales que tuvo en años posteriores (y algunos celebritiy colleagues, como Bowie y Siouxsie a quien maltrata con especial saña).
Por supuesto, de lo que realmente queríamos leer, nos cuenta muy poco. Me resulta difícil de creer que en 50 años sólo haya tenido una relación de 3 que sea digna de contar, aunque es refrescante que sea muy claramente y sin aclaraciones con un hombre: ni la pavada del celibato, ni la innecesaria salida del closet a esta altura de los acontecimientos. Y de lo que no queríamos leer, no puede dejar de hablar: si, ya sabemos que sos vegetariano y que opinás sobre el maltrato animal, no tenés que volver a decirlo cada 30 páginas como un relojito. 
Tracey, por otro lado, también tiene un tono de “pobrecita yo”, pero con mucho más sentido del humor, con un tono de modestia que nunca resulta falsa, y genuina sorpresa a su éxito a lo largo de tres décadas, que muy francamente sabe que fue más suerte que otra cosa. Lo que diferencia a Tracey de Moz aparte de la modestia, es el sentido del humor auto menospreciante, la capacidad de asombro, la intención de contar una historia bien contada y no de hacer una catársis por escrito “porque ustedes la pidieron”.
Las diferencias claro, son de éxito (y momento de éxito: cuando Tracey se convirtió en la más inesperada superestrella a mediados de los 90, ya era una mujer de 35 y no un pendejo petulante de 20) y de apoyo: esta claro que detrás de todas las quejas el hecho de que Morrissey es un solitario, por elección o por haber alienado a todos los que lo rodeaban es ineludible, mientras que la historia de los 30 años de carrera de Tracey están   siempre atados a los de Ben Watt, su compañero musical y de vida desde que ambos tenían 19 años. Ben es el centro de gravedad de la vida de Tracey, algo que ella no pudo articular hasta que él estuvo al borde de la muerte (y narrado en su propio libro, compañero de este, Patient), y que derivó en esa “segunda” carrera de EBTG y Tracey que nos dio Missing y Protection, que a partir de la lectura de este libro, es imposible escuchar sin lagrimear un poco. 
Tracey hoy está semi retirada, criando a sus hijos, retomando el placer en las letras y sorprendiendo con lo bien escrito que está su libro de memorias. Moz sigue desesperado por el candelero, con pretensiones de suplemento literario pero tácticas de promoción de diario tabloide.
En algún lugar de Londres, Tracey se ríe tomando un rico trago en compañía de su marido, sus hijos y un montón de buenos recuerdos. En otro, Stephen está solo en una habitación a oscuras, tomando un té amargo y odiando al mundo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Hija 'e tigre: Sobre el fenómeno Roar de Katy Perry


Descargo: en el debate Gaga vs Katy al igual que en su momento el de Britney vs Christina, yo estoy del lado de la vida. Básicamente todas las involucradas me interesan TAN POCO que no tomo posición por ninguna.
Dicho esto, siempre me interesó y disfruté de la música pop, y me gusta estar aunque sea medianamente sintonizado con que está pasando, y en este momento lo que pasa es que Perry y Germanotta están sacando sendos discos altamente anticipados, siguiendo una compulsa de simples: Roar y Applause.
Como el año pasado estando de viaje, tuve la oportunidad de tomar la temperatura del debate de primera mano, y de la misma manera que entonces We found love fue claramente mi banda musical y necesité explayarme al respecto, esta vez mi viaje fue uniformemente musicalizado por Roar y necesito tratar de deconstruir un poco que estuvo pasando con esta chica.
Primero tuve una reacción casi clínica, muy de estudio de mercado: era indudable el grado de popularidad de Roar, pero a niveles donde su omnipresencia era tal que si su declarado rival que se suponía que era Applause... bueno, no había tal carrera, Roar ganó por afano, y a otra cosa (que quede registrado que si hay una rival que le puede poner el cuerpo a este momento de la Perry, es Miley).
Claro que cuando para el segundo día me encontré a mi mismo gritando al tope de mis pulmones “I’VE GOT THE EYE OF THE TIGER, THE FIRE!” claramente, al igual que We found love, esta canción tiene ... algo. 
Leia un comentario en Rolling Stone sobre Prism, el álbum que contiene Roar, donde astutamente señalaban que la Perry tiene una, llamémosla “inteligencia pop”, como para entender por donde ir para ser parte de un cuerpo mas grande de música pop, y al mismo tiempo destacar. En este caso, en lugar de ir por el “sonido del momento” tal como lo hizo con Fireworks y el resto de su disco anterior, fue a otro lado por inspiración, y en lugar de clavarse una obviedad (Born this way, *ehem*) fue al pop rock 80/90, mucho más americano que europeo, y le pegó una vuelta de tuerca contemporánea. No hace falta tener un PhD para encontrar las referencias, pero lo refrescante es su falta de obviedad. Insisto, Perry no cita a Madonna, ni Stock Aitken y Waterman, ni siquiera a Michael y Janet: fue directo por Survivor (de donde salió el ojo del tigre si no), a Heart, a ciertos momentos de Pat Benatar, y de ahí hace el salto a Mariah sin escalas en algunas baladas (con las limitaciones vocales del caso, por supuesto) y hasta un pastiche Animotion/Queen en This Moment que hay que ser de piedra para no sonreir. 
Yo agregaría que acá no solo hay comprensión de la música pop, también del público. Esta locura de “sonido europeo” que empezó hace unos años y que tuvo su pináculo con su propio Teenage Dream y We found love se va a acabar y pronto, y va a haber un backlash peor que con el “disco sucks” del año 80. Astutamente, Perry ya se reinsertó en la tradición del pop norteamericano, salvando las diferencias como lo hicieron los discos “rock” de Donna Summer en la era disco, que le dieron 20 años de sobrevida que una, Gloria Gaynor, digamos, nunca tuvo.

Y otra cosa, por todo lo malo que el sistema tradicional de la industria discográfica de “single adelanto/álbum/balada/tema impacto/álbum con material extra”, lo cierto es que funciona. La campaña Artpop, con sus cortes múltiples, sus idas y venidas, y su “esto no es un producto, es un regalo para mis pequeños monstruos” esta repitiendo todo lo que hizo fallar a Born this way. Llámenme tradicionalista, pero prefiero el approach Perry de honestidad pop a la pretensión innecesaria de Gaga. Estoy seguro que Interscope/Universal se sienten igual que yo. 

lunes, 30 de septiembre de 2013

Irreversible y final: algunas notas sobre el final de Breaking Bad y los finales en general

Obviamente que esto contiene spoilers para Breaking Bad y otras series que terminaron hace años. Si te molesta, andate.

Voy a dejar a otra gente analizar la interacción histérica entre las redes sociales y ciertos fenómenos televisivos, de los cuales tuvimos como una pre historia con el infame smash cut con que terminaron los Sopranos, una prueba piloto fuera del laboratorio con el final de Lost y ahora la cosa verdadera y salvaje con el final de Breaking Bad. Pero si quería pensar por un momento por qué la presión sobre el final de las series.
A nadie le gusta invertir tanto tiempo en una historia y que esta no tenga un final de algun tipo (si bien considero que Tony y familia tuvieron un final, puedo entender como ese final abierto puede leerse como un no-final), pero lo cierto es que la estructura de las series en general (productos con por lo menos media centena de episodios que se emiten a lo largo de años) no es demasiado conducente al tipo de final que puede tener una película o hasta una telenovela (estas también tienen montones de episodios, pero el conflicto principal suele ser uno solo y de una misma naturaleza romántica): sostener una serie a lo largo del tiempo requiere de combinaciones de personajes y sub tramas, muchas de ellas que se abren y cierran en puntos aleatorios de la narración, por lo que no esperaríamos que tengan un cierre final. Aun cuando esto se espere y se logre, no deja de ser un poco un rejunte forzado para dejar satisfechos a muchos, pero que a veces poco tiene que ver con el concepto original. Un buen ejemplo de esto es el final de Six Feet Under, que existe consenso que fue aún superior a grandes tramos de la serie en sí, y que funciona como un hermoso cortometraje con varios guiños para los fieles de la serie que como un “finale”, como le llaman en los Estados Unidos, propiamente dicho.
Y esto nos trae a Breaking Bad y su recién emitido final. Al calor de esa gran hora de televisión y las 2 o tres que le precedieron, ya hay voces que hablan de “mejor de todos los tiempos” algo que solo podremos juzgar, justamente, con el paso del tiempo. Prefiero no aventurar tanto, pero sí destacar que es lo realmente original que nos trajo BB, y es es ser una historia, una sola historia, larga y sinuosa, con un claro principio, y como vimos ahora, un claro final. Una sola historia con un protagonista excluyente, un acompañante, y varios (pocos) secundarios, más un puñado de adversarios, que más allá de que tengan sus adherentes, no son más que pruebas en el camino de este “héroe” en el sentido Campbelliano del término. Una historia que en lugar de contarse en dos horas de película se contó en 62 horas televisivas con sus correspondientes pausas en el medio.
Una historia, que como esas llaves que caen oportunamente de una luneta en el episodio final, tuvo tanto de arte y oficio como de suerte: de estar fuera del radar competitivo de los ratings (y ser de las primeras en beneficiarse por los canales alternativos de disfrute de contenidos), de varias ideas locas de casting que funcionaron de maravillas, de no haber perdido parte del elenco por problemas de salud o dinero (y que cuando así fue resulto ser para un programa mejor). Vince Gilligan tenía una historia que contar, y la contó entera. Con mínimos guiños para la tribuna, pero fiel a sí mismo y a todo lo anterior.
Esta clase de visión, y la oportunidad de ejecutarla libremente, también hizo que más allá de la presión generada en el entorno para que el final entregara resultados, la historia no tuviese que sorprender más que en lo mínimo (una ingeniosa manera de disponer del dinero, una admisión que no redime pero explica al protagonista), porque el final ya estaba contado. Lo que faltaban eran los detalles, pero si vamos a contar sobre the rise and fall of Walter White, la serie podría haber terminado hace dos semanas en Ozymandias y habernos dejado a todos mayormente contentos. La presión por el final era nuestra, no de los creadores, que en lugar de producir UN final y dejar disconformes a todos (coff, Lost, coff), tejió una historia final integral y magistralmente narrada a lo largo de varias semanas.
No soy un cuarto de fan de Breaking Bad de lo que son varios de los que me rodean: la serie nunca me generó más que un interés clínico de cosa bien hecha y fenómeno social, pero nunca me conectó emocionalmente desde el momento inicial, y no tuve problema en abandonarla con lo que consideré una traición narrativa con el toque Night of the living dead que cerró la temporada cuatro; pero que meritoriamente, y creo que por primera y tal vez única vez, logró hacerme volver. Tampoco me sedujo la ambigüedad de sus protagonistas ni caí en el apologismo del (los) anti héroe(s). Y la infalibilidad de “la ciencia” del programa siempre me resultó traída de los pelos y tan creíble como el final de una película de Bond (ver: la metralleta oscilante del episodio final).
Aun así, me saco el sombrero ante la maestría narrativa, ante la claridad de visión, ante el intentar hacer algo ambicioso, y que salga con éxito.
Pero no pidamos ahora finales así para todas las series, el destino de Don Draper probablemente se vería mejor servido por la ambigüedad que rodeó a Tony Soprano, y mucho de lo que está mal con la comedia actual es culpa de Ross y Rachel. Disfrutemos de Breaking Bad como esa cosa única y brillante, y sepamos apreciar haber tenido la oportunidad de verla desenvolverse en tiempo real.  


jueves, 12 de septiembre de 2013

Una mujer natural: algunas notas sobre las memorias de Carole King


Hay gente de la que conocemos mucho sin saber nada. En el caso de Carole King, salvo la gente de “cierta edad” que tenía conciencia en los momentos en los que tuvo mucho éxito con su nombre y apellido en el título (digamos hace… 40 años), muchos no sabrían quien es. Y sin embargo, todos, en algún momento, hemos escuchado y probablemente cantado alguna de sus canciones. Algunas de sus cientos de canciones, que fueron interpretadas por TODOS, desde los Beatles a Kylie, desde Aretha a Marcela Morelo, y si, claro, por ella misma, en sus discos o en los títulos de Gilmore Girls.
King es una figura mítica por un sinnúmero de razones: por tener una carrera que esta en su septima decada (!) a pesar de que no es tan grande (sus primeros éxitos como compositora a fines de los cincuenta fueron cuando tenía 17 años o menos), por haber trabajado con todos, por ser una temprana defensora de las causas ecologistas a nivel de activismo político y no de palabra, y por una colorida vida sentimental. Pero esto solo no arma un mito. El mito se arma porque a falta de una “historia” oficial, aparecen las historias apócrifas, los rumores, los “alguien que conoce lo contó”, y si el personaje es lo suficientemente relevante, hasta se arman narraciones que se suponen “oficiales” cuando no lo son (en el caso de King, la película Grace of my heart, un racconto levemente ficcionalizado de su vida y la de algunos de sus contemporáneos, con una banda de sonido fantástica que incluye, como para embarrar mas la cancha, canciones escritas por su hija y su ex marido. Super recomendable como peli por mérito propio, y el disco de OST como disco sin película también).
Después de que mucho le insistieran, la buena de Carole finalmente se decidió por sacar un libro de memorias y narrar algunas de estas cosas en primera persona, no tomarse el trabajo en desmentir otras, y contar un par de chismes en el camino. Si bien, como en todo momento nos aclara en el libro, King es la que escribe la música y no las letras, su fuerte siempre fue el de contar historias, ya sea de un artista o el “personaje” de ese artista, o en sus discos propios, armar una mini novela. No debe sorprender entonces lo interesante que resulta como narradora en esta colección de viñetas, que como un crítico hizo notar, es como escuchar a una tía abuela piola contar sus aventuras de juventud. Ayuda, claro, que sus historias de juventud son un quién es quién de la música pop y rock desde los 50 hasta la actualidad, con que fue testigo presencial de la era pre-rock, el rock, la invasión británica, el crossover del R&B al público blanco, el hippismo, el soft rock, la industria de la costa Este Y la costa Oeste, los plásticos ochenta… absolutamente todo.  Intercalando su historia de amor de la juventud con Gerry Goffin, con quien escribió todos los tempranos hits y con quien engendró a sus dos hijas mayores, con la historia de su gato Telémaco, inmortalizado en la tapa de su clásico álbum Tapestry, con su amistad (¿y algo más? nunca termina de quedar claro) con James Taylor y sus eventuales mujeres (un par de pibas llamadas Joni Mitchell y Carly Simon), su fallido encuentro con John Lennon en 1965 y feliz reencuentro con él y Yoko en el 76, a sus años de “caída del mapa” producto de un par de relaciones complicadas, de las que habla con candidez y mucho cariño (en esto me hizo acordar a los mejores momentos de las memorias de Diane Keaton que comenté en otro lado), todo matizado con sus puntos de vista sobre tocar en vivo y colaborar con otros músicos, el proceso de escribir canciones, la inspiración de algunas de las clásicas canciones, sus opiniones sobre otros artistas de la época y sus detalles de “insider” sobre los mismos, y hasta algunos puntos de vista sobre ecología y espiritualidad que en manos de alguien menos interesante hubieran caído en el terreno de la autoayuda.
Parte de la gracia de leer este libro es además musicalizarlo: es imposible no leerlo al lado de una computadora y buscar las canciones, artistas, performances referidas, ya sea un clásico soul de los tempranos 60, un disco “soft” completo de los 70, alguna cosita superproducida de los 80 o los incontables homenajes y contrahomenajes de los que es sujeto en los últimos años, como corresponde a la persona que nos legó You’ve got a friend, The loco-motion, Crying in the rain, A Natural Woman, I feel the earth move y tantísimas más.
Más que recomendable, para fans y no fans de la artista, para los que les interesa la historia de la música y la cultura popular o sencillamente las historias en primera persona bien narradas. 

martes, 27 de agosto de 2013

Comics de superheroes: el estado de adolescencia continua

El fin de semana, Warner Bros. confirmó que para la próxima película de Superman y Batman el papel de este último va a ser interpretado por Ben Affleck. Acto seguido, la internet se rompió en dos. 
No voy a utilizar esta nota para discutir ese casting en particular (no me gusta, del mismo modo que no me gusta nada de la estrategia cinematográfica de DC/Warner) sino algunos de los motivos que generaron este casi unánime rechazo y como se ponen en contexto con la cultura comiquera en general. 
Mucho del problema con este casting de Batman, o cualquier casting de Batman para el caso, es el sentimiento de propiedad que los fans tienen con el personaje, que va más allá de un simple “me gusta”: los fans de Batman defienden al personaje y la mitología que lo rodea basándose en una simplista excusa de “realismo” (que ya me tomé el trabajo de comentar en otro lado) que no es más que una racionalización para un cierto tipo de identificación aspiracional (más sobre identificaciones masculinas con personajes de ficción se pueden leer en esta otra nota). Resumiendo: un pensamiento del tipo “Bats podría ser yo”, que tiene como corolario “Ningún actor es lo suficientemente bueno para serlo”. Este pensamiento algunos lo consideran infantil, pero en realidad es típicamente adolescente, y es sobre eso que quería escribir, sobre el estado de adolescencia continua de los comics y la parafernalia que los rodea. Va una perlita más: si nos tuviésemos que atener al supuesto realismo, una pelea Superman versus Batman tendría que durar milisegundos, con Bats en coma profundo por choque contra la fuerza inamovible. Fin de la historia. Pero no, al igual que en ya incontables historietas, la expectativa es que Batman de pelea y hasta probablemente la gane o termine en un digno empate. Ehhh… no. ¿Por qué esto? Porque en la realización del deseo adolescente masculino, el “normal” (si, el archimillonario entrenado por ninjas es el normal en este escenario) puede vencer al superior (el alienígena invulnerable y súper fuerte, no nos olvidemos) solamente porque...así lo desean.
Si pensamos en un escenario de conflicto adolescente como aquel de los nerds (estudiosos, poco populares, interesados en, entre otras cosas, los comics) y los jocks (deportivos, pero antes que nada, físicamente superiores), es de esperar que el nerd desee vencer al jock, por lo menos en el terreno de su imaginación. Estos son lectores, pero también son la mayoría de los creadores de los comics y películas acerca de ellos, que a partir de aproximadamente los 70, son los locos que tomaron el manicomio. 
Y no es casual que pensemos en los 70, porque si me preguntan si los comics alguna vez fueron infantiles como para pasar a adolescentes, y si alguna vez van a llegar a la edad adulta, tendríamos que ver por donde andarían los comics de los años 70. Esto me da pie para mi TEORIA COMPLETAMENTE ARBITRARIA SOBRE LAS ERAS DE LOS COMICS (por lo menos los comics norteamericanos de superhéroes, que son los que aquí nos ocupan).
Si consideramos que el medio/género nacieron en algún momento a fines de los años 30, tendríamos que decir que esa fue la infancia, pero no: varios factores (la guerra, la edad de los autores de la época, la categoría de ‘adolescente’ aun no completamente implementada, la influencia de la ciencia ficción), digamos que durante los 30/40 y primeros 50, la llamada “Edad de Oro” de los comics, a fines de mi teoría del desarrollo, aún estaban en una etapa embrionaria, una especie de prehistoria. La verdadera infancia es la Edad de Plata, la que empezó en 1956. Piensen en esos comics, de líneas puras, colores saturados, conflicto maniqueista del bien y el mal, súper mascotas, versiones infantiles de los personajes… el mundo visto desde los ojos de los niños. Esta infancia no se desarrolló del mismo modo en DC y Marvel: mientras que DC era el grandulón que todavía mojaba la cama cuando ya tendría que tener más control, Marvel era la chica que tenía tetitas a los 11 años, entrando de lleno en una especie de pre adolescencia, donde se coqueteaba de igual modo con los elementos infantiles como los de la adolescencia propiamente dicha.
La adolescencia llego como les decía antes con la nueva generación de escritores y dibujantes, que ya habían crecido con una dieta de comics y que venían a jugar con los chiches de su niñez, pero como adultos. El Batman de O’Neill y Adams es adolescente, y el que aun hoy todos “quieren ser”: serio, nocturno, sin sentido del humor, preparado hasta lo imposible, y por sobre todas las cosas, infalible. Todo lo que el adolescente no es pero quiere ser. Del lado de Marvel, no tan casualmente es cuando renacen los X-Men, con su angst de adolescencia y el ‘aspiracional masculino’ propio en la forma de Wolverine.
¿Cuándo se sale de la adolescencia?, les escucho preguntar. Bueno, justo ahí está el problema, porque tal como los peloduros de 30 años que siguen viviendo con sus padres, los comics NUNCA salieron de la adolescencia, ahí se quedaron.
¿Cómo, me van a decir? ¿Y los 80? ¿Y el Dark Knight, Watchmen, Gaiman y Moore? Bueno, vamos por partes.
Gaiman y Moore, los escucho… ya no son adolescentes. O sí. Son post-adolescentes que van a la universidad. ¿Vieron al pibe que cursa dos materias del CBC y nos tiene que demostrar TODO lo que sabe? Y ojo, no dudamos que lo sabe, pero es la necesidad constante de demostrar que lo sabe, que es más inteligente que nosotros. Moore y Gaiman, especialmente en esa época, nos tiraban TODO encima, siempre con un guiño de “vieron la que les tiré, no?” y con una actitud de “... y si no la agarraste…”. De hecho, el día que se graduó de la universidad, el bueno de Neil se puso a escribir libros de en serio, y vuelve a los comics cuando tiene ganas de tocarla un poco a la piba que nunca salió del secundario. 
¿Y Miller? Miller es la raíz del problema. NADIE es más adolescente que Miller. Él nos dio al “Bats cachetea a Supes” en primer lugar. Él es que considera “adulto” dibujar una mina en tetas. Él es el que mide madurez en cadáveres e hiperviolencia. No, nada en Miller es adulto, es la peor clase de perpetuación adolescente. 
Con 25 años de atraso, las pelis de superhéroes están hoy donde los comics estaban en 1986, y mantienen la audiencia de los que se niegan a salir de su adolescencia y la de los adolescentes cronológicos, que como dice Mirtha, siempre se renuevan.
Mientras tanto, en el 2015, nos vamos a tener que bancar que Ben Affleck lo cachetee a Henry Cavill. Porque esa va a ser una película “realista”.  



viernes, 23 de agosto de 2013

Clásicos para mi: Sandman 12 (1990)


Clásicos para mi es una sección que busca rescatar aquellos comics que pueden no tener el consenso universal, pero que para uno merecen ser destacados.

Contexto:
Se podría argumentar, correctamente, que toda la serie Sandman es un clásico, para mi o para cualquiera con un mínimo de criterio. De todos modos, si bien hay consenso sobre ciertos momentos específicos, dado que la mayoría del público conoce la serie a través de sus reimpresiones en forma de libro, hablar de números aislados es un poco complicado. Igual “clásico” es el número 8, The sound of her wings, la primera aparición de Death, y que marca el comienzo de Sandman tal como lo concebimos hoy en dia.
Hasta ese momento, anterior a la formación del sello Vertigo, Sandman intentaba, un poco forzadamente, “jugar” con el universo DC, hasta que alguien se dio cuenta que lo mejor que se podía hacer era dejarlo a Gaiman que se cortara solo. De todas maneras, prolijo y obsesivo como es, insistió en atar cabos sueltos, tales cómo que había otro Sandman dando vueltas por ahí, y una mujer embarazada del mismo.  

Sandman 12 (1990):
Luego de la última vez que hablamos de Lyta Trevor y Hector Hall (en el Clásico para mi - Infinity, inc ) pasaron un montón de cosas: Hector murió, y se reveló que Lyta estaba embarazada de él, revivió, y se transformó en una nueva iteración del personaje Sandman. 
Gaiman lo que hace es desarmar todo lo absurdo de esta trama de telenovela, revelando al mismo tiempo lo siniestro subyacente, y tejiéndolo en la historia que está contando (conocida como The Doll’s house) y en la historia mayor de Sandman (la advertencia de “voy a volver por ese niño” es de hecho la que precipita los hechos que cierran la serie toda). Y lo hace siendo respetuoso al punto del puntillismo con lo que Roy Thomas y Jack Kirby habían escrito años antes. En el camino, Brute y Glob, dos personajes supuestamente de horror pero que no son más que comic relief se muestran como astutos (aunque cobardes) conspiradores, Hector como el bufón de músculos llenos de aire que todos los que leímos Infinity siempre supimos que era, y Lyta como un personaje trágico cuya vida está a punto de tornarse aún más trágica. Y Morpheus da la primera señal de su sarcástico sentido del humor (de familia, parece) que luego le conoceríamos mejor, largando la mejor carcajada detrás de una máscara que vayan a poder disfrutar en comics o cualquier otro medio. 
La capacidad de Gaiman de tejer mitologías a partir de elementos en teoría completamente aislados (la serie de Sandman de Kirby, Infinity, Inc, House of Mistery, House of secrets) y hacerla integral ha sido varias veces imitada (estoy mirando a Robinson y su “Sandman light”, Starman) pero nunca nadie ha llegado más allá de la categoria de "derivativo".
Es imposible leer The Doll’s house sin leer este número  pero también es posible leerlo solo, especialmente si uno ya viene de leer Infinity, inc. Este fue, de hecho, mi primer acercamiento a Sandman, allá lejos y hace tiempo. 


Contexto posterior:
The Doll’s house le dio a Sandman es status que hoy le conocemos, y fue lo que convenció a DC de lanzar Vertigo. Sandman toda está considerada una de las mejores series de todos los tiempos, y Gaiman uno de los mejores escritores de ficción fantástica en cualquier medio. El ‘artista invitado’ en este número era un jovencito Chris Bachalo, irreconocible aun, que volvería a la serie para el tramo final de The Kindly Ones (donde las consecuencias de este numero toman todo su peso) y poco tiempo después seria una super estrella dibujando a los X-Men.