jueves, 27 de diciembre de 2012

Cómo se debe ver una estrella pop: AFEMINADA


Hace muchos años, le preguntaron a Phillip Oakey de la Human League como debían ser las estrellas pop. Phil no lo dudó: “tengo ideas muy claras de cómo se debe ver una estrella pop: afeminada”.
El bueno de Phil, que más allá de un gusto por los cortes de pelo asimétricos, el delineador aplicado con brocha y la bijou grande y brillosa,  es declaradamente heterosexual, no estaba defendiendo su lugar en el mundo ni haciendo una apología de la diversidad sexual y de género, si no que estaba reivindicando el valor subversivo que debía tener una verdadera estrella pop, ya fueran las inquietantes caderas de Elvis, el constantemente en crecimiento cabello de los Beatles o David Bowie en todas sus manifestaciones.
El éxito que inmediatamente después tuvo la Human League a principios de los ochenta hizo que Phil no sólo predicara con sus palabras sino también con el ejemplo, y no estaba solo: con Bowie y Roxy Music como sus estandartes, los chicos del club Blitz que al poco tiempo se conocerían con el nombre genérico de New Romantics pronto se transformarían en la nueva generación de músicos pop, y habiendo sabido o no lo que opinaba Mr Oakey, lo tomaron al pie de la letra. Steve Strange, Marilyn y por sobre todos y todas Boy George redefinieron lo que era ser una pop star por el próximo lustro. Lo de George fue doble o triplemente subversivo, porque con su imagen dulce y sus canciones de pop perfecto, logró meterse en el living de la abuelita y de las madres, en los programas infantiles, en los diarios de gran circulación. Como un proto teórico queer separando los carriles de género y sexualidad, de hecho, desexuando el género con una humorada (“prefiero una taza de té al sexo”) hizo más por la aceptación de la estética trans y la visibilidad LGTB que muchos movimientos organizados, tanto antes como después.  Y claro, una vez que se abrieron las puertas, era imposible cerrarlas. De hecho, la proliferación de artistas con la misma estética a la luz del éxito de Culture Club, hizo que George diera la primera de varias patadas al avispero, cambiando radicalmente su look clásico de las trencitas: mientras que Haysi Fantayzee o Pete Burns de Dead or Alive corrían tras la estética dreadlock, George hizo una ya clásica sesión de fotos teñido de platinado con una remera con la leyenda “Clone Wars” (Guerra de los clones. Si geeks, en 1984).
George en la era Clone Wars
Pero si George estaba desexuando el género, Pete Burns lo estaba resexuando: por un lado con su escandalosa imagen pública y abierta declaración de bisexualidad (“tengo uno de cada”, y nada de declaraciones vacías a lo Bowie en los 70: Pete salía en público con su esposa Lynne y Steve Coy, el baterista de su banda) y por otro yendo a la disco gay por inspiración y logrando el crossover del HI-NRG propio de este ámbito al tope de los charts con You spin me round (like a record), que irónicamente, sería el comienzo del final a esta era de oro de la música pop ambigua o abiertamente LGTB al darle curso al éxito al pop reblandecido y tatcherista de Stock, Aitken y Waterman.
Pero antes del final, había más, mucho más. Pete abrió la puerta del closet de la disco gay, y por ahí se escaparon Frankie goes to Hollywood y Bronski Beat. Frankie y los Bronskis funcionaron como las dos caras de la cultura gay del momento: Frankie la hedonista y decadente, obsesionada con el sexo y flirteando con la iconografía leather,  y Jimmy Sommerville y compañía, la cara militante, pidiendo igualdad y derechos y proclamando su “normalidad” de chicos ingleses de clase trabajadora. Los Bronski también invitaron a su inspiración Marc Almond y le tendieron una mano fuera del closet en su colaboración para el cover de Donna Summer I feel love, cuyo video es la Cosa Mas Gay de Todos Los Tiempos.

Mientras que Elton y Bowie tenían mediáticas bodas blancas con señoritas de alto perfil, George, Dead or Alive, Frankie y Bronski Beat, más varios  one hit wonders o extraños crossovers como Divine o Man2Man con Man Parrish, y chicas andróginas como Annie Lennox o Alison ‘Alf’ Moyet hicieron que periodistas y voces conservadoras alzaran la pregunta de si para tener éxito en esos años era necesario militar una sexualidad diversa o al menos parecer hacerlo. De hecho, si bien todos estos tenían muchísimo éxito, empalidecían, en varios sentidos, con el éxito y el… ¿kistch? ¿camp? De Wham! y Wake me up before you go-go.  Y en el horizonte, se venía Morrissey y desde su declaración de celibato enamoraba a más muchachitos adolescentes que todos los anteriores juntos.
Ahora imagínense este escenario. E imagínense tener 14 o 15 años y estar haciéndose preguntas sobre su propia sexualidad. Nunca hubo un terreno más fértil. No hay día que no agradezca haber tenido la suerte de transitar estos años con estos visibles y diversos ejemplos (y localmente Federico Moura y Miguel Abuelo, siendo revulsivamente masivos para espanto de los machos puristas del “rock”), el más claro argumento para defender la importancia de la salida del closet con uñas y dientes: no es por vos, por tu carrera, por tus pares; es por esos chicos que necesitan que les digan que está bien ser distinto, que se puede lograr lo que quieras, que los límites de lo “normal” son mucho más amplios de lo que nos quieren vender. 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Me importa un... algunas notas sobre los conciertos de Madonna en Argentina



En el último álbum de Madonna, MDNA, hay una canción que se llama I don’t give a..., donde la palabra elidida es un “fuck” y que básicamente significaría “me importa un carajo”. Si bien está hablando de muchas cosas, principalmente sobre su fallida relación con Guy Ritchie (más sobre esto más adelante), se podría interpretar como un “me importa un carajo tu opinión”. O “me importan un carajo USTEDES”. Y muchos de nosotros, especialmente los que sufrimos a esa sofisticada forma de tortura que fue la espera antes del concierto del jueves, casi nos convencimos de eso. Y por eso no escribí este comentario el viernes, para que no fuera tan en caliente y ver si la experiencia del sábado me hacía cambiar de opinión. Un poco, pero no del todo. Porque sigo pensando que el “me importa un carajo” es sin lugar a dudar el modus operandi de la señora Ciccone. 
Verán, si hay algo que siempre supe, pero que ahora confirmé completamente, es que Madonna no dialoga, Madonna MONOLOGA. Su único par es ella misma, la única opinión que importa es la suya. Esto la llevó a ser quien es en términos de fama, también la ha dejado muy, muy sola en su vida personal. Y esto también tiene una capacidad alienante, especialmente con el público.
La gran mayoría de las decisiones discutibles en su carrera en general, pero esta gira MDNA en particular, son producto de este delirio solipista. Madonna armó este show para ella misma, de acuerdo a su gusto, sus obsesiones (las de siempre y algunas más recientes) y con muy poca consideración por el público. Para muestra, basta un botón: en una de esas cosas que ella empieza y luego todas sus seguidoras imitan, en los espectáculos de Madonna no hay espacio para los aplausos entre canción y canción. Sencillamente no hay espacio entre canciones, es todo una seguidilla continuada donde las interacciones con el público son cuándo y cómo ella quiere, generalmente para en un tono “chistoso” retarlo y decirle que la adoren (aunque todos dudemos si le interesa ser adorada en lo más mínimo). De hecho, la gran innovación Madonna en términos de conciertos es haber anulado al “bis” como parte integral del mismo. Ni siquiera hace la pantomima de “aplaudan así salgo otra vez”. Hay un cuadro final, y nosotros, bien entrenados como estamos e informados por Youtube, nos limitamos a retirarnos cuando este se acaba. Fin de espectáculo. 
Esto no hace que el show sea mejor o peor, o ella un artista más o menos relevante, simplemente ES y sirve saberlo antes del show para no decepcionarse, ilusionarse o tener falsas expectativas. De hecho, muchas veces es bueno, ya sea porque nos ahorra el trámite innecesariamente demagógico (y eso que Buenos Aires, como su natal Detroit o Londres son de las pocas ciudades que ameritan un tratamiento diferencial, tal como clavarse un tema de Evita o flamear la bandera local), o porque cuando intenta “elevar el nivel cultural de la audiencia” trae a un grupo tradicional vasco a que la acompañe durante una buena porción del show, incluyendo uno de los mejores momentos con Open your heart (en la gira anterior con el grupo gitano de La isla bonita, el efecto era igualmente positivo).
Pero durante mucho del show, todos gritamos “control de calidad!”. Bancamos al artista de  tanta trayectoria que graba material nuevo y lo apoya en concierto, pero ¿son nueve canciones del pobremente recibido MDNA necesarias? Y ni hablar de las dos grabaciones menores que uso para rellenar su último compilado... No importa, ella las quiere hacer, y las hace, del mismo modo que arremete con Heartbeat, canción de su álbum anterior completamente obviable o le da otra vuelta de tuerca a Nobody knows me, de paso que baja su extremadamente inclusiva línea: derechos de la mujer o de los gays, religiosos o raciales, política interna de Estados Unidos o avance de la derecha en Europa... todo en la misma bolsa, diluyendo el mensaje final. Total, nadie me conoce, son mis ideas, ustedes simplemente pagaron para ser sometidos a ellas.
Y dejo el principio para el final, porque también tenemos que hablar de ello: del mismo modo que durante todos estos años Madonna utilizó para escandalizar a la audiencia al sexo y la religión (con la religión sigue, y cansa, repitiendo conceptos que ya le conocemos), ahora es la violencia. En serio, el primer tercio del concierto tendría que venir con una advertencia parental por el grado de violencia que se muestra en el escenario. Armas de fuego, golpes y sangre, mucha sangre, en bellísima alta definición. De hecho, más que “esta señora nos quiere escandalizar” el efecto es más del tipo “esta señora está MUY enojada”. Enojadísima, principalmente con Guy Ritchie, su ex marido que aparentemente le hizo la gran Roviralta y se le llevó grandes cantidades de dinero (“ojalá me quisieras como querías mi dinero” le canta en un momento de vulnerabilidad en Love Spent), y que si fuera él, me estaría consiguiendo un buen guardaespaldas, porque esta mujer no quiere hacerte juicio, quiere bajarte con una .45. Y si bien Guy es el obvio destinatario, el enojo sigue: está enojada con Lady Gaga, de quién se burla en Express Yourself tirándo la (justificada) referencia de Born this way, y por si no lo entendimos, She’s not me,  y en un sutil palo, a su hermano Christopher, anteriormente su favorito hasta que escribió un libro de tell all incendiario. Hace rato que los fans de toda la vida le notábamos la falta de sonrisa a esta mujer, pero ahora ya pasó a los hechos, y la secuencia Revolver/Gang Bang nos hace pensar que realmente no la está pasando bien. 
De hecho, cuando el concierto funciona mejor es cuando aparece algo lúdico: las ya mencionadas Open your heart y Express Yourself, Gimme all your Luv; o cuando deja ver un momento de vulnerabilidad y humanidad en las baladas, especialmente Masterpiece (aun cuando la use de aviso publicitario para su largometraje W.E.).
¿Todavía hay algo que la haga sonreír? Parece que sí: su hijo Rocco, que es parte del staff de la gira,  con participaciones celebradísimas en dos momentos clave del concierto, haciendo una referencia encantadora al video original de Open your heart (pero vía el país vasco) o monigoteando en Celebration. Tal vez todavía haya esperanza para la señora, un poco de diálogo y calidez con sus hijos, y por eso es que sigue adoptando en forma serial. Para muestra, basta una foto, la única sonrisa que le vimos en los últimos 10 años:

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Transformandose en Nancy, calmando la rabia: Conozca a Terry Ronald



Hoy voy a escribir sobre un músico, pero no sobre su faceta como músico. De hecho, va a ser de acuerdo a mi recorrido inverso por su carrera artística: primero como personaje de redes sociales, luego como escritor, finalmente como productor y compositor para otros artistas y como a los premios, su propia carrera.
Estoy hablando de Terry Ronald. ¿Quién? Terry Ronald, que seguro que lo conocen, sin saber que lo conocían. El de Calm the rage, canción Aspen si las hay. Y leyeron bien “el” de la canción, a pesar de que montones de gente siempre creyeron que era una señorita (ayudados por la ambigüedad de género del nombre “Terry”).
Terry fue la definición misma de “one hit wonder” a principio de los 90 con este clásico, y luego jamás logró volver a repetir ese éxito, a pesar de la buena respuesta  de la crítica a su disco debut, Roma.
El tema es que Terry ya tenía una carrera paralela como productor/compositor/amigote de Dannii Minogue, desde sus tiernos comienzos. Esto lo llevó también a trabajar con verdadera Minogue (fue el arreglador de voces de Confide in me y otros temas del álbum “de tapa blanca”), y con otras estrelluelas del pop inglés como la Ellis-Bextor y Girls Aloud. Su coronación de mundo pop fue aparecer como jurado invitado junto a Dannii en la versión inglesa de X-Factor.
Su existencia entró a mi radar a través de sus ácidos intercambios en twitter  (@terryronald ) con Steve Anderson (@MrSteveAnderson) y las hermanas Minogue (@kylieminogue y @DanniiMinogue) comentando temporadas posteriores del programa, y así fue como me enteré que hacía rato que trabajaba en teatro (es el creador del exitoso espectáculo de new-burlesque  The Hurly-Burly Show de Miss Polly Rae y del Little Belter de Elouise). En esta función teatral incursionó como dramaturgo, y esto lo llevó a decidirse a escribir una novela. Y acá es donde quería llegar.
La novela en cuestión se llama “Becoming Nancy” y ya el nombre nos da varias capas de sentido. La referencia mas lineal es a el hecho de que a David Starr, el adolescente protagonista de la novela (un apenas disfrazado alias autobiográfico del mismo Ronald) le dan el papel de Nancy en una versión escolar del musical Oliver! Claro que ‘Nancy’ es también un apelativo para llamar a alguien “maricón” y entonces el “transformándose en Nancy” refiere a lo que efectivamente le esta sucediendo en el transcurso de los meses que narra a fines de 1979, cuando finalmente hace las pases con su sexualidad y experimenta una forzada salida del armario.
Claro que David, amante de los musicales, de Blondie, Abba y Kate Bush, no tenía mucho de dudoso sobre su sexualidad ni para sí mismo ni para los que lo rodean, pero en el transcurso de la novela conoce a su primer amor en la persona del capitán del equipo de fútbol, y ahí llegan las complicaciones.
El argumento por supuesto es la muy transitada historia del coming out adolescente, visitando todos los tropos del género, y con más de un guiño al clásico cinematográfico que lo resume a la perfección, Beautiful Thing, de Jonathan Harvey (otro amigote y colaborador de Ronald, con quien también interactua frecuentemente en su alias @JOJEHARVEY), incluyendo el personaje de "la amiga con actitud", en este caso una adolescente de origen jamaiquino, metiéndose de lleno en el revival reggae de la época y el movimiento en contra del neo fascismo . Y justamente la época y lugar son los que marcan el interés de la novela, esa Inglaterra post punk, donde el disco aun reina supremo, por lo menos para la comunidad gay, donde Deborah Harry es la mayor estrella del firmamento, los mods flirteaban en iguales partes con el neo-nazi National Front y las anfetaminas, y la señora Thatcher marcaba la agenda de la década que se venía. Todo con un ácido sentido del humor, mucha ternura, y referencias de época que me resultan tan familiares ( a las mencionadas Abba y Blondie, las mujeres Biónica y Maravilla, Grace Jones, el corte de pelo y los pantalones ajustados de Sting en la primera época de Police, Paul Michael Glaser con su saco tejido...) que tengo que darle una vez más la razón a David Halperin en sus observaciones sobre el “modo de apreciación gay”.
Terry Ronald no ha expresado interés en escribir algo más por ahora (la novela salió a la venta hace unos pocos meses), pero con este debut, estaría interesado en leer que más tiene para decir. Por lo pronto tiene un nuevo espectáculo teatral a estrenarse, Orchid, con dirección musical de Steve Anderson y puesta en escena de William Baker (el team Minogue, digamos), y seguramente una adaptación cinematográfica o televisiva de Becoming Nancy. Con tal de que se aseguren los derechos de “I’m always touched by your presence, dear” y “Voulez Vous”, estoy ahí.



viernes, 7 de diciembre de 2012

Hola grandote!: Carly Simon, Roberto Pettinatto y otras influencuas



Tengo un posteo para este blog a medio terminar desde hace meses, nunca me termina de convencer. Es sobre influencias, sobre quienes son los que de alguna manera moldearon mi personalidad online tal como ustedes la conocen. Claramente tengo una “voz” aunque no sea del todo consciente para mi. El otro día un buen amigo me dirigía a un artículo que estaba “escrito con mi onda”, así que claramente existe algo así como “mi onda”.
En iguales partes, ésta tiene algo de la era de oro de la revista Humor (especialmente Gloria Guerrero), Smash Hits en los 80, algo de Mad, mi tía Angélica, mis ídolos Carrie Fisher y Albert Brooks, Woody Allen, Chris Heath, y un montón de otras cosas más. Y de vez en cuando, sin darme cuenta, se me escapa algo inesperado. 
Tiene que haber sido hace unos 30 años, mas o menos. Un programa de Graciela Mancuso (aunque a veces reniegue de ello, Grace y Badía marcaron mi temprana adolescencia). El columnista invitado era Petti. Si, EL Petti, Roberto Pettinatto, antes de Sumo, antes de Estación Musical, antes de ser una TV personality y protagonizar avisos de Claro. Probablemente sólo después de el Expreso Imaginario.
Petti y Alfredo Rosso (influencias, influencias, influencias) hacían comentarios de música en los programas de Grace.
Esto fue una tarde, Petti trajo un disco, de Carly Simon, “Hello Big Man”. En ese momento ni sabía quien era Carly, lo único que supe fue que Petti explicó el nombre de álbum y de la canción que le da nombre: cómo Carly es la hija de Richard Simon, el fundador de la editorial Simon & Schuster, y que el Big Man (encantadoramente traducido como “Grandote” en la edición local del disco) era no un misterioso galán, si no su padre, y que la canción, la dulce y sentida canción, contaba la historia de amor de sus padres. Como el magnífico imperio del Señor Simon algunos decían que lo había  construido “por riqueza y fama” pero que si le preguntaban, el iba a decir que lo había hecho “todo por ella”. Me fascinó la historia, me fascinó la canción, y 30 años después sigo queriendo a Carly con toda mi alma. Vean el video casi documental de los Simon, entonces y ahora. 

Claro que además aquellos eran grandes años para hacerse fan de Carly, que estaba teniendo un segundo acto en su carrera: después de su fallido disco “dance/techno” Spoiled Girl, se dedicó a escribir música para películas, con su primer hit en años Coming around again para Heartburn; la banda de sonido completa de “This is my life”, el debut de mi adorada Nora Ephron como directora, y claro, su Oscar por Let the river run, la canción de Working Girl (Secretaria Ejecutiva) un favorito en mi círculo (inolvidable Liliana Lopez Foressi cantando cómo loca la canción, donde más, que en Badía y Compañía).
Carly se ha mantenido activa todos estos años, ya sea con los innecesarios covers de su época As time goes by, o dejándose samplear y participando en el muy contemporaneo (para la epoca) Son of a gun de Janet Jackson.

Parte del inmediato atractivo de Carly tiene que ver con su pedigree: inmediatamente rica, no necesita hacer nada por dinero. Es además, parte de la realeza del pop rock, casada y divorciada con James Taylor (son padres de dos hijos músicos también, Ben y Sally, que suelen acompañarla), con romances nunca comprobados con gente como Mick Jagger y Warren Beatty ( los dos principales sospechosos de ser los protagonistas de su mega hit You’re so vain) , filántropa y MILF adelantada a su época. Y Nadie lo hace mejor, chica Bond musical, si las hay. 
Parte de la longevidad de su carrera tiene también que ver con la falta de desgaste: conocidamente fóbica, rara vez salió de giras interminables, y por lo tanto, como Barbra y Kate Bush, su voz sigue intacta, a pesar de estar llegando a los setenta. Y siempre se mantiene como por encima de todo, con una sonrisa irónica. “I’m rich bitches, I don’t need you”.
Carly, Petti, Grace, Badía... mis gustos e influencias se me escapan por todos lados, aunque no escriba posteos completos sobre ellos.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Cómo ser gay: sobre David Halperin, la Mujer Maravilla y este mismo blog



Estuve leyendo un nuevo libro del norteamericano David Halperin llamado “How to be gay”. Y si lo están pensando, no, no es el manual de instrucciones, algo que mucha gente de hecho pensó cuando Halperin hace unos diez años dictó por primera vez la clase del mismo nombre en la universidad de Michigan, creando mucho ruido y controversia.
Antes que nada, vale la pena mencionar que el autor no es un novato o arribista, que intenta publicar algo con el profundo contenido de un cuestionario de la Cosmo (insertar chiste muy privado sobre “qué buena esa revista”), si no un respetado académico, alguien que se tutea e intercambia citas cruzadas con gente como Didier Eribon (el biógrafo de Foucault) o Michael Warner (el de Fear of a Queer Planet). De este libro, del que no voy a intentar resumir sus 500 páginas en 1000 palabras, rescato dos conceptos que me parecieron interesantes, uno por ser una de las cosas que me causan más incomodidad últimamente, y otro más relacionado con los temas habituales de cultura popular de este blog.
Sobre el primero, no me voy a explayar demasiado (estoy pensando de hecho en la alternativa de cambiar la dirección editorial que vengo desarrollando el último año, o abrir otro blog para hablar de esos temas. Su opinión al respecto es apreciada). Empiezo con una cita a Halperin: “Por lo tanto, no vemos ningún parecido entre nosotros y aquellas generaciones más tempranas de reinas de los musicales, de la opera o las películas viejas. Definimos nuestra diferencia generacional mediante un rechazo de la cultura gay de las generaciones anteriores –a la vez rechazando la cultura gay en sí- como desesperanzadamente anacrónica y fuera de onda, como un sustituto de la ‘cosa verdadera’. Y cada generación gay o media generación, desde la nuestra (Halperin se refiere a la primera generación post-Stonewall) ha hecho exactamente lo mismo, siempre pensando que son la primera generación gay en la historia que no ve nada interesante o de valor en la cultura gay tradicional y heredada”.
El autor, cuyo libro parte de suponer y probar la existencia de algo que efectivamente es la “cultura gay” (más sobre esto más abajo) esta describiendo a lo que yo suelo referir como el Puto Homofóbico o todas esas loquitas que bien conocemos que dicen cosas tales como “la marcha del orgullo no me representa”, ingenuamente creyendo que están completamente integrados y que son “igual que cualquier otro” salvo por con quien tienen sexo.
¿Y cuál sería la diferencia, cultural, vale aclarar, con “cualquier otro”? Bueno, la hipótesis de Halperin, fuertemente apoyada en el concepto de género como construcción social, es que el niño gay, aun el niño gay pre sexuado en el sentido  de elección de objeto y acción en consecuencia, tiene atracción hacia artefactos culturales que no son los que normalmente se asocian con el género “masculino” y que binarios como somos, entonces por defecto asociamos como “femeninos” (para salir de este binarismo es necesario pensar menos de manera categorial y más en forma dimensional o de espectro, algo cada vez más difícil, especialmente en nuestro país de antinomias constantes). Más sencillamente puesto: creemos que los deportes son ‘masculinos’ y cantar y bailar ‘femeninos’, por lo que inmediatamente estigmatizamos a aquellos que no conformen con estas ‘reglas’, y que nos salven de que no seamos considerados lo suficientemente ‘masculinos’, ese bien supremo!

¿Cómo relacionamos esto con este sencillo blog sobre cultura popular? Bueno, esto tiene TODO que ver con este blog, porque sin lugar a dudas MIS sensibilidades están teñidas de este modo y al tiempo que tengo una categoría de tagueo que se llama “Kylie”, difícilmente se encuentren con mis comentarios sobre el torneo apertura (Vamos Lanús!) o la última película de artes marciales. Y también, con ciertas cosas a las cuales si además les agregamos un tema generacional, se transforman en auto evidentes.
Es fácil: si son o conocen a un caballero gay que haya estado viendo televisión en su infancia de manera más o menos intensiva entre los años 76 y 86, lo más probable es que le declaren (le declaremos) amor incondicional a la Mujer Maravilla, más concretamente a la encarnación de la misma de Lynda Carter.
Hay tantas teorías como teóricos sobre cuál es el atractivo del personaje para el público gay. Algunas de ellas: identificación (descartada magistralmente por Halperin y otros autores); apreciación de la situación de la persona en posición subordinada (la mujer) que logra trascenderla (la superheroina); tener una personalidad secreta y la posibilidad de expresarla libremente (atractivo de los super héroes en general, pero aun mas de las superheroinas. Ver también: Batichica); apreciación camp de artefactos culturales ostensiblemente creados para la cultura “hetero” (esto ocupa medio libro de Halperin, y requiere leer mucho Susan Sontag y algo de Umberto Eco para diferenciar camp de kistch. Si están interesados en el tema, tómenlo como guía de lectura); el brisho y el glamour (en sí, algo que tiende a probar la teoría de Halperin sobre la apreciación de ítems que no necesariamente se asocian al concepto de lo ‘masculino’)… y la lista sigue.
Lo cierto es que del mismo modo que tener muchos discos de cantantes femeninas, mirar Project Runway o haber asistido al concierto de Lady Gaga en River, ese interés por la serie de la Mujer Maravilla es un predictor casi infalible de gaytudez (y no de homosexualidad: se puede adherir a la cultura gay siendo un varón hetero o mujer, estamos hablando de Cultura Gay como un modo de apreciación, no como un producto de y para las personas gay de por sí). Hay un modo de apreciación gay, hay una cultura gay, que es una mezcla en partes iguales de este rescate temprano que se menciona arriba y una tradición que se transmite entre pares, especialmente a partir de cierta edad (y por eso muchas de esas “nuevas generaciones” terminan desdiciéndose cuando pasados los 30 se encuentran escuchando a Cher, viendo All about Eve y conociendo de memoria el catalogo de Cole Porter).
Este blog cumple un año, y además del interés que me generó el libro de Halperin, todo este palabrerío es para tratar de entender y explicar que une a los diversos contenidos sobre los que estuve escribiendo en estos 12 meses, que une a este recorte de cultura popular sobre el que decido comentar, y se trata sin lugar a dudas de una mirada desde la cultura gay a estas producciones, ya sean obvias como Kylie, Madonna, cierta cultura de los 80, Modern Family o Ab Fab, o menos, pero que la permiten, como Mad Men, las películas de super héroes o la música que suena en la radio.
Gracias por leer, escucho comentarios.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

Un final felíz para los amigos: Friends, Happy Endings y otras series con grupos de amigos


Pocas series de televisión logran capturar ese elemento inasible que las hace que sean LA serie. Aquella que después todos quieren tener en su programación, y que difícilmente logren. Porque verán, justamente cuando logran ese estatus de singularidad es porque probablemente estén haciendo algo que ninguna otra contemporánea está haciendo en ese momento. Y no se trata solo de ideas originales o calidad, sino de algo de penetración en el inconsciente colectivo que va más allá de los premios recibidos o las figuras de audiencia. Una de esas pocas elegidas fue Friends, y su ahora clásica estadía en el aire de diez años.  Y noten que digo Friends y no por ejemplo su contemporánea Seinfeld, porque aunque esta última es indiscutida en términos de calidad y originalidad, la otra fue la que realmente logró romper las paredes de la pop culture.
Como sucede con estos tipos de fenómenos, casi de inmediato salieron las imitadoras, y tal fue el impacto, que ni siquiera fueron las otras cadenas de televisión las que intentaron reproducir el fenómeno: fue la misma NBC que se pasó el segundo lustro de los 90 tratando de recapturar un rayo en una botella. Series olvidables como The Single Guy o  la espantosa versión norteamericana de Coupling no eran más que una cadena tratando de hacer producción en serie de series (algo en esa expresión no suena del todo bien). Ninguna lo logró, ni en NBC ni en ninguna de las otras cadenas, y para la primera mitad de los 2000 Friends ya era una veterana querible pero no relevante, y todos estaban tratando de tener su propia CSI, el nuevo género ganador.
Eso claro no significa que la formula no siguiera dando vueltas de manera consciente o no, y probablemente lo más cercano que apareció en cuanto a reproducir la clásica dinámica de  Monica, Chandler, Phoebe, Ross, Rachel y Joey fue How I met you mother. Curiosamente HIMYM nació como un concepto diferente, lo que en Hollywood se suele conocer como un “high concept”, una idea madre supuestamente tan original que puede sostener toda una ficción. La idea central de HIMYM es justamente, como su nombre lo indica, la historia de cómo el narrador de la serie le está contando a sus hijos como conoció a su esposa y madre de los mismos. La idea de la serie sería  divinar a quién le iba a tocar ser la afortunada (¿?) madre. Pero a la mitad de la primera temporada, algo pasó: lo que en teoría era el elenco secundario, el soporte, empezó a tener más y más relevancia, y la dinámica del grupo de amigos se transformó en el centro de la trama (si, de vez en cuando, especialmente los finales de temporada, se vuelve sobre el tema de “la madre”, pero más como algo de cierta regularidad como en la serie insignia podría haber sido el romance de Ross y Rachel o una aparición de Janice).
Por todo esto me resultó curioso encontrar otra serie que toma literalmente el formato de Friends, y que seguramente por accidente, logra recapturar algo de esa magia original y al mismo tiempo, actualizarla. Se trata de Happy Endings, serie que apareció hace dos temporadas como un reemplazo de mitad de temporada, tropezó un poco pero logró que la renovaran para una segunda temporada completa y actualmente se encuentra en la tercera. Happy Endings, más allá de todos sus manierismos Friends, en realidad nació como algo más parecido a HIMYM: el gran concepto. En este caso, en el primer episodio dos integrantes del grupo de “6 amigos” están a punto de casarse cuando la novia sale corriendo y planta al novio en el altar (sombras de la primera aparición de Rachel, plantando a Barry en el piloto de Friends). El resto de la serie iba a mostrar las complicaciones que esto traía a ese inapropiadamente cercano círculo de amigos, del tipo que solo aparece en la TV. Para mitad de la abreviada primer temporada, esta premisa era historia y el argumento se había asentado en un modelo más familiar de interacciones entre amigos.  Happy Endings toma en iguales partes lo ya probado y conocido (dos de los “amigos” son en realidad hermanos, una parejita de exes, un niño-adulto, una maniática obsesiva calcada de Monica Geller) y lo actualiza, de hecho haciéndose cargo de las criticas que tantas veces se le hicieron a la nave madre: uno de los personajes es afro americano (y de hecho en pareja con otra de las protagonistas, blanca) y otro de ellos es un ‘gay no estereotípico’ . La fórmula, curiosamente, y en contradicción al concepto de ‘fórmula’, funciona, especialmente porque se les dio la oportunidad de salirse de la misma: hay algo de extrañeza en estos personajes que remite más a Seinfeld y su colección de neurosis que al “ideal” Friends, aunque haya una rubia con pajaritos en la cabeza, pero que es más Joey que Phoebe, que el más lindo del grupo sea un perdedor al estilo Ross y que la “eterna soltera” haya sido importada desde Sex and the City.
Claro que muy suelto yo tiro nombres de súper consagrados, y Happy Endings todavía no le llega ni a los talones a ninguna de esas series, pero tiene el potencial para hacerlo... si la dejan. Por ahora la ABC la renovó para una tercera temporada, la puso en el horario privilegiado después de Dancing with the stars (que sí, allá también es de lo más visto en TV), y ciertos medios la adoptaron como serie de culto, sumados el clave apoyo de la comunidad gay a los personajes de Max, un estupendamente elegido Adam Pally y Penny, la brevemente SNL Casey Wilson y un haberle dado un protagonismo mayor a Eliza Coupe y Damon Wayans Jr como ese exagerado matrimonio de estereotipos de rol invertidos. De nuevo: los elementos están en su lugar, y tal vez, si empiezan a verla ahora, para cuando en la séptima temporada tenga todas las fichas alineadas, podrás decir “yo la miraba desde el principio”.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Encontraron el amor: Sobre Rihanna y un montón de discos que suenan todos iguales

Every record sounds the same - Madonna, filósofa contemporánea.
Por motivos contingentes tuve que pasar algo de tiempo en los Estados Unidos, y también por motivos que no vienen al caso, estuve escuchando mucha radio, especialmente la famosa del tipo Top 40, la de los “hits”. Un par de cosas me shockearon bastante al respecto: la primera es que lejos de lo que pasó en las últimas 5 décadas (con la sola excepción del período de furor disco, y aun así), prácticamente el 90% de toda la programación es de música bailable. MUY bailable. Discoquetequera al mango, y con un sonido muy particular, que no puedo más que describir como “europeo”, del tipo que normalmente había que amenazar a los gringos para que lo escucharan. Y aun más curioso, es un sonido europeo... viejo, por falta de una descripción mejor. Algo que atrasa unos 10 años desde la última vez que realmente sonó en la radio, y siendo más estrictos, veintitantos desde el furor post house, post SAW de cosas tales como 2 Unlimited. Conocen el sonido: sintético al mango, más de 120 BPM, voces procesadas, letras descartables, melodía de primero inferior y menos variación que en disco de cumbia.
Sin lugar a dudas, si tenemos que culpar a alguien por esta invasión, es Gaga: desde el comienzo de su carrera, en lugar de la ruta hip hop esperable para los artistas de la época, Gaga salió directo a la carrera con ese sonido que hasta el momento estaba ausente en la radio norteamericana. Su única concesión al sonido más o menos de la época fue su primer simple, Just Dance, que hasta tenía el “featuring” mandatorio como para hacerlo más digerible. De ahí en más, Poker Face, Papparazzi, todos fueron preparando el terreno para el desembarco que fue Bad Romance. Tomense un segundo para escucharlo como si fuera la primera vez y no la 1.000.005, y díganme si esto es como se imaginaban un número 1 global, pero especialmente, Made in USA en 2010.
De ahí en más, la puerta estaba abierta y lo demás fue refuerzo: los beats Ace of Base de Alejandro, el Express-Yourself-remezclado-por-Shep de Born this Way, y así.
Pero hasta ese momento, parecía que era un fenómeno acotado a Gaga, pero eso cambió al poco tiempo con la colaboración de Cómplice Número 2: Kathy Perry. Recuerdo  haber escuchad Fireworks sin saber quien lo cantaba, ni de donde venía y no asociar que esa era la misma canción que estaba destrozando los charts en ese momento, luego haber tenido un momento “a-ha!”. El éxito de toda la aparentemente infinita secuencia de singles de la Perry fue lo que faltaba para que se decretara que ese era EL sonido a imitar.
Lo que me lleva al segundo punto que me llamó la atención: no sólo todos los discos suenan a dance europeo viejo, sino que todos suenan EXACTAMENTE IGUAL. Indistinguibles. ¿Canta un hombre? ¿Canta una mujer? ¿Canta un grupo de muchachitos? Indistinguible. En todos los casos, la producción musical es la misma, y las voces están tan completamente procesadas con AutoTune que son imposibles de identificar. De nuevo, el efecto uniformizante da miedo, y además suena a viejo: son discos y discos que suenan a Believe de Cher... un disco que tiene 13 años y que cantaba una señora cerca de los 60 años en su momento. Puede ser una solista ya “consagrada” como la Perry o un ídolo juvenil como Justin Bieber. Una Disney girl pasada de la pubertad como Selena Gomez o una de estas nuevas boy bands como The Wanted o One Direction. Todos indistinguibles uno de otros, como si fuera un largo, largo disco que dura toda la programación, sólo interrumpido por una publicidad aquí o allá. Y hasta artistas inclasificables que hasta hace unos meses se parecían al “rock” como Maroon 5 o Train (cuyo último single califica como la cosa mas espeluznante espantosa a la que fui sometido).
(la canción de Train no la comparto porque me da cosa difundirla más)

Todo esto me llevó a una tercera observación, una especie de corolario o consecuencia de las dos anteriores, que es una comprensión más integral de un fenómeno que hasta ahora me eludía, que es Rihanna. Con su diarrea creativa (en serio, que alguien le de vacaciones a esta chica), camaleónica imagen y aun más camaleónica indentidad musical, Ri-Ri es probablemente la artista más consistentemente exitosa del último lustro. Su última mutación fue, por supuesto, a “artista con sonido dance europeo”. Pero acá viene la diferencia: mientras que todos los discos, los de Riquita incluidos, suenan iguales, hay algo completamente  identificable en el tono de voz de Risitas que hace que en cuanto empiezan las voces, pueda tratarse de ella y sólo de ella. Y esto es un valor agregado increíble: supongamos que me gusta una canción, y si no puedo tener NADA que me identifique de quién se trata, cómo voy a hacer para comprar/bajar/pedir el tema? Nada de eso es problema con Ritalina: el disco empieza y es ella. Punto. No se discute más. “Deme el último de Rinoceronta, por favor”.
Richieri tiene también otra cosa a su favor: su último mega hit tiene un “featuring” muy especial: Calvin Harris. Calvino es la cosa verdadera, un artista dance europeo real y CONTEMPORANEO. Alguien que está haciendo cosas nuevas en serio, productor de excelencia y compositor astuto. We found love, hit elefantino si los hay, y la canción que seguramente logró mover a Riquelme de “la chica de Umbrella” a una artista con nombre propio es su mérito, más la voz de Rivadavia (recordemos, la única distinguible). El resultado, por extraño que parezca, es el único oasis auditivo en el desierto inhóspito de la radio norteamericana. Los dejo con ellos.